Por Israel
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| domingo junio 14, 2020
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Bienaventurado el que cree

Los lugares más hermosos del mundo no valen nada cuando están vacíos. Y lo que hace que Roma, Nueva York y Tel Aviv sean lo que son, es la gente que camina por sus calles. Y que no hay nada como la felicidad de un pequeño café en el que dos personas discuten acerca del amor.


Shlomo Artzi
(Ynet)
 
Un vuelo para volverse loco. De mañana piaron los pájaros, y cuando me levanté pensé por un momento que todo estaba bien (bienaventurado el que cree). Pero enseguida recordé que soy una persona que sigue todos los días las noticias sobre la situación de Israel, la situación del miedo, la situación de los contagiados, la situación de la democracia, la situación del alcohol en gel, de los jabones y del papel higiénico en casa. Y cuando cerraron el Parque Hayarkon de Tel Aviv con portones de hierro, me vine abajo. Sin embargo, en ese momento me acordé precisamente de una película cómica, con Walter Matthau, que vivió una terrible tormenta en un viaje en avión, y bebía un whisky tras otro hasta que se durmió, y no sintió la pesadilla que vivieron los demás pasajeros. Y cuando el avión aterrizó, se estiró y le dijo a quien tenía al lado en el avión: “Qué vuelo maravilloso hemos tenido, ¿Verdad?” Sí, así es exactamente como quiero despertar por la mañana, y decir: ¿Y? ¿Ya pasó todo? ¿Hemos aterrizado, y salió todo bien?
Pero lo que es seguro es que aunque esta semana le hayamos metido al mundo por la fuerza el horario de invierno, al mundo le importa un comino lo que hacemos nosotros, y comienza a mostrar señales de primavera. Alentador, ¿Verdad?

Israelíes con máscaras contra el coronavirus en el Parque Yarkon en Tel Aviv.

Israelíes con máscaras contra el coronavirus en el Parque Yarkon en Tel Aviv.
(Ynet)
Los lugares más hermosos del mundo no valen nada cuando están vacíos. Y lo que hace que Roma, Nueva York y Tel Aviv sean lo que son, es la gente que camina por sus calles. Y que no hay nada como la felicidad de un pequeño café en el que dos personas discuten acerca del amor.
Abraham reclama sus derechos como anciano. El primer hombre del mundo que tuvo la vivencia de la vejez fue nuestro patriarca Abraham. Él incluso “le reclamó a Dios sus derechos como anciano” porque sostuvo que “cuando un hombre y sus hijos entran a un mismo lugar, el mundo no sabe exactamente a quién presentar sus respetos”. Entonces pidió que lo “adorne”, por ejemplo, con canas.
Pensé en esto, naturalmente, debido a un hashtag deprimente que apareció hace poco cuando alguien (precisamente un anciano, según todos los signos; es decir, canas y dicción) propuso crear un país sin ancianos al decir: ¡Hala!, aíslenlos y sigan viviendo vuestras jóvenes vidas porque de todos modos no van a morir de esto.
Es así. También los jóvenes pueden –Dios no lo permita– morir. Y además, gracias a Dios, la mayoría entiende que esos ancianos son sus padres y sus seres queridos. Y si, supongamos, quieren ver rostros, he aquí una lista al azar: Mick Jagger, Paul McCartney, Elton John, David Grossman, Paul Auster, Shalom Janoj, Miki Gabrielov, Iardena, Miri, Eli Amir, Sami Mijael, Avner Gadasi, Haim Moshe, Roni Daniel, el dúo Bibi y Gantz, Sunderson, Guidi y yo, el pequeño. ¿Han entendido? Muy bien.
Entretanto, incluso los basureros preguntaron por mí esta semana, mientras echaban los cubos de basura al camión.
ZOOM fuera. “Quizás podamos jugar a ser la tierra, una ciudad, una localidad, aislamiento, hisopos”, le propuse a mi nieta Naomi en alusión al conocido juego (“Face Time”, por supuesto).
“Hago figuras con los cartones del papel higiénico”, contestó mi dulce nieta. Entonces recordé ese momento especial en el que dejamos que nuestros hijos cruzaran la calle solos, y nos quedamos detrás preocupados. Ahora, la preocupación dio un giro de ciento ochenta grados. “Abue, no salgas de casa”, me dicen. “Tú, que nos han enseñado a cruzar la calle, ten cuidado. No vayas a lugares donde hay aglomeraciones”.
  • “Hago figuras con los cartones del papel higiénico”, contestó mi dulce nieta. Entonces recordé ese momento especial en el que dejamos que nuestros hijos cruzaran la calle solos, y nos quedamos detrás preocupados.
¿Y qué hace uno en la habitación? Leí un midrash (exégesis de un texto bíblico) con sus interpretaciones, y cuando hace una semana Itai Levy (el que es tendencia) cantó y saltó a gusto solo levad con Zappa de fondo, me fijé en el aspecto que tenía la discoteca vacía y me sentí triste. Porque yo di allí doscientos cincuenta conciertos con la sala llena a reventar. Y cantar ante los asientos vacíos y algunas lámparas sobre las mesas es como algo sin tiempo y sin un sueño. Pero qué importa. Lo que cuenta es la intención.
Y otra cosa. De repente me vinieron a la memoria mis dos abuelas –Rojele y Fani–, que en su momento envejecieron y que Dios sabe dónde están ahora, cuando yo las necesito para que me den un consejo en ZOOM. Porque ellas sobrevivieron a la terrible gripe española, y superaron todo en “zoom-out”, por lo que ellas seguramente saben algo.
Nico y Eli. ¿Qué es lo que saca de nuestro interior esta situación? ¿Es una gran luz, de acuerdo con la teoría de los aparatos de aire acondicionado de la marca Electra, o es de verdad una gran luz que ilumina todo? Depende cuándo y dónde, y quién está enfrente.
Sólo que a mí se me quemó el fusible esta semana, cuando Eli Israel, el extraordinario locutor y comunicador con su alma brasileña tipo Arik Einstein, murió. Y también el maravilloso actor de teatro Nico Nitai, que interpretó solo durante cuarenta y cinco años la versión que hizo de la obra La caída, de Albert Camus, y fue uno de los fundadores del teatro alternativo en Israel. (El Teatro de la Callejuela y el Teatro Cerca). Yo tuve el honor de ver La caída en una casa de té muy muy pequeña en la parte norte de la calle Dizengoff. Nico era un rumano excepcional, un actor excepcional, un inconformista excepcional y un amante excepcional del mar. E insulté a la oscuridad porque la gran luz se apagó dos veces.
Shlomo Artzi - Wikipedia
¿Qué es “democracy”? ¿Vieron cuántos profesores hay en Israel? En esta guerra contra el coronavirus estamos expuestos todos los días a todo tipo de cosas que no sabíamos que existían, y esto es extraordinario. Y por supuesto no pasa una sola mañana sin todas esas películas de risa y de sentimientos en los whatsapp, y hasta quienes tienen miedo y envían videos explicativos, y están por supuesto las propuestas de todas las canciones más “apropiadas” para este momento. Por ejemplo, una inundación de pedidos de Imagine y de Las mariposas son libres.
Y cuando se siente que la cultura, así como muchas otras cosas importantes como la economía, los pequeños comercios y los seres humanos en general se pierden, le pregunté a la pequeña Naomi, que esta semana cumplió nueve años de estar en el mundo: “¿Sabes qué es democracia?” La dulce niña dudó algunos segundos y respondió: “Democracia es algo como, digamos, antisemitismo, ¿No?”
Bueno, pensé, hay que volver a las clases online y rápido.
¿Se acuerdan? ¿Se acuerdan cuando íbamos al cine? ¿Se acuerdan de los restaurantes? ¿De los abrazos? ¿Y no Bibi-Siman Tov-Leitsman todas las noches? ¿Se acuerdan de una clase sensual de Pilates, o de estar a treinta mil pies de altura, y sirven una comida caliente? Yo, por ejemplo, recuerdo todos los días un concierto con la sala llena de gente. Sí, esas eran las cosas simples que no hemos valorado lo suficiente.
Todo este tipo de preguntas humanas me perturban estos días. Por ejemplo, qué queda del alma cuando nos vamos y nos alejamos unos de otros físicamente. O sea, ¿cuál es la distancia necesaria para extrañar al otro? Y la excitación sexual, ¿Qué pasa con ella? Y el amor a distancia, ¿Es sólo posible en Face y en ZOOM? Y la madre de todas las preguntas, ¿Cuánto tiempo seguirá Naomi haciendo figuras con los cartones del papel higiénico hasta que se harte?
“Si en algún momento no nos hemos soportado uno al otro, ahora estamos en confinamiento de amor”, me escribió alguien. “Bienaventurados los que creen”, respondí, y tomé dos metros de distancia entre los pensamientos y las palabras.
Imaginación dirigida. Más allá del sol, a una distancia de tres horas y media en avión desde aquí, en la Toscana de la maravillosa Italia, hay una red de hoteles llamada Relais &t Chateaux, y allí hay un hotel italiano rústico increíble al que íbamos varios amigos todos los años de vacaciones desde la cárcel local. Y yo todavía me acuerdo muy bien que en cuanto llegábamos a la recepción, justo antes de que yo alcanzara a preguntar si traerían las maletas a la habitación (o si tendríamos que arrastrarlas solos), éstas ya estaban en la habitación. Era un paraíso. Tosíamos de risa, y no por el coronavirus. Había allí había una sauna abarrotada de gente, como una especie de burbuja internacional que entonces no parecía que nada como un virus asqueroso pudiera cambiar.
Bolsas. Coloqué en el patio palos para saltar, a una distancia de dos metros uno de otro, e intento hacer ejercicios, sobre todo para catalogarme a mí mismo como ser humano, y no como nuestro viejo patriarca Abraham. Mientras, compramos para casa una bolsa con rollos de papel higiénico, una bolsa con paquetes de espagueti y una bolsa con democracia, para más seguridad.
Por cierto, con todos los respetos a las personas mayores, resulta que también Donald Trump está en ese grupo. Y he aquí algo sorprendente que descubrí acerca de él: su abuelo murió por la gripe española que comenzó en abril de 1918 y finalizó en la primavera (del hemisferio norte) del 1919. Tal vez por eso al principio Trump negó que existiera el coronavirus. Porque no quería que volviera el dolor que sintió cuando era niño.
Entonces, hala. Shabat Shalom. Estoy a punto de comprar una bolsa contra la soledad, y ustedes están invitados a sumarse y cantar.
 
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