Hace una semana el secretario general de la ONU Antonio Guterres al comenzar el último año de su cargo realizó un discurso que tradicionalmente se hace en estas circunstancias sobre las perspectivas del organismo desde su punto de vista. Hizo hincapié en el momento de caos que atraviesa el mundo, las amenazas que enfrenta el multilateralismo y urgió a defender el derecho internacional y la paz con justicia y unidad. “Somos un mundo inundado de conflictos, impunidad, desigualdad e imprevisibilidad”, y alertó sobre el debilitamiento de la cooperación internacional y de las instituciones creadas para garantizar la paz y la estabilidad global.
Guterres no dijo nada que cualquier habitante del planeta no sepa. No explicó qué hizo su organización para impedir lo que definió como caos mundial, cómo va a defender la existencia del multilateralismo hoy herido de muerte, cómo defendió en serio el derecho internacional en Ucrania o en Irán, o en Sudán, o en Venezuela; y mucho menos pudo decir algo efectivo sobre el derrumbe de la ONU como institución creada para garantizar la paz para al menos intentar evitar alguna de las más de sesenta guerras y conflictos que hoy sacuden todos los continentes y que se acrecentaron precisamente durante los diez años de Guterres y su sospechado equipo al frente de Naciones Unidas.
Guterres expuso tres prioridades que deben guiar la acción internacional este año al final de su mandato: defensa de la Carta de la ONU y del Derecho Internacional; paz con justicia; unidad frente a la polarización. El secretario general de la ONU no tiene poderes ejecutivos como para movilizar al Consejo de Seguridad y hacerle cumplir con el Derecho Internacional y detener una brutal invasión como la de Rusia a Ucrania. Pero sus diez años convirtieron a la ONU en una caricatura. Todo lo que sí se puede hacer desde la secretaría general fue opaco o peor.
Un ejemplo de lo opuesto que fue este tiempo de retórica vacía, lo constituyó en su momento el africano Kofi Annan desde 1997 hasta 2006: reformó drásticamente la estructura burocrática e ineficiente de la ONU, algo que Guterres empeoró hasta el paroxismo; logró resultados admirables en el combate contra el SIDA, especialmente en África; fue precursor del tema de protección medioambiental que hoy yace en ruinas; estableció metas concretas para combatir la pobreza a través de un plan del milenio, lo cual después de su mandato ha caído en la vergüenza que es hoy; promovió dentro de sus atribuciones el fin de conflictos como el de Nigeria y Camerún. Es cierto que recibió el Premio Nóbel, pero también es cierto que fracasó frente al genocidio en Ruanda y la guerra en Iraq. Se enfrentó con Israel y algunos países árabes por las situaciones de conflicto, pero mantuvo siempre diálogo con todas las partes; condenó y enfrentó lo que él calificó como “un sesgo y parcialidad inaceptables de las agencias de ONU contra Israel”, denunciando a quienes querían excluir a Israel de distintos organismos; discutió con líderes palestinos e israelíes la después fracasada “hoja de ruta” para la convivencia de dos estados y fue un acérrimo crítico ejecutivo contra toda forma de antisemitismo y negación del Holocausto. ¿En dónde podría incluirse Guterres frente al accionar de Annan? En las antípodas. Una semana después del pogromo de Hamas contra Israel, Guterres iniciaba el ataque contra todo derecho de defensa de Israel. No violó el artículo 51 de la Carta de la ONU sobre legítima defensa, sino que voló en pedazos lo poco de serio que le iba quedando a su organización.
En su alocución de hace una semana, Guterres enfatizó la crisis financiera de la Organización, calificando de “totalmente insostenible” la falta de pago de cuotas por parte de algunos Estados miembros, y adelantando el riesgo de un colapso presupuestario si no se corrige la situación. La crisis financiera es consecuencia de la caída de todo el entramado de la ONU cuando de cumplir lo elemental se trata. Durante la pandemia, las advertencias sobre los manejos oscuros de la Organización Mundial de la Salud y en particular contra su director general fueron muy fuertes. Hoy, sigue en el cargo el mismo director general, sólo que ahora clamando por fondos que ya varias potencias no le hacen llegar. Kofi Annan creo la Corte Penal Internacional; en esta última década la politizaron, la destruyeron y su fiscal general está hoy bajo investigación. Tres de las cinco potencias con derecho a veto en el Consejo de Seguridad han demostrado con sus acciones políticas y económicas que el sueño fundacional de que los países pudiesen resolver sus problemas juntos hoy está en estado terminal, y sin embargo Guterres dijo hace siete días todo lo contrario a lo que el planeta está viendo y padeciendo.
También hace una semana, pero en la tarde, el Consejo de Seguridad se reunió ante la revuelta civil en Irán que hoy en día lleva miles y miles de asesinados y ejecutados y muchos más miles encarcelados y esperando, una gran mayoría, ser ahorcados por el delito de haber “ofendido a Dios”. Continuando con lo que hemos expresado sobre el rol actual de la ONU, la reunión del Consejo fue como poco una farsa, y como mucho un golpe duro al multilateralismo y a la convivencia pacífica entre naciones.
Las expresiones de Guterres diciéndole a la teocracia de los Ayatolas que todos los iraníes deben poder expresar sus demandas de manera pacífica y sin temor, y que las libertades de expresión, asociación y reunión pacífica están protegidas por el derecho internacional no las escucharon ni siquiera en el recinto de reunión del Consejo. En consecuencia, lo que siguió fue retórica y la certeza que todo puede empeorar porque cada parte va a seguir haciendo lo que crea más conveniente para sus intereses si es que pueden lograrlo. El representante de Irán demostró a través de sus inauditos dichos que la reunión era una farsa y que el peligro inminente de una colisión bélica está y estará latente. La puesta en escena de la farsa también dejó en claro que la inestabilidad casi completa de la región no la solucionará ni en un medio por ciento nada que tenga que ver con la ONU.
El inefable embajador iraní Gholam Hossein Darzi, representante permanente adjunto en Nueva York, afirmó que “Es profundamente lamentable que el representante del régimen de los Estados Unidos, que solicitó esta reunión, haya recurrido hoy a mentiras, distorsiones de los hechos y desinformación deliberada para ocultar la implicación directa de su país en encauzar los disturbios en Irán hacia la violencia. Estados Unidos solicitó la reunión con el fin de ocultar su complicidad directa en los crímenes que sus mercenarios han cometido contra nuestra nación”. Lo que dijo el embajador iraní no le sirvió lo suficiente a los Ayatolas. Así que ayer el ministro de exteriores de Irán, Abbas Araqchi, ha responsabilizado a Israel de suministrar armas a los manifestantes y ha sostenido que con estas actuaciones pretende arrastrar a Estados Unidos a una guerra con Irán. “Israel siempre ha intentado arrastrar a Estados Unidos a librar guerras en su nombre. Pero esta vez no tiene reparo en decirlo en voz alta. Con sangre en las calles, Israel se jacta de tener manifestantes armados con armas reales y esta es la razón de que haya cientos de muertos”.
Mientras el ministro y el diplomático iraníes se ponen de acuerdo qué decir, a quien culpar de sus propias atrocidades y siguen matando civiles detenidos por protestar, la realidad marca que nadie en la ONU y menos su secretario general tienen algo serio que expresar y menos hacer frente a los 46 años de dictadura teocrática en Irán con una historia de represión, violaciones a todos los derechos humanos sin exclusión de ninguno y el patrocinio del terrorismo en más de un continente.
La propia dictadura iraní ha admitido más de cinco mil asesinados en las protestas de los últimos 15 días. Aunque culpen a Estados Unidos e Israel, los que han disparado a mansalva son los miembros de las fuerzas Quds del régimen, los que torturan son los miembros de la Guardia Revolucionaria y los que condenan a la horca son tribunales como los que tenía el nazismo. Y recordemos que las protestas son contra la inflación y la corrupción, principalmente.
Irán es una muestra del brusco cambio mundial que hoy es necesario entender al mismo tiempo que se produce. Lo que sí se comprende porque se ve en tiempo real es que el multilateralismo se escapa como agua entre las manos cuando las instituciones creadas para convertirlo en solución se diluyen sin alternativas a la vista. Una cosa es la creación de acuerdos económicos entre regiones y países y otra muy diferente es que la estructura multilateral imaginada para hacer del mundo un lugar más seguro, hoy tenga al planeta en peligro latente por su avanzada descomposición. Los que han mezclado ambas cosas en estos días en nuestra región o se han equivocado o han mentido. Y los que se equivocaron son muy pocos.




















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