Por Israel
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| martes febrero 25, 2020
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Silvia Plager: “Todo exterminio planeado para mi pueblo, es mi historia”

La escritora argentina aborda en su nuevo libro -número veintitrés- la vida de una familia judía, de origen austríaco, que se refugia durante la Segunda Guerra Mundial en Shanghái.


Silvia Plager. Foto Renata Marchetti
Una amiga viajó a Shanghái y al regresar le sugirió que escribiese una novela sobre la comunidad judía que vivió ahí. Su primera reacción fue negarse: “No conozco el tema, lleva mucha investigación previa”, le respondió. Sin embargo, por esa curiosidad que mueve a los autores a sumergirse en otros universos, Silvia empezó a comprar libros, a investigar, y se fascinó. Su amiga tenía razón, y tiempo después esa sugerencia se transformó en su último lanzamiento editorial “Pequeña Viena en Shanghái”, y el puntapié que funcionó como motor iniciático de escritura, le valió a Donata Chesi una dedicatoria en las primeras páginas que relata la anécdota.
La historia transita la vida de una familia austríaca en el gueto judío de Hongkou, donde deben adaptarse a una ciudad con costumbres y leyes distintas a las de ellos. En una entrevista con YNet Español la escritora nos cuenta como fue acercarse a este relato de amor, pasión y muerte que se mezcla con la lucha por sobrevivir. Además, opina sobre sus recuerdos en Israel, su vida familiar, su mirada sobre Latinoamérica y hace un análisis sobre el lugar de la mujer hoy.
– ¿Cómo es el proceso de investigación y qué elementos de tu propia vivencia aparecen en la narrativa? –
Cuando comencé a adentrarme en el tema a través de libros y de sitios en Internet, me fascinó la epopeya de aquellos judíos que pudieron salir de Austria y Alemania, gracias al cónsul chino en Viena que los proveyó de visas para huir del infierno nazi. Mi madre era de Berlín y mi padre nació en Chortkov- antes Polonia, ahora Ucrania- entonces se hizo carne en mí el drama de los treinta mil refugiados en un sitio prostibulario y con economía en crisis como era la Shanghái de los años treinta. Si mi abuela materna, no hubiese tomado la decisión de emigrar a Argentina en 1929, quizás habría tenido que huir rumbo a Shanghái apenas se establecieron las leyes raciales. Todo exterminio planeado para mi pueblo, es mi historia. Escribir el libro le llevó 18 meses, más un año de investigación.
Silvia dice que ese tiempo que se tomó, bastante distante a la urgencia de esta época, fue un esfuerzo que valió la pena: “La novela tiene una excelente repercusión y la crítica está siendo muy elogiosa”. 
Es tu primera novela oriental, y sin embargo afirmaste ser ¨una viajera de sillón¨, ¿Te dan ganas de poder palpar de cerca esa cultura que retrataste?
– Por supuesto que me encanta viajar y he viajado bastante. Pero no es imprescindible en el momento de ponerse a escribir. La ciudad de Shanghái, en la actualidad, no se asemeja con la que era por aquel entonces. Mis personajes fueron recluidos en una zona para apátridas, en un extenso barrio en el que la miseria y las pestes eran moneda corriente. Tuvieron que competir con los chinos pobres para lograr trabajos esporádicos y humillantes como levantar la mierda que se apilaba en las calles y transportarla para que sirvieran de abono. La comida escaseaba, al igual que los medicamentos y los cadáveres de los chinos, sin recursos, eran envueltos en papeles y puestos a la intemperie hasta que pasaran la carreta de los muertos, tiradas por bueyes. «Los judíos, en lo que fue un gueto abierto que se circunscribía a una zona delimitada para ese efecto, crearon lo que llegó a llamarse Pequeña Viena. Ahí, pastelerías y otros modestos comercios, dotaban de una ilusión de vida europea en China a los prisioneros», agregó.
La autora cree en los “genes memoria”, una suerte de viaje interior por nuestros antepasados que emerge, en su caso, en los temas que explora en sus libros y también en sus elecciones gastronómicas. “Prefiero la pastelería europea a los merengues y alfajores con dulce de leche. Como ya se dijo, la patria de un hombre es su infancia, y la mía fue en el barrio de Once con las características propias que reinaban en los comercios de delicatessen. Aunque también me encanta una buena carne a la parrilla, y unos ricos fideos con tuco, porque convivíamos con inmigrantes de distintos países, la mayoría empujados por la guerra y el hambre”, detalla.
– ¿Cómo logras compatibilizar tu vida de escritora, de mujer, esposa, madre y abuela para poder estar presente? ¿Crees que las mujeres hoy estamos mucho más exigidas que en otros tiempos?
Las mujeres estamos más exigidas porque no nos conformamos con ser aquella “reina del hogar” que nos habían impuesto en el pasado. En mi caso rechazo esa corona y prefiero ser una mujer con varias facetas en las que puedan convivir mi vocación artística y profesional junto con las otras.

Libro de Silvia Plager

Libro de Silvia Plager
(Gentileza: Penguin Random House)
– ¿Qué recuerdas de aquellos años donde viviste en Israel? ¿Cuáles crees que son los puntos de similitud y de contraste con Latinoamérica?
Podría describirlo en dos palabras: felicidad y agradecimiento. Viajamos con mi marido, pediatra, como residentes temporarios, una forma existente en aquellos años que te permitía acceder a trabajo y vivienda durante dos años. Nos quedamos cinco. Primero hicimos Ulpan en Beer Sheva. Después mi marido pasó a la majleket ieladim en el hospital de Ashkelon. Y luego lo trasladaron a Ashdod, donde continuó con sus tareas en el Kupat Jolim de Ashdod, ciudad en la que nació nuestro hijo Ariel Naum. Ya teníamos decidido regresar a Argentina por cuestiones familiares y estalló la guerra de los Seis Días. Decidimos quedarnos porque los médicos eran necesarios. En ese tiempo estábamos en el kibutz Gat y admiré la valentía de los ciudadanos israelíes. Yo carecía de la entereza de los sobrevivientes de la Shoá cuyos hijos estaban en el ejército. Finalmente comprendí que corremos más peligro en ciertas zonas de Latinoamérica que en un país rodeado por enemigos. A Israel se asciende. Y esa sensación nos invade cada vez que pudimos ir de visita. Mi familia es profundamente sionista.
– ¿En qué proceso social crees que nos encontramos en Latinoamérica y en cuáles todavía percibes un letargo?
– Proceso social en decadencia desde hace más de una década. Argentina no es un país netamente antisemita pero los atentados a la Embajada de Israel, AMIA, y el asesinato del fiscal Alberto Nisman marcó un antes y un después en mí y en gran parte de la comunidad judía que aún sigue buscando justicia. No soporto la idea de tener nuestros templos e instituciones con defensas de cemento. Todos mis nietos cursaron o cursan sus estudios primarios y secundarios en la red escolar judía y quisiera para ellos un mundo sin discriminaciones, ni situaciones de graves crisis de valores y económicas. Soy una agradecida a Argentina, donde mis padres encontraron cobijo al llegar, de adolescentes, en el año 30. Mi madre, desde Berlín; mi padre, desde Polonia. Pero a pesar de ese sentimiento, temo que, en mi país, la situación de inseguridad se agrave. Los enfrentamientos sociales y políticos no son buenos consejeros y hay una muchedumbre de inadaptados que buscan el caos. No me voy a poner a revisar la situación en otros países de Latinoamérica. Pero podría afirmar que Uruguay posee una mayor solidez democrática. En Chile, la economía es mejor que la nuestra, pero el antisemitismo es mayor. Desconozco qué sucede en las distintas comunidades de otros países de Latinoamérica, pero presumo que en Venezuela los judíos que pudieron salir de allí no querrán volver hasta que se imponga una democracia real. Al recordar la máquina de escribir con la que se inició en su escritura, se emociona, pero también valora la agilidad que trajo la tecnología y la posibilidad de investigación que permite Internet y las redes sociales. Silvia sabe que su oficio se sostiene por el amor por la literatura y se permite soñar con que algún día los escritores, y escritoras, puedan ser respetados y bien remunerados.
– Por último, cómo amante de la gastronomía judía, ¿con qué comidas y bebidas crees que hace un buen maridaje tu libro “Pequeña Viena en Shanghái”?
– Con las empanadas chinas, especie de ravioles cocidos al vapor, algo así como varénikes con diversos rellenos. O con la sopa de fideos. En cuanto el sake, lo asociaría con vodka, ginebra o cualquier bebida blanca fuerte, el famoso ´shnaps´.
 
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