Por Israel
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| martes abril 20, 2021
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Veo una rama de almendro florido


En una de las escenas más bellas del libro de Jeremías ( 1:11 ) se le pregunta al joven profeta qué ve y él responde: ´´Veo una rama de almendro florido.´´ De la palabra shaked, almendro, derivará, o al revés, kadosh , lo sagrado. Nunca lo sabremos, como tampoco por qué el candelabro lo tiene, en parte, como modelo. ¿Qué puede ser más sagrado que un almendro en flor? En realidad, cualquier prunus-manzano, ciruelo, cerezo o  albaricoquero-, cuyas flores se abren cuando aún hace frío y el inverno no se ha marchado del todo, produce tal cadena de sinestesias y asociaciones con la luz que la tierra devuelve en pétalos y estambres tras haberla recibido del sol, que las interjecciones de admiración se nos agolpan en la boca. Eso para no hablar del perfume azucarado que se percibe en su proximidad y que recuerda pasteles de boda o fiestas infantiles. El citado pasaje esboza un juego de palabras en el que el ´´apresuro´´ del Creador por cumplir su palabra se parece a un súbito florecimiento que procede de lo profundo, de lo tectónico, en donde se ocultaba provisoriamente. Hay que ser un árbol valiente para romper la invisible coraza de frío que aún cierne el horizonte.

 

 

Nos preguntamos si acaso los ángeles de la escala de Jacob no eran flores que subían y bajaban a lo largo de las ramas contra un vibrante cielo azul exaltado por la labor de parir ese fenómeno , el almendro en el momento de su eclosión. Todo el paisaje del Mediterráneo, antes o después, hacia fines de enero o principios de febrero, muestra esa belleza que también maravilló a los griegos, quienes  labraron sus mitos al respecto. Sobre las negras y ásperas cortezas, sobre su rugosa superficie inerte, de pronto un estallido floral de un rosa pálido o un blanco tiza ilumina a los almendros. La duración de esa floración puede durar hasta una semana y es uno de los primeros signos que leen en el aire las abejas y los demás insectos. En el pasaje que evocamos se incluyen, además de la visión admirada de Jeremías, su temor de que por ser tan joven, un niño aún, se perciba su incompetencia, su escasa formación espiritual. Pero el mandato divino es lo suficientemente fuerte como para que ningún destino humano se le resista. ¿No es acaso también el almendro frágil, y no se caen algunas de sus flores en tanto que muchas otras nacen con el candor de los astros de las más vivas constelaciones? Pocos seres humanos saben que hay almendras amargas y almendras dulces, y que es necesario probarlas para distinguirlas. La razón botánica de esa alteridad es desconocida, o al menos poco estudiada.

 

 

Jeremías estaría al borde mismo de la adolescencia cuando eso ocurrió, porque sin duda sucedió cerca de Anatot, en las tierras de la tribu de Benjamín, como aclara el mismo texto. El destino simbólico del  almendro jugará un papel significativo en el mismo cristianismo y en su período gótico, cuyas arquitectónicas ojivas llevan el sello magnífico de la mandorla, es decir, de la ovoidal almendra . Aunque cada almendra tiene tres cuerpos o partes, la verde y velluda de la piel, el estuche leñoso y por fin el fruto, es casi seguro que sus significados e implicaciones son muchas más. El simple hecho de que todavía hoy en Israel, o en Mallorca y Sicilia, pongamos por caso, nos asombre ver esos árboles en flor, y si tenemos lo suerte de pasearnos entre ellos, emplaza a nuestro corazón a retomar el viaje inagotable de la belleza natural, la cual es tanto más intensa cuando más tenue sea su apariencia. En estos días todos somos frágiles niños enmudecidos por el dolor, todos somos un poco Jeremías. Pero la luz de lo sagrado no tardará en volver a protegernos.

 

 

 
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