Por Israel
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16 Iyyar 5779 | martes mayo 21, 2019
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El médico


Imagen: Maimonides, médico judio-español

Del mismo modo que la cicatriz sucede  a la herida, así el médico es posterior a la aparición de la enfermedad. De hecho, el milagro de la  salud es paralelo al de la creación, ya que en un noventa por ciento de los casos todo lo que llega a ser-una planta, un pez, un pájaro-aparece dotado de lo necesario  para subsistir, regenerarse en caso de necesidad,  reproducirse y pasar luego la antorcha de la vida a la generación siguiente, lo cual requiere una naturaleza sana y fértil. Si ese plan falla, o se interrumpe bruscamente por enfermedad, o bien si en las inmediaciones de la muerte se producen fenómenos extraños, anómalos, y el sufrimiento se hace evidente, entonces aparecen el médico y su vocación, quien es a su comunidad lo que el sistema inmunológico al organismo individual: el que prevé, regula, limpia y rechaza el mal.

 

En Israel y en tiempos bíblicos eran comunes los médicos, y las Escrituras nos cuentan que los doctores egipcios embalsamaron a Jacob cuando murió, dato que revela hasta qué punto entendían de anatomía los cirujanos y herboristas de entonces. Herodoto cuenta que  los egipcios conocían la especialidad, por lo que había médico de los ojos,  dentistas, quienes se dedicaban a la gastroenterología y quienes curaban las dolencias de los huesos. Los hebreos fueron, quizá, los primeros en relacionar la enfermedad con la conducta y la alimentación. Por su parte los griegos, quienes tuvieron sus rhizotomoi o cortaraíces antes que su iatrós o sanador, fueron los primeros es “humanizar” la profesión alcanzando-en la época de Hipócrates, siglo V- frente al tema del sufrimiento y el dolor una objetividad despoblada de superstición paralela a la que Platón quería para la filosofía. Los babilonios, en cambio, ligaban los males humanos a las influencias astrales y mantuvieron a la medicina en el mismo plano que la magia y la adivinación. Cuando Roma, la Roma imperial haga su aparición en el horizonte histórico, se reemplazará, en el saludo, el jaire o alégrate de los griegos por el latino vale, salud. Y así es como constatamos que los romanos recogieron todo el saber médico previo  y acabaron de despojarlo de supercherías, las cuales, no obstante, sobrevivieron en la cultura popular. Eso hasta el día de hoy, en que perviven entre nosotros la vieja cinta o el lazo rojo contra los hechizos y males de ojo.

 

Pero la figura del rofé bíblico, como lo fue Lucas en los Evangelios, es, a más de un curador en el sentido tradicional de la palabra, alguien que al igual que Jesús “reinforma el alma”  o la ajusta al cuerpo en el que mora. En efecto, el rofé es portador de una cierta luz u or que transmite ya sea por vía oral, a través de la palabra, o por imposición de manos. Hábito que descubrimos en nuestra época entre los shamanes y medicine men amazónicos o siberianos. Los chinos llaman al médico indistintamente i y sheng; en el primer nombre hallamos los restos del ideograma para vino, chiu , tónico estomacal y poderoso desinfectante. En el segundo, sheng, el acto de nacer, de engendrar, revivir, de donde imaginamos que el parto y todo lo que rodea a nuestra especie debe de haber sido la primera escuela de medicina práctica. Notable es, en el lenguaje bíblico, la conexión entre el arte de curar o refuá y poré o la palabra que nombra lo fértil. Relación que se entiende bien si pensamos que un órgano enferma cuando pierde la capacidad de regenerarse a sí mismo, es decir cuando disminuye su fertilidad. Volviendo por un instante a los chinos, cuya escritura ideogramática es una fuente inigualable de imágenes primordiales que nos permiten entender la evolución de la conciencia de lo más obvio a lo más abstracto, no parece casual que en la enfermedad o chuang perviva el trazo de shi , la flecha, ya que el dolor o el sufrimiento generalmente pinchan, laceran, rasgan y penetran como aquélla. Una anécdota budista que parece ilustrar lo anterior nos cuenta que Buda explicó, en una ocasión, la necesidad de curar el alma del siguiente modo.

 

Si un hombre cruza un bosque espeso y recibe, en medio de su marcha, un flechazo, no debe preguntarse quién lo hirió, qué persona tensó el arco, desde qué dirección, por qué motivo y con qué secreto propósito sino buscar un médico. Sabia llamada de atención, como se ve, sobre los hechos reales, sobre el malestar físico o psíquico que es preciso tratar directamente. Tal objetividad será, en suma, el destino final de la ciencia médica, que en su juramento hipocrático sostiene que debe curarse a la gente independientemente de que tenga dinero o no, sea joven, vieja, negra, asiática o indígena. En el arquetipo del médico se dan, entonces, los dones del mago, del adivino, del shamán y del experimentado herborista por partes iguales y para beneficio de todos, del mismo modo democrático que en todos nosotros coexisten el sufrimiento, el dolor y la pena cualquiera sea nuestra raza o religión.

 
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