Por Israel
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| martes febrero 25, 2020
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B’H

Iaakov se establece en Jevrón con sus 12 hijos. Su favorito es Iosef, de 17 años. Los hermanos de Iosef están celosos por el trato preferencial que recibe, como por ejemplo, del saco multicolor que Iaakov le hizo. Iosef les cuenta a sus hermanos dos sueños que tiene, que profetizan que él esta destinado a gobernar sobre ellos, aumentando la envidia y el odio hacia él.

Shimón y Levi planean matarlo, pero Reuben sugiere, a cambio, arrojarlo en un pozo, con la intención de volver más tarde y salvarlo. Mientras Iosef está en el pozo, Iehudá lo vende a una caravana de Ismaelitas. Los hermanos manchan el saco especial de Iosef en la sangre de un cabrito y se lo muestran a su padre, haciéndole pensar que su más querido hijo fue devorado por una bestia salvaje.

Iehudá se casa y tiene tres hijos. El mayor, Er, muere joven y sin hijos, y su mujer, Tamar, es dada en matrimonio a su segundo hijo, Onan. Onan peca al derramar su simiente y, también, muere joven. Iehudá no quiere que Tamar se case con su tercer hijo. Determinada a tener un hijo de la familia de Iehudá, Tamar se disfraza como una prostituta y seduce a Iehudá mismo. Más tarde, Iehudá se entera de que Tamar está embarazada y la manda a matar por infidelidad, pero cuando ella muestra ciertos objetos personales que Iehudá dejó como garantía de pago, él admite públicamente que es el padre. Tamar tiene dos hijos, Peretz (ancestro del Rey David) y Zeraj.

Iosef es llevado a Egipto y vendido a Potifar, el ministro encargado de las carnicerías del Faraón. Di-s bendice todo lo que él hace y pronto es nombrado encargado de todas las propiedades de su amo. La mujer de Potifar desea al muchacho; cuando Iosef se niega a estar con ella, ella le dice a su marido que el sirviente hebreo trató de forzarla, y lo envían a prisión. Iosef gana la confianza de los carceleros, quienes le otorgan un cargo importante en la administración de la prisión.

En prisión, Iosef se encuentra con el Maestro de Coperos y Maestro de Panaderos del Faraón, ambos encarcelados por el rey. Los dos tienen un sueño, que Iosef interpreta; en tres días, les dice, el Maestro de Coperos será liberado y el Maestro de Panaderos será ahorcado. Iosef le pide al Maestro de Coperos que interceda por él ante el Faraón. Las predicciones de Iosef se cumplen, pero el Maestro de Coperos se olvida de Iosef.

CUANDO LA INSPIRACION DIVINA SE OCULTA EN LO NATURAL

Es indudable que cuando Iosef interpretó los sueños de los dos ministros del Faraón, lo hizo por inspiración Divina, pero esa inspiración se disfrazó de dotes de observador. Analicemos los sueños

El copero soñó que había tres sarmientos, de ellos sacaba uvas, hacía vino y entregaba la copa al Faraón. Había acción, movimiento, vida.

El panadero soñó que estaba parado, había tres canastas con panes sobre su cabeza y las aves comían de ellas. No había acción, no había vida, además las aves temen a los seres vivos, pero no a los muertos.

De ahí Iosef supo que el primero viviría y el segundo sería ejecutado.

En cuanto a los tres días, ya están mencionados en los tres sarmientos y en las tres canastas, pero aparte no era ningún secreto que en tres días sería el cumpleaños del Faraón. De acá aprendemos que no siempre las revelaciones Divinas se dan a través de voces Celestiales, sino que, en ocasiones se disfrazan de hechos naturales, como las dotes de observación de Iosef.

 

Los estoy mirando

Por Elana Mizrahi

 

Eran las 7:50 a.m., faltaban diez minutos para que empezara la escuela y yo caminaba con mi hija, alumna de primer grado. Al acercarnos a la escuela, vi que enfrente había una chica que destacaba del montón. Mientras las otras miraban de reojo, con suerte, a los dos lados antes de cruzar la calle, ella se detenía y, deliberadamente, volteaba la cabeza dos veces hacia cada lado antes de cruzar.

“Wow”, pensé, “¡es una excelente cruzadora de calles!”.

Y en ese momento vi cómo se daba vuelta, sonreía y saludaba. Entonces entendí. Su mamá estaba parada no muy lejos, del otro lado de la calle. Durante todo ese tiempo, la niña era consciente de que su mamá la observaba.

Uno podría ver esta escena y pensar: “La niña tenía miedo de meterse en problemas y por eso prestó mucha atención al cruzar la calle”. Pero es más que eso. La pequeña estaba, en efecto, en una situación peligrosa (sí, cruzar la calle sin tener cuidado es una situación de vida o muerte). Y lo que la salvó de aquel peligro potencial fue ser consciente de que su madre la observaba.

Esta situación no trata sólo del miedo a ser castigado; trata sobre una niña que está segura gracias a la presencia de su madre. La niña le sonreía a su madre y la saludaba porque estaba contenta de ver que ella la observaba. Era evidente que sentía que la supervisión de su madre provenía del cuidado y del cariño.

Hay una famosa historia en la Torá sobre la fortaleza moral de Iosef. Los hermanos de Iosef estaban celosos de él, así que lo tiraron a un pozo y lo vendieron como esclavo. Tiempo después, Iosef se convirtió en esclavo de un egipcio llamado Potifar. En un determinado momento, la esposa de Potifar trató de seducir a Iosef, pero él se apartó de ella.

¿Por qué se apartó Iosef? El Midrash explica que cuando la mujer de Potifar trató de seducirlo, se le apareció la imagen de su padre, Iaacov, y lo salvó del peligro espiritual.

¡Qué responsabilidad impresionante implica ser padre! ¿Acaso tenemos idea? Al poner mi vida en perspectiva, al pensar en todas las alegrías y los desafíos, puedo decir que el día más feliz de mi vida fue aquel cuando di a luz y me convertí en madre. También fue el día en el que cambió mi misión en la vida para siempre. ¿Y qué implica con exactitud esta nueva misión?

Nuestra tarea como padres no es sólo dar comida, abrigo y refugio a nuestros hijos. La misión no se trata sólo de acostarlos, lavarles los dientes y enseñarles buenos modales. La misión es más profunda, es algo enorme. Tiene que ver con protegerlos del peligro físico y espiritual. Tiene que ver con bendecirlos, amarlos y alentarlos.

“¡Mami, mira!”. ¿Cuántas veces mis hijos me han pedido que los mire cruzar por la senda peatonal?

“¡Los estoy mirando!”, les digo. “¡Los veo!”. Sí, necesitan saber que los veo y que me importan.

La misión de un padre es enorme y maravillosa, y comienza por asegurarnos de que nuestros hijos sepan que los cuidamos y que estamos con ellos. Y me refiero a de verdad estar con ellos, no sólo a asentir cuando hablan mientras tenemos la cabeza en un lugar, las manos en otro y el corazón en otro distinto. Es una misión física y espiritual.

El otro día caminaba con mi hijo de tres años y mi hija de seis. Mi hijo me preguntó: “¿Dónde está Di-s?”.

Antes de que yo pudiera decir algo, mi hija respondió: “Está en todas partes”.

“¡SÍ!”, quise gritar con alegría. Lo comprende. Así como estamos con ellos y los cuidamos, Di-s cuida de nosotros. Si una niña es más cuidadosa al cruzar la calle porque sabe que su madre la observa y se preocupa, con más razón nuestros hijos tendrán cuidado de los peligros físicos y espirituales cuando entiendan que Di-s los cuida y se preocupa por ellos.

Es una conciencia que tenemos el poder de inculcar en nuestros hijos. (www.es.chabad.org)

 

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