Mario Satz
Un caso real y conmovedor.

Admirable
aquél que ante el relámpago
no dice: la vida huye
Un mismo, impresionante resplandor da vida a incontables soles y consume una inocente porción de la tierra para siempre. Un mismo brillo precede a la muerte y anuncia el renacimiento. Noé Tamashi se miró las manos, contó sus dedos y en un simple parpadeo vio allí los diez infinitos de su iluminación. Sintió entonces un amor tan grande, una compasión tan enorme por todo lo viviente que fue a croarles a las ranas del estanque de un templo suspiros y jadeos, monosílabos y sollozos de gratitud, pues descubrió que convertirse es volver al punto de partida.
Cuando los verdes anuros se callaron, comprendió hasta qué punto lo habían oído.
Efectivamente el Séfer yetzirá o Libro de la formación dice, en su capítulo II, que tal es el carácter de la percepción suprema, sugiriendo a los estudiantes de Kábala que el relámpago es una danza entre campos magnéticos, el beso de dos mundos que se reconocen, una rajadura celeste a través de la cual el cielo muestra su auténtico rostro de ilimitada energía. Por otra parte, como sucede que, por su valor numérico, la habraká o iluminación (hqrbh = 312 ) equivale a un retorno, shib ( by& = 312 ), quien llega a iluminarse retorna, quien retorna es donde está, y quien es, sólo por ese simple hecho está, ya, implícitamente realizado.

















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