Por Israel
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| viernes julio 3, 2020
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No culpen de la muerte de George Floyd a un tendero palestino


¿Fue la muerte de George Floyd fruto, en parte, del racismo musulmán y del respeto por la ley de los tenderos inmigrantes? Según un artículo publicado en el New York Times, que además denigra a los propietarios de esos pequeños comercios comparándolos con judíos, la respuesta es sí.

El cruel asesinato de Floyd, afroamericano de 46 años, a manos de un policía de Minneapolis no fue sólo una tragedia sino, además, la chispa que incendió todo el país e hizo que los estadounidenses se sumieran en un debate sobre cómo combatir el racismo y los abusos policiales. Lamentablemente, esto ha desencadenado un menos laudable afán por avergonzar, marginar o silenciar a ciertos individuos, aun cuando estén de acuerdo en que las vidas negras importan, si disienten en algún punto de la ideología del movimiento radical, que sostiene que EEUU es un país incorregiblemente racista y que hay que dejar de financiar o incluso abolir la Policía. Se les puede machacar simplemente por decir o escribir la palabra importan en cualquier contexto en el que no vaya acompañada de las vidas negras.

La búsqueda de chivos expiatorios a cuenta de la muerte de Floyd se ha centrado sobre todo en la Policía, que está siendo demonizada hasta el punto de que gente normalmente sensata anda apoyando la demencial idea de que la sociedad estaría mejor sin ella, sobre todo si se piensa en la desprotección que sufrirían las zonas donde se concentran las minorías.

Pero el NYT no se doblega ante nada ni nadie en su concienciado y ardiente deseo de aventar la vergüenza por los pecados de EEUU. Más de dos semanas después de la muerte de Floyd, se ha dado una pausa en sus ataques contra la Policía y publicado un artículo que pone en la mira a otros cabezas de turco: un comerciante palestino, el racismo musulmán antinegro y la idea de que la ciudadanía ha de apoyar a las fuerzas del orden.

El artículo, escrito por Mustafá Bayumi, profesor de Inglés en el Brooklyn College, pone el foco en uno de los personajes menos conocidos de la tragedia de Floyd: Mahmud Abumayaleh, el propietario palestino-americano de Cup Foods, la tienda en la que Floyd intentó pasar un billete falso de 20 dólares.

Según se dice en otro artículo del NYT, Abumayaleh está siendo “bombardeado con mensajes de odio”. Aunque su tienda lleva abierta 30 años, teme ser objeto de represalias, aun cuando él no fue responsable de la muerte de Floyd. De ahí que haya condenado lo sucedido y, sucumbiendo a la ira popular, afirmado que no volverá a llamar a la Policía “hasta que deje de matar a gente inocente”.

Bayumi comparte la falsa idea de que el resultado inevitable de llamar a la Policía es que muera un inocente. Pero de lo que se trata en su artículo es de dirigir la ira hacia otros objetivos.

Su oposición a la cooperación con la Policía no se basa sólo en la falacia de que toda ella está en guerra contra todos los afroamericanos. También descansa en la noción de que, en materia de seguridad ciudadana, la filosofía de los cristales rotos es una forma de prejuicio racial. La de los cristales rotos fue la fórmula empleada por la Administración de Rudy Giuliani y la de su sucesor, Michael Bloomberg, en Nueva York y aboga por hacer que la Policía haga cumplir todas las leyes, incluso las más nimias, como expresión de intolerancia a la anarquía, lo que inevitablemente lleva a una disminución de los delitos graves.

Aunque los principales beneficiarios de una menor criminalidad son los residentes en las comunidades donde se concentran las minorías, según Bayumi se trata de una forma de opresión. Los esfuerzos por persuadir a los comerciantes para que cooperen con la Policía serían, pues, el equivalente moral de colaborar con una potencia ocupante. Bayumi presenta al tendero palestino, un pequeño comerciante que trabaja duro para obtener su parte del sueño americano, como un cómplice de la opresión.

A efectos de contextualizar el terrible rol del tendero Abumayaleh, Bayumi cita un pasaje de un ensayo de James Baldwin publicado por el NYT en 1967 con el desfasado título de “Los negros son antisemitas porque son antiblancos”, en el que el autor echaba bilis contra los comerciantes judíos de Harlem, a los que erróneamente acusaba de complicidad con el sufrimiento de sus clientes negros.

A juicio de Bayumi, ese palestino que tiene una tienda con clientela negra se comporta como aquellos judíos. No se le pasa por la cabeza que, al colocar un billete falso –delito por el que nadie merece morir, pero sí acarrea cárcel–, Floyd estaba robando y agravando los problemas de la comunidad.

No contento con afrentar a Abumayaleh –al menos a ojos de la audiencia del NYT– al compararlo con unos judíos y considerarlo un colaborador de la Policía, Bayumi le acusa, así como a otros musulmanes norteamericanos, de incurrir en una forma de racismo contra los negros. Ahora bien, no aporta prueba alguna –salvo la de que uno de sus empleados llamó a la Policía cuando Floyd no devolvió los productos que había obtenido fraudulentamente.

Un tercio de los musulmanes norteamericanos son negros, empezando por los que militan en facciones islamistas extremistas como la Nación del Islam de Louis Farrakhan, uno de los mayores promotores nacionales de la judeofobia. Pero Bayumi dice que no son bien acogidos por los musulmanes no negros.

En este punto, lo que resulta fascinante es que medios progresistas como el NYT se aprestan a decir que todo aquel que enfatiza la prevalencia de actitudes antisemitas entre los palestinos, así como entre otras comunidades árabes y musulmanas, incurre en islamofobia. Y tienden a expresar sorpresa, cuando no resentimiento, cuando los judíos ponen reparos a quienes consideran a Farrakhan un respetado líder comunitario y no un promotor del odio. Pero a raíz de la muerte de Floyd, musulmanes como Abumayaleh se han convertido, a ojos de Bayumi, en el equivalente moral de los judíos que son despreciados por blancos en vez de respetados por su apoyo a los derechos civiles.

Así las cosas, la prevención del crimen no sería sólo una manera de poner a los explotadores árabes y judíos contra los explotados negros. El imperio de la ley no es un prejuicio, sino lo que permite que las minorías y los pobres puedan mejorar de condición. Es profundamente erróneo acusar de racismo o de complicidad con la brutalidad policial a los inmigrantes que trabajan duro, sean judíos de tiempos pasados o palestino-americanos de esta hora.

Sólo hace un par de semanas, una turba de empleados concienciados obligó al NYT a declarar que publicar un artículo de un senador norteamericano a favor de la restauración del orden tras los disturbios y el pillaje fue un acto irresponsable que puso en peligro a la gente. Pero ahora va y publica una pieza que incurre en estereotipaciones antisemitas y formula acusaciones salvajes e infundadas de que el racismo musulmán fue en parte culpable de la muerte de Floyd.

El insaciable afán del NYT por buscar chivos expiatorios por la muerte de Floyd ya era malo. Pero echar fango sobre el imperio de la ley y enfrentar a los judíos y los árabes con los negros es abominable.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

 
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