Por Israel
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| domingo septiembre 26, 2021

Bibi, gracias por tu servicio


Avigdor Liberman, Gideon Sa’ar y Naftali Bennett se merecen aclamación, no insultos.

Por seguir el ejemplo del primer ministro Benjamín «Bibi» Netanyahu, muchos de sus partidarios vilifican a los tres jefes conservadores israelíes que rechazaron su liderazgo, en favor del llamado Gobierno de cambio. Si bien admiro al primer ministro desde hace mucho tiempo (nos conocimos por primera vez en 1983), felicito a Naftali Bennet, Avigdor Liberman y Gideon Sa’ar por sus acciones y convicciones. No se merecen insultos, pero respeto y aclamación.

Esos insultos forman parte de una campaña para que el trio y compañía cambien de opinión. Netanyahu critica lo que erróneamente cataloga como un «Gobierno peligroso de izquierda». Su aliado Itamar Ben Gvir denunció el «emergente Gobierno extremista de izquierda». Aryeh Deri, otro aliado de Netanyahu, predijo que Bennett va a «destruir y arruinar todo lo que hemos mantenido por años». May Golan fue incluso más allá, comparando a Bennett y a Sa’ar con terroristas suicidas. Asimismo, manifestantes quemaron en público una imagen de Bennett, llamándolo «traidor». En este contexto, marcando una advertencia muy inusual, el jefe del servicio de seguridad interna de Israel, el Shin Bet, advirtió que la incitación creciente podría desencadenar violencia política.

La campaña de presión podría funcionar porque el campo del cambio solo tiene 61 miembros en el parlamento, contra los 59 de Netanyahu. El desplazamiento de un solo diputado de una bancada a la otra podría abortar la formación de un Gobierno, llevando al país a nuevas y temidas elecciones, la quinta en tan solo dos años.

Sin embargo, hasta ahora la campaña de desprestigio viene fallando, sobre todo gracias a los políticos con principios. Sa’ar, durante mucho tiempo miembro del partido de Netanyahu, ejemplifica tales comportamientos. Netanyahu recientemente le ofreció convertirse en primer ministro, de modo que Sa’ar solo tenía que retractarse de su promesa electoral de no formar una coalición con él. Pero inmediatamente rechazó la tentación y, en cambio, se conformó con disponerse para el más modesto cargo de ministro de Justicia en el Gobierno de cambio. Si eso no es tener principios, pues no sé lo que es tenerlos.

Por tanto, espero que la campaña de presión fracase. Si, Netanyahu ha sido ciertamente un líder excelente; pero más de quince años como primer ministro lo dejaron atolondrado con casos legales que distorsionan sus prioridades, y con antiguos aliados que desconfían de su liderazgo. Además, la campaña de presión no es ética y es peligrosa. Por estas razones (y muchas más), el propio Netanyahu se ha convertido en el foco de una disputa nacional. El actual drama de Israel casi no tiene contenido político. Antes que ocupar su atención en Irán, la anexión de Cisjordania, los palestinos, la economía, o mismo en la pandemia, el drama se centra en el carácter personal de Netanyahu.

 

Benjamín Netanyahu (visto aquí con Trump y Putin) se cierne sobre la política israelí.

 

Solo cuando Netanyahu abandone el primer ministerio podrán los partidos conservadores y centristas unirse y gobernar como una unidad. Si Netanyahu se hubiese ido por cuenta propia, la actual coalición —mal engendrada e incluso monstruosamente deformada— de 61 miembros de todo el espectro político (derecha, centro, izquierda e islamista) podría haber sido reemplazada por un bloque sensato de centro derecha, llegando incluso hasta 81 miembros; más de dos tercios de los 120 escaños que tiene el parlamento. Eso le hubiera permitido a Israel obtener, finalmente, el Gobierno que este país cada vez más conservador se merece. Uno específicamente en condiciones para abordar sus dos problemas internos más fundamentales a largo plazo: la integración de la creciente población haredí (los ultraortodoxos) y musulmana.

La comunidad haredí ha logrado convertirse en un pupilo del Gobierno, y mientras depende de las dádivas sociales elude el debido servicio militar. En muchos casos ni siquiera reconoce al Estado. No sorprende que esta combinación genere resentimiento considerable entre sus compatriotas que pagan impuestos y sirven en el ejército. Liberman, quien recibirá la cartera para supervisar las finanzas estatales, ha hecho de la integración de los haredíes su máxima prioridad, prometiendo utilizar su posición para «hacer todo lo posible para brindarles una educación y permitirles aprender una profesión y valerse por sí mismos». Liberman esta idóneamente posicionado para realizar esta tarea.

 

Tanto la población haredí como musulmana representan un desafío en Israel.

 

Tal como demuestran y recuerdan los disturbios del mes pasado, los musulmanes de Israel son aún más problemáticos. Como noté hace casi una década atrás, en última instancia la cuestión principal estriba en que la mayoría de ellos «desean con empatía seguir siendo ciudadanos desleales del Estado judío (en contraste con ser ciudadanos leales de un Estado palestino)». Si bien aprecian los muchos beneficios de vivir en Israel —desde el nivel de vida hasta el estado de derecho y las coberturas de seguros—, mantienen con todo una hostilidad profunda y generalizada hacia la inclusión en la empresa sionista. Esta contradicción fue dejada de lado durante demasiado tiempo, necesitando ya una mirada honesta y sostenida, con miras a encontrar soluciones creativas. La autonomía comunitaria al estilo tradicional del Medio Oriente ofrece un enfoque posible.

En tanto Benjamín Netanyahu siga siendo primer ministro, la política de Israel seguirá estando estática, truncada y paralizada. Por consiguiente, es hora de agradecer a Netanyahu por su destacable servicio. A medida que se cierra su era, cabe esperar que Israel tome nuevas alturas.

 

Original en Inglés: Bibi, Thank You for Your Service
Traducido por Federico M. Gaon

 
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