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| domingo junio 14, 2020
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El nuevo Gobierno israelí es de centro y Netanyahu está encantado


Un año después, por fin se ha puesto fin al bloqueo gubernamental en Israel, y el único ganador auténtico ha sido el primer ministro, Benjamín Netanyahu. Aunque ha habido momentos en que parecía que no podría retener el cargo por mucho tiempo, Netanyahu ha vuelto a demostrar que es un error subestimar su pericia política y su instinto de supervivencia.

Aquí hay algo que los detractores norteamericanos de Netanyahu necesitan comprender. El acuerdo reafirma la asentada concepción de Netanyahu como un tipo despiadado, hábil y egoísta dispuesto a mantenerse en el poder a toda costa. Pero, a diferencia de lo que transmiten los medios hegemónicos, el acuerdo con Gantz también refuta la noción de que es un extremista que está destrozando a Israel, a base de escorarlo a la derecha, y dinamitando las esperanzas de paz con los palestinos. Al contrario, el nuevo Gobierno prueba que en el fondo Netanyahu es un político de consensos que se encuentra más a gusto liderando desde el centro y apartando a sus aliados derechistas del proceso de toma de decisiones.

El acuerdo que ha suscrito con el líder del partido Azul y Blanco, Benny Gantz, le permitirá seguir siendo primer ministro durante los próximos 18 meses. De hecho, aun cuando fuera condenado por las causas de corrupción que tiene abiertas o la Corte Suprema dictara que debe renunciar, no estaríamos ante el final asegurado de su carrera, pues el acuerdo contempla la convocatoria de unas nuevas elecciones, en las que Netanyahu podría perfectamente imponerse.

Los enemigos de Netanyahu se lamentan de un Gantz al que consideran débil, así como de la forma en que la epidemia del coronavirus ha reforzado al primer ministro. Pero, como tantos en el Likud y en su ex aliado derechista Yamina están enfatizando, si bien Netanyahu ha obtenido lo que quería, los intereses del campo nacional que ha comandado durante una generación no han salido tan bien librados.

Y es que el acuerdo no sólo ha dejado al partido Yamina y a figuras destacadas del Likud sin su cuota de poder; también ha dejado claro que –dejando al margen un voto en pro de la anexión de algunos asentamientos de la Margen Occidental en el próximo año– el nuevo Gobierno no está comprometido con el programa electoral que presentó Netanyahu.

En materia de reforma judicial, política económica y, sí, incluso en la cuestión de la expansión de los asentamientos, el Gobierno estará dividido en vez de unido. Lo cual demuestra que lo que caracterizará los próximos tres años será el bloqueo, no la gobernanza derechista; y esto en el entendido de que los jueces no rompan la baraja haciendo lo que no han podido hacer los votantes ni sus rivales políticos: deponer a Netanyahu.

En ciertos ámbitos se dice que este estado de cosas es frustrante para Netanyahu. Qué va. Aunque es el indudable ídolo de los votantes de derechas, está muy contento con no presidir un Gobierno derechista dominado por ideólogos. De hecho, siempre ha preferido ensamblar Gobiernos del más amplio espectro posible.

Eso es lo que ocurrió en 2009, cuando conformó un Gabinete que incluía al Partido Laborista, entonces comandado por Ehud Barak, pese a que podría haber fraguado una mayoría sólo con formaciones derechistas y religiosas. Tras las elecciones de 2013 hizo lo mismo, cuando invitó al Gobierno a los partidos centristas Yesh Atid, liderado por Yair Lapid, y Hatnua, liderado por Tzipi Livni, provocando malestar en quienes desde la derecha querían que gobernase con una mayoría más estrecha pero más homogénea en términos ideológicos.

Es cierto que quienes se unen a coaliciones con Netanyahu suelen encontrar la experiencia extremadamente desagradable. Barak, Lapid, Livni, todos salieron de sus Gobiernos determinados a no volver a coaligarse con él jamás. Esta es una de las razones de que Netanyahu comandara una coalición más estrecha, sólo con partidos religiosos o de derechas, tras los comicios de 2015.

La salida del partido Israel Beiteinu de Avigdor Lieberman –que se alinea firmemente con la derecha en materia de seguridad pero es fervientemente laico– del bloque pro Netanyahu a finales de 2018 llevó al bloqueo que acaba de superarse. Esa querella, junto con otras que han llevado a derechistas como el jefe del partido Telem, Moshé Yaalón, y otros integrantes de Azul y Blanco a ponerse en contra del primer ministro, tiene más de aversión personal que fundamento ideológico.

Probablemente a Netanyahu le encante ver a sus aliados de Yamina pasar a la oposición en vez de sumarse a su nuevo Gobierno. Yamina quiere empujar a Netanyahu a establecer la soberanía israelí sobre una porción mayor de la Margen Occidental, cuando él se conforma meramente con discutir la posibilidad mientas resiste –como ha hecho a lo largo de su carrera– las presiones para que Israel haga más concesiones a los palestinos.

Aunque los agentes de Netanyahu tacharon a Gantz de izquierdista en las tres campañas electorales de 2019-2020, el primer ministro y el nuevo ministro de Defensa y futuro premier están bastante de acuerdo en la mayoría de los asuntos de seguridad. Cuando disputan es por el empeño de Netanyahu en obtener inmunidad judicial y en reformar un Poder Judicial al que considera fuera de control. Y si esto lleva a la parálisis en vez de al desarrollo del programa de los colonos o de otras facciones de su electorado más duro, Netanyahu no derramará una lágrima, mientras tenga asegurada la permanencia en el poder.

La disposición de Netanyahu y Gantz, que hizo campaña desde la derecha para aparecer lo más alineado posible con el primer ministro en lo relacionado con el proceso de paz, a cooperar en cuestiones de seguridad da cuenta de otro elemento de la política israelí que a la mayoría de los americanos les sigue costando entender. Netanyahu y Gantz representan un vasto consenso que considera que, en ausencia de un socio creíble para la paz, lo mejor que puede hacer Israel es gestionar el conflicto y asegurar aquellas zonas –como el Valle del Jordán y los bloques de asentamientos– que el Estado judío jamás cederá, ni siquiera cuando sea posible la paz.

En definitiva: diga usted lo que quiera sobre Netanyahu, cuyo destino se sustanciará finalmente en los tribunales; pero lo de que es un extremista no es cierto, así de simple.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

 
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