Por Israel
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| miércoles diciembre 1, 2021

Israel no puede ignorar la amenaza que China representa para el mundo libre


Siempre que Israel tiene motivos para dudar de la fiabilidad de la amistad de EEUU, en el Estado judío algunos se ponen a pensar en la necesidad de revaluar su posición en el mundo. Habitualmente, esto viene acompañado con el deseo de dejar ver a Israel sólo como parte de una alianza de democracias occidentales, a fin de que actúe como un Estado verdaderamente independiente preocupado exclusivamente de sus propios intereses.

Es comprensible esa posición propia de la Realpolitik. Sobre todo cuando EEUU se ha obsesionado con el apaciguamiento de Estados canallas como Irán y con la quimérica solución de los dos Estados para el conflicto israelo-palestino, por no hablar de su creciente desinterés por implicarse en las cuestiones de Oriente Medio. Los recientes batacazos de la Administración Biden ceban la desilusión que sienten ciertos israelíes con la alianza de su país con EEUU.

Los israelíes deberían estar muy alertas ante los riesgos asociados a su dependencia de los EEUU en lo relacionado con la asistencia militar y buscar una mayor autonomía en dicho ámbito. El problema es que no hay una alternativa real a los Estados Unidos. Por mucho que a algunos pueda resultar entretenido fantasear con un mundo en el que el Estado judío se las arreglara solo, los dirigentes israelíes no están jugando al Risk, donde todos los jugadores son iguales y pueden romper sus alianzas cuando quieran.

Por eso es por lo que Jerusalén debería poner especial cuidado en no caer en la tentación de acercarse a Pekín o distanciarse de los a menudo inconsistentes esfuerzos norteamericanos por contener el empeño chino en conquistar la hegemonía económica y militar.

Cuando China empezó a abrirse en los ámbitos diplomático y comercial, a finales de los años 80 del siglo pasado, pocos países se mostraron más ansiosos por aprovechar la ocasión que Israel. Tras largos años de relativo aislamiento, en los que fue marginado y boicoteado por el Tercer Mundo y el bloque soviético, era comprensible que el Estado judío viera una oportunidad de oro en el establecimiento de relaciones con Pekín.

En las tres décadas transcurridas, China ha cambiado el totalitarismo maoísta por un próspero sistema económico capitalista semilibre, pero el régimen sigue siendo brutalmente comunista. Lo cual le ha permitido convertirse en una potencia económica mundial con unas ambiciones estratégicas que con razón asustan a Occidente. Al mismo tiempo, Israel ha pasado de ser un caso perdido en el ámbito económico a toda una start up nation del Primer Mundo. Lo que ha llevado a algunos israelíes a pensar que el estrechamiento de relaciones con China debería ser una prioridad.

Es importante recalcar que Israel debe hasta cierto punto relacionarse con otras potencias y mantener la comunicación abierta con ellas. Esto es especialmente cierto con respecto a Rusia, potencia militar en Oriente Medio con una gran influencia en la región. Y también habrá de serlo con respecto a China, que también empieza a medir sus fuerzas allí. Pero eso es una cosa y otra, muy diferente, el compromiso total del Estado judío con China que anhela gente supuestamente inteligente.

China está regando de dinero el mundo al tiempo que proclama orgullosa su intención de, por lo menos, alcanzar el mismo estatus de superpotencia que los Estados Unidos, para eventualmente sobrepasarlos. Así que no cabe extrañarse de que, ahora que Israel busca inversiones para su boyante sector tecnológico, haya quien piense que Pekín puede procurar justo lo que el Estado judío necesita.

Como David Feith, ex subsecretario de Estado para Asuntos de Asia y el Pacífico, advirtió en un esclarecedor artículo publicado este verano en The Washington Post, inversores, compañías estatales y empresas tecnológicas chinos como Huawei o Alibaba invirtieron en o adquirieron 463 compañías israelíes entre 2002 y diciembre de 2020. Aunque EEUU y otros países han hecho a veces la vista gorda ante las actividades ilícitas de compañías como Huawei, de las que se teme –con razón– sean agentes de influencia del Partido Comunista chino, Israel se ha mostrado particularmente desinteresado en ponerles etiquetas o regular sus actividades. De hecho, el ex primer ministro Benjamín Netanyahu presumía públicamente de su nula disposición a hacer nada que les dificultara su expansión en Israel.

Si bien en líneas generales Netanyahu fue un maestro de las relaciones internacionales, eso fue un error. El hecho de que –como apuntó Feith– “las compañías chinas hayan construido o estén gestionando infraestructuras en Israel por valor de 4.000 millones de dólares, como el tren ligero de Tel Aviv, el puerto de Ashdod o los túneles del Carmelo”, es problemático. Netanyahu escuchó a la muy amistosa Administración Trump cuando le solicitó que mantuviera a Huawei apartada del desarrollo de las redes de 5G en Israel y que impidiera a los chinos hacerse con una planta desaladora. Pero su autorización –pese a las contundentes objeciones de Trump y un amigo inquebrantable como el exsecretario de Estado Mike Pompeo– para que China operara una terminal en el puerto de Haifa fue una metedura de pata; que podría finalmente convertirlo en inutilizable para la Armada estadounidense, luego de que su flota mediterránea haya venido considerando un segundo hogar la referida ciudad israelí.

Entre los más devotos admiradores de Netanyahu hay quienes creen que el actual ministro israelí de Exteriores, Yair Lapid, muñidor del Gobierno que desalojó a aquél del poder, está echando a perder la política exterior del país. En algunos aspectos tienen razón, pero lo que olvidan es que los desvelos de Netanyahu por cortejar a Pekín fueron un error colosal.

El pasado marzo, es decir, antes de la salida de Netanyahu del Gobierno, China firmó un acuerdo de 400.000 millones de dólares con Irán que cambió la relación de fuerzas en Oriente Medio, pues venía a garantizar que Teherán podría hacer frente a las sanciones de Occidente, al asegurarse un mercado fiable para su petróleo. La masiva inversión china en las infraestructuras iraníes, que deja chiquita la inversión china en Israel, así como la perspectiva de una cooperación aún mayor entre Pekín y Teherán, suponen un refuerzo decisivo de la mayor amenaza regional para la seguridad del Estado judío.

También es ilusoria la idea de que sus inversiones en tecnología punta modificarán la tendencia china a cooptar a las fuerzas radicales de la región y aprovecharse de sus éxitos. Los israelíes se ven como socios de los chinos y creen que les están influyendo para que les sean más favorables. Pero el desdén del Partido Comunista Chino hacia el Estado judío quedó de manifiesto en mayo, cuando China condenó los esfuerzos israelíes por defenderse del terrorismo de Hamás de la misma manera injusta que la mayoría de los otros miembros de Naciones Unidas.

El quid de la cuestión es la creencia de algunos de que China no representa una amenaza para Occidente ni para Israel. El exjefe del Mosad Yosi Cohen, a quien algunos ven como sucesor de Netanyahu al frente del Likud, es la voz de la razón en lo relacionado con los palestinos e Irán. Pero cuando dice que los temores norteamericanos ante la apuesta china por conquistar la hegemonía global son infundados demuestra que está absolutamente fuera de juego.

Así que cuando algunos fans de Netanyahu tacharon de ingenuo al nuevo Gobierno israelí, liderado por Naftalí Bennett y Yair Lapid, por votar en la ONU junto con Occidente para condenar los crímenes del Gobierno chino contra los uigures, y lamentaron la oportunidad perdida de intercambiar la indiferencia israelí ante ese genocidio por el apoyo chino en otros temas, no sólo estaban abogando por una política inmoral, sino dando cumplida cuenta de la ceguera de algunos en el Estado judío ante una amenaza de primer orden para Occidente en el siglo presente.

El uso que hace China de sus recursos cibernéticos, de compañías como TikTok y de su creciente cartera de inversiones es visto como un problema creciente por una mayoría sustancial de demócratas y de republicanos. Por no hablar de la manera en que Pekín está explotando la debilidad de la Administración Biden tras la debacle de Afganistán. Sus recientes violaciones del espacio aéreo taiwanés dejan claro que, si las democracias no empiezan a actuar con firmeza para contener sus instintos agresivos, el problema no hará sino agravarse.

Israel no es un vasallo de EEUU, ni su 51º estado. Pero, por mucho que pueda soñar con librarse de los americanos, como democracia cuyo destino está ligado a la seguridad de Occidente, tiene un papel que desempeñar en el esfuerzo por poner freno a China. Lo quiera o no, debe decidir de qué lado está. Quien piense que puede permanecer neutral está ignorando tanto los mejores intereses del Estado judío como los del único país con el que éste comparte la clase de valores que hace que las alianzas perduren.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

 
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