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| jueves junio 25, 2020
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Confusión fatal en Bagdad


Ali Khamenei, Hassan Nasrallah y Qassem Soleimani Foto: khamenei.ir Wikimedia CC BY 4.0

La muerte del general iraní Qasem Soleimaní en un ataque aéreo norteamericano en Bagdad, el 3 de enero pasado, refleja, entre otras cosas, la dificultad que tienen los altos mandos de Teherán para leer el extravagante liderazgo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump; a pesar de que ya hace casi tres años que el imprevisible mandatario se estableció como inquilino en la Casa Blanca.

A diferencia del extinto jefe militar de Hezbollah, Imad Mughniyeh, del malogrado califa del Estado Islámico, Abu Baker al Baghdadi, o del esquivo secretario general de Hezbollah, jeque Hassan Nasrallah, Soleimaní, como jefe de la Fuerza Quds, la unidad de elite para las operaciones en el exterior del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní, no se comportaba como el cabecilla de una red semi-clandestina, sino como un comandante de campo, a la vista de sus fuerzas. Varias veces estuvo en la mira del aparato militar israelí; pero el estamento político de Jerusalén eligió que no se apretara el gatillo. Probablemente, algo de eso influyó, para que la dirigencia de Teherán prefiriera creer que el número dos de la República Islámica era un intocable.

Aparentemente, los iraníes no entendieron que habían ido demasiado lejos con sus provocaciones cuando las milicias chiís, que dirigen en Irak, asesinaron a un contratista estadounidense y luego acometieron contra la embajada estadounidense en Bagdad.

De hecho, el asalto a la Embajada de EE.UU. en Bagdad evocó una serie de eventos traumáticos incrustados en el paradigma político cultural estadounidense. Esto es, la crisis de los rehenes con la toma de la Embajada de EE.UU. en Teherán, en 1979, que jugó un papel en la derrota electoral del entonces presidente Jimmy Carter. Y, más tarde, el asalto al consulado estadounidense en Bengasi, el 11 de septiembre de 2012, por parte del grupo islamista Ansar al Sharia, que resultó en la muerte de cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador J. Christopher Stevens, y por el que fue duramente reprochada la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, sobre todo durante el transcurso de su fallida campaña electoral para la presidencia. Un lujo que Trump no se podía permitir a diez meses de los comicios.

Tal vez el hecho más significativo de las exequias de Soleimaní, ha sido la indiferencia del mundo árabe sunita, para no hablar de la hostilidad abierta hacia el fallecido militar iraní. Solamente, el líder del grupo palestino islamista Hamás, Ismail Haniyeh, apareció en los funerales, ofreciendo un guiño hacia el régimen de los ayatollahs que seguramente no le perdonará su rival, el movimiento nacionalista Fatah, columna vertebral de la Autoridad Palestina, con sede en Ramallah.

 
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