La semana pasada, la ONU inauguró su 81° Asamblea General, con la participación de jefes de Estado y delegaciones de los países miembros. Entre los discursos que ocuparon la atención internacional estuvo el del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.
Netanyahu podrá gustarnos o no. Podemos coincidir con algunas de sus decisiones o cuestionar otras tantas. Pero hay algo imposible de negar: su intervención fue contundente y valerosa, pues, en buena medida, estuvo dedicada a desmontar un cúmulo de imputaciones y relatos que, repetidos por gobiernos, figuras públicas, medios de comunicación y redes sociales, han venido adquiriendo apariencia de verdad, a imitación del ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, aquel cuyo método se basaba en “una mentira repetida mil veces se convierte en realidad”.
De hecho, el ya conocido y reiterado desfile-boicot de las delegaciones de determinados países durante la intervención del premier israelí forma parte de esa afrenta cuidadosamente preparada y coordinada. Incluso la información sobre lo ocurrido ha resultado difícil de precisar y, en numerosos casos, contradictoria. Algunas plataformas elaboraron extensas listas de los países cuyas representaciones habrían abandonado el recinto de la ONU, mezclando acontecimientos del año pasado con los de la presente Asamblea General. Otros analistas, en cambio, se dedicaron a desentrañar lo qué efectivamente ocurrió.
Cuando las falacias se multiplican, dejan de ser percibidas como opiniones y terminan instalándose como si fueran hechos. Además, esa versión es amplificada por celebridades, políticos, organismos internacionales y medios de comunicación que están obligados a verificar la información. Resulta inaceptable que la historia sea definida a través de estereotipos y patrañas, que el terrorismo sea presentado como resistencia y que la propaganda termine sustituyendo a la realidad.
Israel y el pueblo judío se han convertido en objetivos de una campaña de deslegitimación y estigmatización, en la que los hechos son seleccionados, mutilados, desfigurados o presentados fuera de contexto para construir una narrativa conveniente a intereses específicos. Y esa narrativa no se limita a cuestionar las acciones de un gobierno israelí: se proyecta sobre los judíos del mundo.
Mientras se acusa a Israel de una serie de crímenes, se silencian o relativizan las responsabilidades de Hamás, de la Yihad Islámica Palestina, de gazatíes comunes y, sin dejar de lado al multimillonario emirato de Catar, en los sucesos que desembocaron en la tragedia del 7 de octubre de 2023. En este punto es importante destacar que Hamás no es un organismo convencional: se trata de un grupo terrorista yihadista que, desde su fundación, proclama abiertamente su designio de destruir a Israel y con esa intención perpetró una brutal masacre contra civiles israelíes, además de secuestrar a cientos de ellos.
Sin embargo, en sectores de la opinión pública internacional, la víctima ha terminado convertida en victimario y el agresor en una suerte de símbolo de resistencia ¿Cómo llegamos a tal inversión de la realidad? Una parte de la respuesta está en la maquinaria propagandística que ha conseguido imponer conceptos, imágenes y consignas sin una comprobación rigurosa de lo que se afirma. Otra, en la facilidad con la que las redes sociales convierten un relato emotivo en una verdad viral. Y otra, quizás más alarmante, en la alianza circunstancial entre sectores de la izquierda radical y movimientos vinculados al islamismo político y al yihadismo.
Un gobierno democrático como el israelí, puede ser criticado. El problema surge cuando la crítica se transforma en demonización. Cuando aparece un doble estándar y se niega a Israel el derecho que se reconoce a cualquier otro Estado. Y ese discurso calumnioso, lleno de odio y desinformación alcanza a los judíos, desdibujando peligrosamente esa frontera.
En la actualidad el antisemitismo se presenta disfrazado de activismo político, de peroratas que pretenden ser humanitarias o una supuesta preocupación por los derechos humanos, pero cuando la condena se enfila exclusivamente contra Israel, mientras se distorsionan o vacían de contenido términos de enorme gravedad como colonialismo, apartheid, hambruna o genocidio, la discusión deja de ser un análisis serio de los hechos, para convertirse en una transferencia de culpas, mediante la cual se proyectan sobre Israel y los judíos responsabilidades que no corresponden, pues la historia demuestra que, en el pasado, precisamente estos difamadores han cometido crímenes de ese tenor y quizás ese es el motivo por el que, con injusticia y desfachatez, se las achacan a Israel y a los judíos. Por ello, el discurso de Netanyahu ante la 81.ª Asamblea General debe ser examinado más allá de la simpatía o antipatía que despierte. Lo importante es detenerse en los sucesos que señaló, contrastarlos con la evidencia y desmontar la tan dañina narrativa. Porque cuando la propaganda reemplaza a los hechos, también se tergiversa la historia.




















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