Por Israel
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| sábado noviembre 27, 2021

El asedio islamista

Las naciones democráticas tienen que distinguir el peligro que significa un régimen radical islámico adicional, el de los talibán, e idear las estrategias globales comunes para liberar a vastos sectores poblacionales de ese inhumano yugo...


En estos últimos días, la humanidad ha visto con horror y preocupación los acontecimientos en Afganistán, tras la abrupta salida de las fuerzas militares estadounidenses luego de 20 años de estancia en dicho país. Los más angustiados han sido los propios afganos que, arriesgando sus vidas, pretenden huir por cualquier medio, y ello precisamente nos indica la medida del pavor que sienten de vivir bajo ese régimen de terror que esclaviza a las personas y con especial saña, a las mujeres.

De hecho, los temores provienen de la experiencia durante la década de los 90 hasta el 2001 y, a nivel internacional, la misma razón por la que los soldados de EEUU entraron a Afganistán, está vigente en el presente con la nueva toma del poder de los talibán: erradicar el nido de terroristas que encontró refugió en ese territorio y que desde allí planificó sus ataques contra Occidente.
Vemos que ciertos sectores procuran convencer que, por ejemplo, formas tales como la blasfemia, la homosexualidad, el adulterio u otras acciones que consideran inaceptables en la conducta de las mujeres, que son castigadas con la pena de muerte, no son parte del Islam, sino “algo” que llaman fundamentalismo, pero justamente ello es componente del radicalismo islámico, un retorno a los fundamentos religiosos, del tiempo en que surgió el Islam, para así defenderse de la “infección” occidental.
El mundo escarmentó con la revolución islámica en Irán, en 1979 que, aunque es chiita, también es parte del radicalismo islámico y son conocidas las exigencias, así como las prohibiciones con las que sojuzgan a los iraníes, bajo el régimen de los ayatolas. Además, la República Islámica de Irán financia y arma a diversos movimientos terroristas que perpetran embates en distintas regiones, entre ellos Hezbollah que controla el Líbano, manteniéndolo al borde del colapso, y Hamas que con violencia se impuso en Gaza; este último nos muestra que, el chiísmo iraní no objeta respaldar a un movimiento fundamentalista sunita.
Las naciones democráticas tienen que distinguir el peligro que significa un régimen radical islámico adicional, el de los talibán, e idear las estrategias globales comunes para liberar a vastos sectores poblacionales de ese inhumano yugo y de la extrema crueldad que genera.
 
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