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Estado Democrático


Mientras las protestas rugen en todo el Medio Oriente árabe, Israel se erige como un modelo regional de resiliencia, de relevancia y de capacidad de adaptación democrática. Y los estados árabes tendrán que ser más como él para sobrevivir.


Por Lee Smith

2 de marzo de 2011

 

revueltassLa semana pasada sostuve que Israel está acabado, dado el estado actual de Medio Oriente. La caída de Hosni Mubarak en Egipto es sólo el último revés en una década de extraordinarias debacles estratégicas para Israel, afirmaba, incluyendo el fracaso de las negociaciones de paz con los palestinos, la guerra de 2006 en Líbano, la guerra de 2009 en Gaza, la ascensión de Irán como potencia hegemónica regional, la radicalización de Turquía, el reflujo del poder militar y la influencia estadounidenses y la acompañante deslegitimación del estado judío. Juntos, han dejado a la deriva a esta diminuta nación occidentalizada, en un mar de enemistad en el que es poco probable que sobreviva.

Esta semana argumentaré para el otro lado – no sólo que Israel va a estar bien, sino que es el resto de Medio Oriente el que se encuentra en grandes problemas. La historia reciente y las estadísticas muestran que, para sobrevivir, las sociedades árabes y musulmanas tendrán que olvidarse de la noción de una alternativa islámica a la modernidad y, en cambio, tendrán que adoptar lo que han descrito generalmente como valores occidentales, pero que, en realidad, son los valores universales de la modernidad política. Aprender a vivir como Occidente no vendrá a través de la compra de más productos occidentales – desde teléfonos celulares hasta tanques – ni aún obteniendo más diplomas occidentales, sino abrazando los valores encarnados por el único país de la región que los vive. El modelo árabe para el éxito no son Irán ni Turquía, sino Israel.

En su esencia, Israel es Occidente – la culminación de sus éxitos y un símbolo de sus fracasos, un recordatorio de una locura milenaria, el antisemitismo, y el fracaso de la Ilustración. La crítica a Israel es, muy a menudo, un reflejo de la mala fe de una clase intelectual y política occidental, incómoda con su historia e insegura de su orientación moral. El que los europeos, con frecuencia, tengan actitudes negativas hacia Israel, mientras que la gran mayoría de los estadounidenses le sean favorables, se puede explicar, en parte, por la forma en que cada sociedad emergió de la Segunda Guerra Mundial.

La guerra en Europa, y la masacre en masa de sus judíos, reveló que las grandes catedrales del continente se construyeron sobre un cimiento de barbarie pagana, celebrada de maneras diferentes por Hitler, Mussolini y Stalin. Se dejó que Estados Unidos recogiera el estandarte de la civilización occidental y liderara a occidente hacia la victoria durante la Guerra Fría, después de que los europeos la hubieron destrozado.

A diferencia de sus primos europeos, los estadounidenses contemporáneos siguen leyendo la Biblia y comprenden que la nación judía es una realidad histórica relacionada con un relato de vida que conforma el presente de un modo constructivo y deseable. Los estadounidenses abandonaron la teología del reemplazo (o la idea de que la resurrección de Jesús sustituyó el pacto de Dios con los judíos) después del Holocausto, con el objeto de abrazar a sus hermanos mayores – como lo hizo el Papa Juan Pablo II, quien prestó su autoridad moral a la convicción del presidente Ronald Reagan, que la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría era una necesidad histórica.

Es decir, los estadounidenses a favor de Israel también han tendido a malinterpretar el lugar de Israel en el mundo. Así es, el punto de autodeterminación judía, es que los judíos pueden protegerse a sí mismos. Sin embargo, Occidente necesita a Israel para tener éxito, porque su éxito es un indicador de nuestra capacidad y determinación para defender nuestros valores y nuestros intereses, en Medio Oriente y en otras regiones.

Y la verdad es que Israel ha estado haciendo un muy buen trabajo al respecto, sobre todo en los últimos 20 años. Israel es una potencia en tecnología informática, con más empresas que cotizan en la bolsa de valores Nasdaq que cualquier otro país, excepto Estados Unidos, y sus científicos han producido más patentes tecnológicas que toda Asia. El año pasado, Israel ocupó el puesto 17, de 58, entre las naciones económicamente más desarrolladas del mundo, mientras que la economía del país fue calificada como la más duradera de cara a las crisis y clasificada primera en las inversiones en centros de investigación y desarrollo. El Banco de Israel ocupó el primer lugar entre los bancos centrales, por su eficiente funcionamiento.

Contrastando el rendimiento de Israel con la de sus vecinos, la mayoría de los cuales aún acatan el boicot árabe al estado judío de medio siglo de duración, ubica los logros de Israel en un relieve aún mayor. Consideren a Egipto, con una tasa de alfabetización en algún lugar entre el 50 y el 70 por ciento, y considerablemente menor entre las mujeres. La tasa de desempleo del país, se cree que es el doble del nivel oficial del 10 por ciento, y el 40 por ciento de la población vive con menos de dos dólares por día. Mientras que el régimen sirio se enorgullece de apoyar a la resistencia, miles de su propio pueblo están sufriendo una sequía en la parte oriental del país, que ha devastado los cultivos y el ganado. El programa nuclear de Irán y la inclemente oposición a Estados Unidos y a la “entidad sionista” podrían ser la envidia de algunos fanáticos de la resistencia en la región, pero el hecho es que una bomba iraní es el Avemaría de una sociedad moribunda, donde no ha habido desarrollo económico durante 30 años.

Si se siguen estas dos líneas de tendencia, es fácil proyectar lo que el destino de estas dos diferentes civilizaciones es probable que llegue a ser. Israel disfrutará de las altas y navegará por las bajas de la economía global y, si los dos últimos años son un indicador, sorteará los reveses mejor que la mayoría. Para los árabes, las cosas sólo van a empeorar.

Los graduados universitarios que salieron a las calles de El Cairo para protestar por la falta de oportunidades, van a tener que volver, porque el problema no era simplemente la corrupción del régimen de Mubarak. Más bien, la cuestión es que el propio pueblo egipcio se engaña si piensa que los falaces títulos de negocios les van a ganar un lugar en una economía globalizada. En general, los árabes, simplemente, no están preparados para competir con el resto del mundo. Cuando se acabe el petróleo, se aplastarán, no sólo los países exportadores de energía, sino todos los países árabes cuyas economías, como Egipto, dependen, en gran medida, de los ingresos de los trabajadores huéspedes de los estados árabes del Golfo. Por lo tanto, cada arma comprada por un régimen árabe es, efectivamente, un pago inicial de una próxima visión Mad Max de Medio Oriente – incluyendo una serie de guerras civiles como la que se está llevando a cabo en Libia.

La única manera que los árabes eviten ese escenario es que sean más como Israel. Porque Israel es Occidente; es esencial para el desarrollo político, social y económico árabe, que la gente de la región rompa con el pasado y abrace la israelificación de sus sociedades. Si no, las actuales manifestaciones populares terminarán en otra ronda de dictaduras oscurantistas, como ha sucedido repetidamente en la región, comenzando con la época de independencia árabe en la década de 1940.

La otra opción – la opción típica – es la lucha contra Israel, que es, al final, una muestra de la desesperación árabe. Como las revueltas árabes han mostrado, los problemas de las sociedades de Medio Oriente tienen poco que ver con Israel. Así que, incluso si los sueños de Hassan Nasrallah de Hezbollah, del presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, y de los otros guardianes de la resistencia, se dieran plenamente y fueran capaces de destruir a Israel mañana, la corrupción, la represión y el oscurantismo todavía seguirían pudriendo a las sociedades de Medio Oriente.

Occidente y sus valores – lo que Israel representa – sobrevivirá, no importa cuántos terroristas suicidas de la resistencia islámica lancen contra él. Esa táctica, aunque esté vinculada a conceptos religiosos como la jihad, ha incorporado un límite a su eficacia en vista de las personas que están decididas a defenderse. Hassan Nasrallah se burla de aquellos que aman la vida y se jacta de que la resistencia ama la muerte. Pero al final, habrá poca diferencia si Egipto, finalmente, une su ejército a las fuerzas del bloque de la resistencia, añadiendo tanques y aviones a los cohetes de Hezbollah y Hamas, los misiles de Siria y la próxima bomba de Irán. La realidad es que el partido de la vida luchará para preservarla, mientras que el partido que valora la muerte cosechará, en abundancia, lo que desea.

No obstante, creo que, como sostuve la semana pasada, los acontecimientos de los últimos años han presentado serias amenazas, para el estado judío por lo menos – en particular una campaña de deslegitimación que no se libra en la propia región, sino en las capitales de Europa. Es un momento peculiar en la historia, ver a Europa tambaleándose en el precipicio de resentimiento y el oscurantismo, mientras que los levantamientos en Medio Oriente, en los últimos dos meses, han mostrado que los árabes están, quizás, al borde de algo nuevo. Tal vez las protestas no revelen una revolución como tal, sino un reconocimiento.

Hasta ahora, una de las creencias más extrañas y generalizadas en la región, es que Israel quiere ser la única democracia en Medio Oriente – como si la democracia fuera un recurso limitado que necesitara acaparar, como el petróleo. Los levantamientos sugieren que los árabes podrían haber llegado a reconocer que, parafraseando al fallecido escritor egipcio Taha Hussein, la libertad es libre para todos, como el aire y el agua.

Ciertamente, eso espero, porque Israel está haciendo bien las cosas y la conclusión de mi breve dialéctica es que va a continuar creciendo. La verdadera preocupación es por el destino de los árabes. Cuanto más tiempo sigan haciendo a Israel el centro del rechazo y el odio, más imposible les será unirse a Occidente y detener la espiral de la muerte de sus sociedades y economías. La incapacidad de los observadores occidentales, que dicen preocuparse por el destino de estas sociedades y sus pueblos, para poner en claro este punto, sólo ha dañado reiteradamente la causa del desarrollo social y político árabe. Ahora, en medio de toda la excitación, después de las revueltas árabes, es un momento que exige esa claridad.

Desde el comienzo de la empresa sionista, los que la apoyaron, como Winston Churchill, han argumentado que los judíos de Israel tendrían una influencia positiva en sus vecinos -que su industria y sus valores se contagiarían a los árabes. Fuera de la propia comunidad árabe de Israel, ese no ha sido aún el caso. Eso va a cambiar ahora o no. Sea que los árabes abracen a Israel y a Occidente, o declinen hacia la total irrelevancia económica, cultural y militar en la próxima generación, Israel va a sobrevivir y prosperar. 

http://www.tabletmag.com/news-and-politics/60298/democratic-state/

Traducido para porisrael.org por José Blumenfeld
Difusion: www.porisrael.org

 
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