Las recientes palabras del Papa en su visita a España sobre el pueblo de Israel merecen una reflexión crítica. Al afirmar que «Dios no eligió a los israelitas porque tuvieran dotes o méritos, sino por puro amor. Y seguirá amándolos siempre aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos», introduce elementos que resultan especialmente preocupantes en el contexto actual.
En una España donde el antisemitismo ha experimentado un preocupante aumento, muchos judíos nos reconocemos como descendientes de los israelitas a los que se refiere el Papa y nos sentimos crecientemente amenazados. En estas circunstancias, aludir al «corazón endurecido» de los israelitas constituye una falta de sensibilidad hacia una comunidad que vuelve a percibir señales de hostilidad procedentes de determinados ámbitos políticos, mediáticos e incluso religiosos.
Además, la referida afirmación no se limita a reproducir el texto bíblico en el que parece inspirarse. En Deuteronomio 7:7-8 se lee: «El Eterno se solazó en vosotros y os escogió no porque erais más numerosos que los demás —en realidad erais el más pequeño de los pueblos— sino porque el Eterno os amaba y porque quiso cumplir el juramento que había hecho a vuestros padres». El texto destaca el amor de Dios y su fidelidad a la alianza, pero no contiene ninguna referencia a la falta de méritos, a la ausencia de dotes ni, mucho menos, a un supuesto «corazón endurecido» de Israel.
De este modo, a una afirmación bíblica enteramente positiva se le añaden valoraciones negativas que no figuran en el pasaje invocado. No se trata de una cuestión menor. Durante siglos, la imagen del judío como alguien espiritualmente ciego, obstinado o incapaz de responder a Dios formó parte de una tradición que contribuyó a crear y alimentar el antisemitismo cristiano.
Precisamente por ello, diversos Papas reconocieron la responsabilidad histórica de la Iglesia en la creación de un clima cultural que facilitó la discriminación de los judíos y, a largo plazo, contribuyó a hacer posible tragedias como el Holocausto. Ese reconocimiento impone una especial prudencia a la hora de emplear expresiones que puedan reactivar viejos estereotipos.
Nadie discute el derecho de la Iglesia a interpretar sus Escrituras según su propia tradición. Lo que sí cabe exigir es una mayor responsabilidad discursiva hacia una minoría que, una vez más, se siente señalada y menospreciada por razón de su identidad religiosa. Las palabras del Papa tienen una enorme influencia y, en tiempos de creciente antisemitismo, deberían servir para reforzar el respeto y la seguridad de las comunidades judías, no para atribuirles defectos morales o espirituales que el propio texto bíblico citado no les atribuye.
Mauricio Wagensberg
Barcelona




















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