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| domingo marzo 3, 2024

TRUMÁ 5784


B’H

Trumá (Éxodo 25:1-27:19 )

El pueblo de Israel es llamado a contribuir con quince materiales – oro, plata y cobre; lana teñida de color azul, púrpura y rojo; lino, pelo de cabra, pieles de animales, madera, aceite de oliva, especias y piedras preciosas – con los cuales, Di-s le dice a Moshe: “Harán para Mí un santuario, y Yo voy a morar entre ellos”.

En la cima del Monte Sinaí, Moshe recibe las instrucciones detalladas sobre cómo construir esta morada para Di-s, de manera que pueda ser fácilmente desmantelada, transportada y rearmada durante los diferentes viajes del pueblo por el desierto.

En el cuarto más interno del Santuario, tras una cortina bordada artísticamente, estaba el Arca conteniendo las Tablas del Testimonio grabadas con los Diez Mandamientos; en la tapa del Arca había dos querubím (ángeles) tallados en oro puro. En el cuarto exterior se encontraba la Menorá de siete brazos y la Mesa sobre la cual se acomodaba el “pan de la proposición”.

Las tres paredes del Santuario estaban formadas por 48 planchas de madera paradas, cada una de las cuales estaba recubierta en oro y sostenida por un par de bloques de plata. El techo estaba formado por tres capas de coberturas: (a) tapetes de lana y lino multicolores; (b) una cobertura hecha de pelo de cabra; (c) una cobertura de pieles de carnero y tajash. En el frente del Santuario había una cortina bordada sostenida por cinco postes.

Una serie de cortinas de lino soportadas por 60 postes de madera con ganchos de plata rodeaban el Santuario y el Altar de cobre que se encontraba a su frente. Las cortinas estaban reforzadas por estacas de cobre.

¿Qué recibimos cuando damos?

Rav Jonathan Sacks

Di-s habló a Moshé, diciendo: «Habla a los Hijos de Israel y que tomen una porción separada para Mí; de todo aquel cuyo corazón lo motive tomarán mi porción separada» (Éxodo 25:1-2)

Nuestra parashá marca un punto de inflexión en la relación entre los israelitas y Dios. Aparentemente, lo que era nuevo era el producto: el Santuario, la casa transportable para la Presencia Divina mientras el pueblo viajara por el desierto.

Pero podemos decir que más que el producto lo importante era el proceso, resumido en la palabra que da nombre a nuestra parashá: trumá, que significa un regalo, una ofrenda, una contribución. La parashá nos dice algo muy profundo. El hecho de dar confiere dignidad. Recibir, no lo hace.

Hasta ese momento, los israelitas habían sido receptores. Virtualmente todo lo que experimentaron había sido dado por Dios. Él los redimió de Egipto, los liberó de la esclavitud, los condujo por el desierto y creó para ellos un camino a través del mar. Cuando tuvieron hambre, Él les dio alimento. Cuando tuvieron sed, Él les dio agua. Fuera de la batalla contra los amalequitas, no habían hecho casi nada por sí mismos.

 

Aunque a nivel físico esto fue una salvación sin paralelos, los efectos psicológicos no eran buenos. Los israelitas se volvieron dependientes, irresponsables e inmaduros. La Torá registra sus repetidas quejas. Al leerlas, sentimos que eran un pueblo desagradecido, petulante, quejoso.

¿Pero qué otra cosa podían hacer? No hubieran podido cruzar por sí mismos el mar. No habrían podido encontrar alimento y agua en el desierto. Lo que producía resultados era el hecho de quejarse. El pueblo se quejaba con Moshé. Moshé acudía a Dios. Dios hacía un milagro. El resultado era que, desde la perspectiva del pueblo, quejarse funcionaba,

Sin embargo, ahora Dios les dio algo completamente diferente. No tenía nada que ver con las necesidades físicas y todo con las necesidades psicológicas, morales y espirituales. Dios les dio la oportunidad de dar.

Uno de mis recuerdos, todavía brillante en medio de las brumas del tiempo, se remonta a cuando era un niño de unos seis o siete años. Fui bendecido con padres muy afectuosos y protectores. La vida no les había dado a ellos muchas oportunidades y estaban decididos a que nosotros, sus cuatro hijos, tuviéramos algunas de las oportunidades que a ellos les habían sido negadas. Mi padre estaba muy orgulloso de mí, su primogénito.

Para mí, era muy importante mostrarle mi gratitud. Pero… ¿qué podía darle? Todo lo que yo tenía, lo había recibido de él y de mi madre. Era una relación completamente asimétrica.

Eventualmente, en algún comercio encontré un trofeo plateado de plástico con una placa que decía: «Al mejor padre del mundo». Hoy, después de tantos años, me estremece el recuerdo de ese objeto. Era algo barato, banal, incluso cómicamente absurdo. Pero lo que es inolvidable fue lo que él hizo cuando se lo di.

No puedo recordar qué me dijo, ni siquiera si sonrió. Lo que recuerdo es que lo colocó sobre su mesa de luz, y allí quedó, humilde y trillado, durante todos los años que viví en la casa.

Él me permitió darle algo, y luego mostró que el regalo era importante para él. En ese acto, mi padre me dio dignidad. Me permitió ver que podía darle algo incluso a alguien que me había dado todo lo que yo tenía.

Hay una ley judía que personifica esta idea. «Incluso una persona pobre que depende de la tzedaká (caridad) está obligada a dar tzedaká a otra persona».(1) Esto no tiene ningún sentido. ¿Por qué una persona que depende de la caridad debe estar obligada a dar caridad? El principio de tzedaká sin duda es que el que tiene más de lo que necesita debe darle a quien tiene menos de lo que necesita. Por definición, alguien que depende de la tzedaká no tiene más de lo que necesita.

Sin embargo, la verdad es que la tzedaká no se dirige sólo a las necesidades físicas de la persona sino también a su situación psicológica. Necesitar y recibir tzedaká, de acuerdo con una de las ideas más profundas del judaísmo, es algo inherentemente humillante. Como decimos en Birkat HaMazón: «Por favor, Dios nuestro, no nos hagas depender de regalos o préstamos de otras personas, sino tan sólo de Tu mano abierta, plena, sagrada y generosa para que no suframos nunca vergüenza ni humillación».

Muchas de las leyes de tzedaká reflejan esto, tal como el hecho de que es preferible que el dador no sepa a quién le da, y el receptor no sepa de quién recibe. De acuerdo con un famoso dictamen de Maimónides, el nivel más elevado de tzedaká es «fortalecer a un judío y darle un regalo, un préstamos, formar con él una sociedad, o encontrarle un trabajo, hasta que se fortalezca lo suficiente para no tener que pedir ayuda a otros (para su manutención)».(2) Esto no es en absoluto caridad en el sentido convencional. Es encontrarle a alguien un empleo o ayudarlo a comenzar un negocio. ¿Por qué esta es la forma más elevada de tzedaká? Porque es devolverle a alguien su dignidad.

Alguien que depende de la tzedaká tiene necesidades físicas, y esas deben ser atendidas por otras personas o por toda la comunidad. Pero esa persona también tiene necesidades psicológicas. Por eso la ley judía establece que debemos darles a los demás. Dar confiere dignidad, y nadie debe verse privado de esto.

Todo el relato de la construcción del Mishkán, del Santuario, es muy extraño. El rey Salomón dijo en su discurso de inauguración del Templo en Jerusalem: «¿Acaso Dios realmente vivirá en la tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no Te pueden contender, ¡cuánto menos esta casa que yo he edificado!» (Reyes I 8:27). Si esto se aplica al Templo con toda su gloria, cuanto más respecto al Mishkán, un pequeño santuario transportable hecho de vigas y telas que podía ser desmantelado cada vez que el pueblo debía partir y vuelto a armar cuando acampaban. ¿Cómo era posible que eso fuera una casa para Dios, el creador del universo, Quien puso imperios de rodillas, obró milagros y maravillas y cuya presencia es casi insoportable en su intensidad?

Sin embargo, pienso que de una forma pequeña pero muy humana, lo que mi padre hizo al colocar mi barato regalo de plástico en su mesita de luz hace tanto años, tal vez fue lo más generoso que hizo por mí. Y, lehavdil, sin comparar, fue lo que Dios hizo cuando les permitió a los israelitas que le llevaran ofrendas y que construyeran una especie de casa para la Presencia Divina, un acto de inmensa y paradójica generosidad.

Esto también nos dice algo muy profundo sobre el judaísmo. Dios quiere que tengamos dignidad. No nos hemos corrompido por el pecado original.

No somos incapaces de hacer el bien sin la gracia Divina. La fe no es mera sumisión. Fuimos creados a imagen de Dios, somos sus hijos, Sus embajadores, Sus parejas y Sus mensajeros. Él quiere no sólo que recibamos sino también que demos. Y Él está dispuesto a vivir en la casa que construimos para Él, por más humilde y pequeña que sea.

Esto queda aludido en la palabra que da nombre a nuestra parashá: Trumá. Esta palabra generalmente se traduce como una ofrenda, una contribución. Pero en verdad significa algo que elevamos. La paradoja de dar es que cuando levantamos algo para darle a otro, nosotros mismos nos vemos elevados.

Creo que lo que nos eleva en la vida no es lo que recibimos sino lo que damos. Cuanto más damos de nosotros mismos, más grandes nos volvemos. (Aishlatino.com)

 

TRANSFORMAR LO MATERIAL EN ESPIRITUAL

Sabemos que Di-s está en todas partes. Sabemos que nada puede contenerlo, pues Él es el que contiene todo.

Pero de pronto llega la orden en el desierto de construir un santuario para que Él pueda residir. Y para ello Di-s mismo ordena los materiales que deben ser usados y cómo debe ser construido. ¿Cómo podemos comprender esta aparente contradicción? La clave está en la orden para la construcción del santuario: “Harán para Mí un santuario, y Yo voy a morar entre ellos”. Di-s quiere que hagamos de nosotros mismos un santuario para que Él pueda morar en nuestro interior. Todas nuestras posesiones materiales (oro, plata, cobre, madera, aceite de oliva), nuestros instintos animales (pelo de cabra, pieles de animales), nuestros actos (especias aromáticas) y nuestra descendencia (piedras preciosas) deben consagrarse a cumplir Su voluntad.

A ese santuario se refiere la parashá, nuestro santuario particular en el que recibimos la Presencia Divina.

 

 

Adelante: fíngelo hasta lograrlo

Por Chana Weisberg

 

¿Quieres un truco rápido para ser feliz? Intenta sonreir.

A finales de la década de 1980, un equipo de investigadores trabajó con sujetos haciéndolos sostener un lápiz en la boca de varias maneras para imitar sonrisas y ceños fruncidos. Descubrieron que flexionando los músculos faciales, aún sin saber por qué, las reacciones emocionales de los sujetos cambiaban. Aquellos que sonreían evaluaban las cosas de manera mucho más positiva que aquellos que fruncían el ceño. Pruebas adicionales dieron resultados similares.

Los investigadores concluyeron que si bien los estados de ánimo se acompañan de cambios en el cuerpo, también sucede al revés. Haz un cambio aparentemente insignificante en el cuerpo –como flexionar esos músculos de la sonrisa– y tu cerebro lo notará y reaccionará de en consecuencia.

Así que eso de “fíngelo hasta lograrlo” parece tener algún valor.

Es interesante descubrir una conexión con este concepto en la lectura de la Torá de esta semana, cuando se nos ordena hacer el arca de madera y cubrirla de oro.

“Harán un arca de madera de acacia… y la cubrirán [el arca] de oro puro, por dentro y por fuera” (Éxodo 25:10-11).

El arca se hizo con tres cajas insertadas una dentro de otra. La caja más grande y visible estaba hecha de oro puro. Dentro de ella se ubicó una caja de madera de acacia, dentro de la cual se colocó la caja más pequeña, también hecha de oro. Las tablas con los Diez Mandamientos se guardaban en esta caja interior.

Como las cajas del arca, también nosotros estamos hechos de capas. Por dentro estamos hechos de “oro puro”, un alma divina inmaculada y sagrada, que sólo quiere actuar correctamente y hacer el bien. La siguiente capa es nuestro ser consciente, nuestro temperamento, ánimo y sentimientos. Esta parte no es siempre tan pura y brillante. Y finalmente está la caja exterior, esa parte nuestra que permitimos que el mundo vea a través de nuestras acciones.

Podríamos sentirnos como hipócritas luciendo una cara de oro ante el mundo cuando interiormente sentimos lo opuesto. ¿Debo actuar de forma generosa, amable y empática hacia fuera cuando me siento como “de madera”? ¿Debo presentar una fachada calma cuando realmente quiero desatarme en un arranque de ira? ¿Por qué actuar de manera que contradiga mis verdaderos sentimientos?

Pero la construcción del arca nos enseña que podemos mejorar nuestros sentimientos a través de nuestras acciones. Está bien tener algunos momentos “de madera” pero exteriormente manifestarnos “de oro”. Las acciones crean un cambio interno. Actúa en ese papel y te convertirás en él.

Así que adelante, sonríe y ve cómo te vuelves más feliz. Ofrece esas monedas a una causa benéfica y observa cómo tu ánimo se hace más caritativo e indulgente. Actúa con calma y tu ira comenzará a disiparse.

Porque en verdad, no estás actuando. En el fondo, tu ser interior es de oro puro. (www.es.chabad.org)

 

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