Por Israel
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| sábado abril 17, 2021
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El libro de la claridad


Traduje el Séfer ha-bahir , un opúsculo clásico de la Kábala, en Menorca, un hermoso verano de la década de los ochenta del siglo pasado. Mi corazón pasaba del arameo al hebreo y de éste a la versión francesa que cotejaba. Los estudiosos sostienen que ese breve texto, anónimo, pero en el que aparecen mencionados varios maestros medievales de la Provenza, fue clave para el desarrollo ulterior de la Kábala en Girona, décadas antes de moverse hacia el norte y suscitar, en el siglo XIII, esa joya abismal que el Séfer ha-zohar o Libro del esplendor. Creo que fue uno de los momentos más hermosos de mi vida; para entonces ya sabía que la Kábala o Kabalá, como decimos en hebreo, era una suerte de poética maravillosa destilada por la Torá sino su verdadera fuente. Lejos del mundo de la academia pero aún más de los eruditos que tienen ese libro por algo confuso y fantástico a la vez, lo leí con libertad, como si fuese un largo y errático diálogo interpretativo de la Biblia. Me dejaba arrastrar por sus pasajes más misteriosos a la Provenza de grandes estrellas y espigas, una tierra de perfumes luminosa entre todas las francesas. Una tierra bella que puede considerarse mediterránea por sus asperezas, sus  olivos y las frutas de secano.

 

Años más tarde descubrí que no por casualidad la última palabra de ese libro es precisamente zohar, resplandor o esplendor, que comparte raíz con la española azahar, la cual a su vez deriva de la raíz raz, secreto, misterio. ¡Qué misterio más bello que el de la flor del azahar del naranjo, que crece en España y también en la Provenza!. Así, danzando entre raíz y raíz, mi cabeza y mi cuerpo estaban ebrios de significados que se me revelarían  en toda su complejidad más tarde y tras años de estudio. Era cierto,  entonces, que El libro de la claridad había detonado y hecho florecer el  El libro del esplendor. En esos años medievales los judíos españoles viajaban entre sus comunidades dispersas para escuchar las enseñanzas de los maestros, a la par que otro  tanto hacían los musulmanes para ver a sus mentores sufíes mientras, en el interior de los monasterios cristianos, los monjes se entregaban con pasión a los estudios místicos. Como bien señaló el profesor Llovet en su ensayo sobre LLulio, el siglo XIII fue una época fascinada por el lenguaje, su transcendencia y sus límites. Y hete aquí que en una isla del Mediterráneo, en las últimas décadas del siglo XX, yo me había puesto a traducir una obra impar llena de relámpagos poéticos de exquisita factura. Un libro que habla de los misteriosos 32 senderos de sabiduría, cifra clave también para los budistas y los geólogos, ya que existe el mismo número de redes cristalinas en la mineralogía.

 

La sabiduría no es algo que se adquiere de una vez para siempre, tiene también sus períodos de ocultamiento y olvido. Pero si uno tiene la suerte de llegar hasta  una de sus minas y recorrer sus alrededores, es probable que al coger un guijarro cualquiera sus dedos se impregnen de polvo de oro. Entonces pueden pasar dos cosas, la primera que la felicidad nos premie con alguna lágrima, y la segunda que se salga, por un instante, del tiempo, para sentir en la nuca el hálito de la eternidad. Eso no se puede conservar ni puede, tampoco, olvidarse.  Que la sabiduría es una combinación química, molecular, matemática y por fin médica, lo vemos acaecer ahora mismo en los laboratorios. La Kábala, a la par que anticipar muchas de nuestras ideas actuales, también ha ofrecido a los estudiosos una gimnasia, un camino, un modo de, pasando de estupor en estupor, permanecer en pie ante el Árbol de la Vida, que no es otro que el universo entero

 
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