Por Israel
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| jueves octubre 17, 2019
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Las nueve porciones de belleza


Mario Satz

En alguno de los más curiosos y bellos midrashim o historias que se cuentan sobre Jerusalén se dice que de las diez porciones de belleza que el Creador concedió a la tierra, nueve le tocaron a Jerusalén. Parte de esa belleza se debe a un fenómeno climático: la ciudad está atravesada de este a oeste por lo que se llama ´´la línea de las lluvias´´, en hebreo kav parashat  ha-gueshem o ha-maim.

De un lado, y hacia el Mediterráneo, llueve bastante más que hacia el desierto de Judea, lo cual traducido en luz da una curiosa mezcla de luminosidades brillantes, envolventes que, sobre todo a la hora del crepúsculo,  producen la sensación de que nos encontramos en el centro de un set cinematográfico en el que cada objeto, cada  casa, cada gato o rosal estuviesen iluminados de modo especial. Las cosas tienen, entonces,  volumen, pero éste aparece aureolado, suspendido en algún lugar entre lo grávido y lo levitante. Si en alguna época fue hermosa hoy Jerusalém lo es aún más, erigida sobre sus colinas con la típica piedra de color té con leche ( la imagen es mía ) semejante a la empleada para la construcción del templo de Salomón. La cualidad melosa, sorprendente de la luz debe también su aire diáfano a la altura de la ciudad, casi mil metros por encima del nivel del mar.

Hace años tuve la suerte de conocer a un gran poeta y especialista en la ciudad: Dennis Silk, cuyo libro sobre Jerusalén es una de las obras más extrañas y fascinantes  sobre las miradas que las épocas y los hombres de todas latitudes han concedido Al Kuds, Aelia Capitolina, Ir Jebús y por fin la ciudad de David. Pensamientos, juicios, elogios y hasta comentarios cómicos ( los de Mark Twain ). Dennis amaba los gatos y conocía la historia de por qué durante el Mandato Británico fueron traídos a la ciudad: para ahuyentar las ratas y sumar su  felino silencio al de las noches de verano. También conocía al dedillo sus flores silvestres, sobre todo las de la zona de Abu Tor, donde el poeta habitaba una casa de piedra sobria y casi aislada. Creo que fue él quien me señaló que en el origen del poema de  Yehuda Amijai sobre Jerusalém como ´´la Venecia de Dios´´ se hallaba el hecho de que, y en hebreo, la primera y última letras de la palabra Jerusalém dan el binomio yam, mar. En la década del setenta del siglo pasado, cuando yo vivía en la ciudad, me asombró la coexistencia, en las cercanías de Yamin Moshé, de los pastorcillos  árabes con los pasos rápidos de los jasidim que se dirigían al Muro Occidental en medio de un paisaje de amapolas y múscaros, margaritas y  caídas flores de almendro. Qué lejos estaban entonces los odios y los desprecios de hoy.  Los palestinos que tiraban piedras eran unos pocos y uno podía sentarse tranquilamente en un café de la Ciudad Vieja a ver la interminable partida de backgammon que un judío y su amigo  Ahmed, el de las alfombras persas, jugaban con  calma y perfil de estatuas.

La belleza de la ciudad se ha incrementado, es cierto, pero también ha dejado de ser esa gran villa provinciana cuya proverbial lentitud era terapéutica. La inminente inauguración del tranvía restará paseantes, suprimirá peatones, pero aún y así todavía veremos en Jerusalém eruditos y místicos de ojos desorbitados, la mayoría de los cuales tal vez ignoren que el fenómeno de la luz cruzada, mediterráneo/desértica, subyace en tantas y tantas visiones antiguas. De Sión seguirá saliendo la Torá, leída,. acariciada, interpretada y cantada, aunque todavía supuren las heridas y persistan los enfados y rechazos. A lo mejor también ellos forman parte de las nueve porciones de belleza de las que habla el midrash.

 
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