
Con pocas gentes como con los cubanos está en deuda España. Por la perseverante canallada contra ellos cometida durante más ya de medio siglo. De ningún sitio -si exceptuamos la URSS de la guerra fría- le ha llegado al demente dictador una ayuda material más continua y más sin límites. Franco estuvo entre los poquísimos gobernantes que no aceptaron el bloqueo estadounidense de la isla, y del comercio hispano-cubano hicieron gala mayor siempre los más inequívocamente fascizantes de sus ministros. Murió Franco. Llegó la democracia. No hubo, desde el inicio, un solo presidente que no se derritiera al contacto del dictador barbudo. Las fotos de Felipe González junto al Tirano Banderas caribeño y un par de fastuosas mulatas, en el típico estupendo antro sólo para turistas de la Habana, figuran entre lo más obsceno de la España contemporánea. Las proclamas de amor al déspota de Fraga Iribarne no le quedan muy lejos. Sólo
Aznar rompió esa inercia. Con la básica lucidez de llamar asesino a un asesino. Duró poco.
España tiene una deuda con los cubanos: la de que tanto sinvergüenza se enriqueciera, bajo Franco, con el comercio castrista; la de que aún hoy tanto negocio sexo-turístico engrose las arcas de honradísimos empresarios españoles. Una deuda que el presidente Rodríguez Zapatero y su ministro Moratinos no están haciendo sino aumentar vertiginosamente. Y es hora de decir que sobre los amigos de los asesinos cae una equitativa cuota de la sangre que los asesinos vierten. Aunque habiten, esos amigos, en el empíreo madrileño, hasta la cual las salpicaduras de la sangre parece que no alcanzan. Y es hora de decir que nada, absolutamente nada, lavará moralmente la infamia acumulada por los amigos de Arafat y Fidel Castro.
Gabriel Albiac
Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.
*.- Fue uno de los fundadores del diario «El Mundo».
Hoy es una de las firmas de opinión más importantes de España.
En 1988 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo
http://www.gentiuno.com/articulo.asp?articulo=8265




















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