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11 Tevet 5779 | miércoles diciembre 19, 2018
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Santos y pecadores en Polonia


Morawiecki en Munich.  "Me miró como si estuviera examinando una molestia" (Foto: AFP)

El primer ministro Mateusz Morawiecki

El Parlamento polaco acaba de adoptar una ley que criminaliza el debate crítico sobre el papel de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. El presidente Andrzej Duda rubricó esa ley con su firma. Posteriormente, las más altas autoridades oficiales polacas incurrieron en expresiones vergonzosas al intentar defender la postura de su Gobierno.

El primer ministro Mateusz Morawiecki hizo un paralelismo entre los colaboradores polacos de los nazis y lo que él llamo “perpetradores judíos” y, acto seguido, rindió homenaje a los luchadores de la Brigada de Montaña de la Santa Cruz, un grupo clandestino polaco que cooperó con los nazis y asesinó judíos en las postrimerías de la guerra. A continuación, el ministro de Relaciones Exteriores, Jacek Czaputowicz, dijo que judíos que habían sido escondidos por polacos durante la guerra, tras ser capturados por los nazis, denunciaron a sus protectores. Luego, el viceministro de Cultura, Jaroslaw Sellin, apoyó la idea de edificar un museo del “Polocausto” para recordar a las víctimas polacas de los nazis, con el fin de contrarrestar lo que el generador de la propuesta, el escritor Marek Kochan, definió como una imposición de narrativa judía excluyente. Quién sabe qué otros pronunciamientos controvertidos podrían surgir próximamente. Con estos, igualmente, ya tenemos suficiente material para advertir que el papel de los polacos durante el Holocausto sigue siendo un tema sensible para ellos.

Es entendible que así sea. Polonia fue invadida por los alemanes, primero, y por los rusos, después. Los polacos padecieron dos ocupaciones feroces que dejaron cicatrices profundas en su identidad popular. Los nazis mataron a casi dos millones de polacos no judíos durante la guerra. Tienen razón en reclamar mayor precisión de lenguaje al hablar de los campos de exterminio alemanes en suelo polaco, a los que a veces descuidadamente se refiere como “campos de la muerte polacos”. Y es absolutamente cierto que miles de polacos salvaron a judíos durante la guerra. Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Israel, ha reconocido a 6706 “justos entre las naciones” polacos; es la nacionalidad que contiene el mayor número de rescatistas de judíos durante la Shoá.

También es cierto que Polonia tenía la más grande comunidad judía de Europa y que esta fue prácticamente diezmada: tres millones de polacos judíos fueron exterminados por los nazis. Aunque -y en esto reside el quid de la incomodidad polaca-no solo por los nazis. Así como hubo polacos que arriesgaron sus vidas para proteger judíos, hubo polacos que participaron voluntariamente en las matanzas de judíos. Muchos sobrevivientes han dado testimonio al respecto. Uno de los episodios criminales más dramáticos de la época aconteció en el pueblo de Jedwabne, en 1941, donde la población católica atacó a sus vecinos judíos con tal bestialidad que- según observó el eminente investigador polaco Jan Gross, autor del libro Neighbors- “Incluso el carnicero del pueblo no pudo mirar”. Abajo presento extractos del testimonio de Szmul Wasersztein, uno de los siete sobrevivientes de los 1600 judíos que fueron asesinados por sus vecinos polacos en esa localidad rural. Su relato puede verse tanto en el sitio en línea de Yad Vashem como en el libro Neighbors. Merece ser citado en extensión:

“El lunes por la noche, el 23 de junio de 1941, los alemanes entraron en la ciudad. Ya el 25 de junio, los maleantes locales de la población polaca comenzaron disturbios antijudíos. Dos de los matones, los hermanos Wacek y Mietek Borowiuk, junto con otros, ingresaron a hogares judíos. Tocaron el acordeón y el clarinete para ahogar los gritos de las mujeres judías y sus hijos.

Vi con mis propios ojos cómo mataron a Chajca Wasersztein, de 53 años; Jakub Kac; y Eliasz Krawiecki. Kac fue apedreado con ladrillos, Krawiecki fue acuchillado, le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua, y sufrió una agonía inhumana durante 12 horas hasta que murió. El mismo día vi algo terrible. Cuando Chaja Kubrzanska, de 28 años, y Basia Binsztein, de 26 años, ambas con bebés en brazos, vieron lo que sucedía, fueron al estanque para ahogarse a sí mismas y a sus hijos, en lugar de caer en las manos de los asesinos. Arrojaron a los niños al agua y los ahogaron con sus propias manos. Al día siguiente, el sacerdote intervino y pidió detener el pogromo. Explicó que las autoridades alemanas harían lo necesario ellos mismos. Este argumento funcionó y los disturbios se detuvieron.

A partir de ese día, la población dejó de vender alimentos a los judíos y la situación judía se deterioró. Mientras tanto corría el rumor de que los alemanes pronto ordenarían la matanza de todos los judíos. La orden fue dada por los alemanes el 10 de julio de 1941 y al día siguiente los bandidos polacos comenzaron los pogromos más crueles, usando terribles torturas, y quemaron a los judíos en un granero.

El 10 de julio de 1941, cinco hombres de la Gestapo llegaron a la ciudad y mantuvieron conversaciones con las autoridades locales. Cuando la Gestapo preguntó qué debería hacerse con los judíos, la respuesta fue unánime: todos los judíos deben ser asesinados. Cuando los alemanes sugirieron que retendrían una familia judía de cada profesión, el carpintero local, Sleszinski, respondió que tenían suficientes artesanos propios, y que todos los judíos tenían que ser asesinados. Karolek y todos los demás estuvieron de acuerdo. Decidieron reunir a todos los judíos en un solo lugar y quemarlos.

Sleszinski contribuyó con su granero, no lejos de la ciudad, para este propósito. Cuando la reunión terminó, comenzó la masacre. Los bandidos locales, armados con hachas y palos especiales con púas en su extremo y otros instrumentos de tortura, expulsaron a los judíos de sus casas a las calles. Es difícil describir todas las crueldades que estos matones perpetraron y es difícil encontrar paralelismos en nuestra historia de sufrimiento. Quemaron barbas de los ancianos, mataron bebés delante de sus madres, torturaron, golpearon, obligaron a bailar, a cantar, etc.

Finalmente organizaron un último acto: quemar. La ciudad entera estaba rodeada de guardias para que nadie pudiera escapar. Entonces ellos pusieron a los judíos en cuatro hileras. El rabino de la ciudad, de más de 90 años, y el carnicero kosher fueron ubicados a la cabeza, con una bandera en sus manos. Entonces todos fueron llevados al granero. Los matones los golpean brutalmente. En la entrada había varios bandidos que estaban tocando música y trataban de ahogar los gritos de la pobre gente. Estaban sangrando cuando los empujaron al establo, y luego los rociaron con kerosene y se prendió fuego al granero.

Luego los ladrones fueron a los hogares judíos en busca de personas enfermas y niños. Los enfermos fueron llevados al granero, ataron los pies de los niños, los colocaron en horquillas y los arrojaron a las brasas ardientes. Después del incendio quitaron los dientes de oro de los cadáveres y los profanaron en diferentes formas”.

En un solo día, la judería de trescientos años de antigüedad de Jedwabne fue extinguida. En 1962, el gobierno comunista polaco puso una placa de recordación en el lugar que había ocupado el granero quemado. Esta decía: “En memoria de los judíos asesinados por los nazis”. Los habitantes de Jedwabne “pasaron frente a esa placa por décadas, sabiendo que era una mentira” notó el corresponsal en Praga del New York Times. Fue removida recién a inicios del siglo XXI, tras la publicación del libro de Gross.

Hoy, un gobierno nacionalista de derecha pretende poner simbólicamente esa misma placa sobre la memoria colectiva de toda Polonia.

 
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