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| viernes agosto 21, 2026

Bryan Acuña. El desgaste misilístico de Estados Unidos y las lecciones de una guerra prolongada

Bryan Acuña/elmundo.cr


En reportajes recientes, publicados por cadenas internacionales como Reuters y CNN se refleja una preocupación real dentro del aparato de defensa estadounidense. El consumo de misiles de precisión y de interceptores antimisiles durante los primeros cinco meses de la guerra contra Irán ha sido muy superior a las previsiones con las que trabajaba el Pentágono antes de iniciar el conflicto.

Sin embargo, interpretar estas cifras como una señal de colapso militar sería exagerar el alcance de la información disponible. Lo que muestran los datos es el enorme costo material que implica sostener una guerra convencional de alta intensidad entre Estados con capacidades tecnológicas avanzadas.

De esa forma, uno de los aspectos que suele perderse en la discusión es que las cadenas internacionales de noticias se refieren únicamente a determinadas familias de misiles. Los reportajes mencionan el agotamiento de gran parte de los inventarios del Sistema de misiles tácticos del ejército (ATACMS) y misiles de ataque de precisión (PrSM), así como un consumo significativo de misiles tipo Tomahawk. Lo cual no significa que Estados Unidos haya perdido su capacidad ofensiva de largo alcance ya que mantiene una amplia gama de sistemas alternativos, entre ellos aviación estratégica, bombas guiadas, misiles de crucero de baja detectabilidad (JASSM), submarinos de ataque y otros medios capaces de ejecutar operaciones de precisión sobre objetivos estratégicos.

 

El caso de los misiles de ataque de precisión resulta especialmente ilustrativo, porque se trata de un sistema relativamente nuevo que comenzó a incorporarse al inventario hace pocos años y cuya producción aún no había alcanzado grandes volúmenes antes del inicio de la guerra. En consecuencia, el hecho de que se hayan consumido la mayoría de las existencias responde tanto a la intensidad de las operaciones como al reducido tamaño del inventario inicial. Algo similar ocurre con el ATACMS, un sistema que ya se encontraba en proceso de sustitución por los PrSM y cuyo número disponible era cada vez menor.

 

Más delicada resulta la situación de los interceptores de corto y mediano alcance THAAD y los Patriot. A diferencia de un misil ofensivo, cada interceptor empleado representa un recurso perdido que debe ser reemplazado mediante procesos industriales complejos y costosos. La defensa frente a oleadas de misiles balísticos y drones iraníes ha obligado a Estados Unidos e Israel a mantener un ritmo de interceptación muy elevado durante varios meses. Esto confirma una realidad observada también en Ucrania. Las defensas antimisiles son eficaces, pero pueden convertirse rápidamente en un desafío económico cuando el adversario es capaz de lanzar ataques de forma constante.

 

El problema de fondo no es exclusivamente militar, sino industrial, porque desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos adaptó buena parte de su industria de defensa a conflictos limitados, donde el consumo de municiones de precisión era relativamente bajo y la superioridad aérea permitía reducir el desgaste.

La guerra contra Irán demuestra que un enfrentamiento entre Estados con importantes capacidades misilísticas exige volúmenes de producción mucho mayores. Incluso la principal potencia militar del mundo necesita tiempo para ampliar líneas de fabricación, contratar proveedores y reconstruir inventarios estratégicos.

 

Esto no significa que Estados Unidos haya perdido su capacidad de disuasión frente a otras potencias. El Pentágono continúa disponiendo del arsenal convencional más grande del mundo y conserva una capacidad de respuesta global difícilmente comparable con la de cualquier otro Estado. Además, parte de los inventarios permanece clasificada y existen reservas destinadas exclusivamente a escenarios de máxima prioridad. Lo que sí puede ocurrir es una redistribución temporal de recursos mientras la industria incrementa su ritmo de producción y se priorizan determinados teatros de operaciones.

 

El conflicto también ofrece lecciones para otros actores internacionales. China observa con especial atención la velocidad con la que Estados Unidos consume municiones de precisión y la capacidad de su base industrial para reponerlas. Estos datos resultan relevantes para cualquier planificación relacionada con el Indo Pacífico, especialmente en escenarios donde una campaña prolongada exigiría sostener operaciones simultáneas en distintos frentes. La guerra se ha convertido en una fuente de información sobre fortalezas y limitaciones logísticas que trasciende el enfrentamiento con Irán.

La principal enseñanza de este episodio es que las guerras de alta intensidad siguen dependiendo de la capacidad industrial tanto como de la innovación tecnológica. Durante años predominó la idea de que las armas inteligentes reducirían el consumo de municiones. La guerra de Ucrania primero y la guerra entre Estados Unidos e Irán después muestran una realidad distinta. Los conflictos modernos siguen siendo guerras de desgaste, donde la capacidad para fabricar, transportar y reponer armamento puede resultar tan importante como la calidad de los sistemas empleados en el campo de batalla

Bryan Acuña Obando – Máster en Diplomacia, profesor universitario y analista internacional.

 
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