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| viernes octubre 2, 2026

VEZOT HABERAJÁ -SIMJAT TORAH 5787

Israel Winicki Z.L/ Porisrael.org


B’H

Deuteronomio 33:1-34:12

Esta parashá relata como Moshe sube al Monte Nevó, desde donde ve la Tierra Prometida. «Y Moshe, el sirviente de Di-s, murió allí, en la Tierra de Moab por boca de Di-s…y nadie conoce su lugar de sepultura hasta el día de hoy». La Torá concluye mencionando que «Desde entonces no hubo otro profeta como Moshe en Israel, a quien Di-s conoció cara a cara…y con la mano poderosa y las grandes temibles acciones que Moshé hizo frente a los ojos de todo Israel».

SIMJAT TORA

¿Por Qué Leemos la Misma Torá Cada Año?

Rabino Eli Levy

 

Llegamos al final del mes de Tishrei, un mes cargado de fechas fundamentales para la vida judía, y lo culminamos con Simjat Torá. Terminamos de leer la Torá y, casi inmediatamente, volvemos a abrirla desde el comienzo. Para quien sigue su estudio diario o semanal puede surgir una pregunta muy sencilla: ¿cuántas veces podemos leer el mismo libro? Una persona de cuarenta o cincuenta años quizás ya haya escuchado las mismas perashot decenas de veces. ¿Qué podemos encontrar este año que no hayamos encontrado antes?

La respuesta es que quizás la Torá sea la misma, pero nosotros no somos los mismos. Estamos parados en otro lugar de nuestra vida. Tenemos nuevas experiencias, desafíos, alegrías y preocupaciones. Por eso, una misma frase que hace algunos años podía pasar desapercibida, hoy puede hablarnos directamente. Una palabra, un comentario o una historia que conocemos desde niños puede adquirir repentinamente un significado completamente diferente.

La Torá no es simplemente un antiguo texto que estudiamos para conocer nuestro pasado. Es el mensaje de Hashem para cada uno de nosotros y se conecta con nuestra vida y con nuestra neshamá. El Alter Rebe enseñaba que debemos “vivir con el tiempo”, es decir, vivir cada semana con la perashá correspondiente. La Torá que leemos debe ayudarnos a interpretar aquello que estamos viviendo y acompañarnos en nuestras decisiones, nuestros desafíos y nuestro crecimiento.

Quizás por eso en Simjat Torá hacemos algo tan particular. Cerramos los rollos de la Torá y bailamos con ellos. En ese momento no estamos concentrados en comprender un versículo más, sino en expresar una conexión que está incluso más allá de nuestro intelecto. Abrazamos la Torá porque antes de ser solamente un libro que estudiamos, es parte de nuestra propia vida. Después de bailar con ella, volvemos a abrirla y comenzamos nuevamente, preparados para descubrir qué tiene para decirnos este año.

Quiero terminar con una invitación concreta: este Simjat Torá, cuando volvamos a comenzar la Torá desde Bereshit, comencemos también nosotros un nuevo ciclo de estudio. Los invito a sumarse a nuestras clases semanales de perashá, con las que ya hemos completado dos ciclos de estudio, o a seguir cada día la porción correspondiente que publicamos en nuestro sitio. No importa cuánto hayan estudiado hasta ahora ni cuántas veces hayan leído la misma perashá. Abramos nuevamente la Torá y descubramos qué tiene Hashem para decirnos hoy. Hagamos que este año la Torá no sea solamente algo que leemos, sino algo con lo que vivimos.

Jag Sameaj,
Rabino Eli Levy

La sexta dimensión

Por Nejama Dina Hecht

Me salieron al paso en una esquina cuando estaba por ir a tomar mi café de la tarde. Eran dos muchachos. Vestían trajes de estilo clásico, aunque arrugados, y para protegerse del sol llevaban sombreros grandes y negros.

Me pidieron que encendiera una vela.

Pero no se trataba de una vela cualquiera, me pidieron que encendiera una vela para D-os. Para cambiar el mundo. Para lograr la perfección. Y me pregunté si también me iban a decir que era la llave a la riqueza.

Me negué.

Toda la vida estuve tras la búsqueda del sentido de la vida.

Sabía que el dinero no era la llave. Hasta los avisos publicitarios coincidían en este punto.

Necesitaba algo más. Realización. Profesión. Autoestima. Un grupo de amigos. Participar en lograr el cambio en la vida de alguien. Y, aunque ya había alcanzado todas estas metas, no era suficiente.

Ese día supe que necesitaba más aún. Estaba preparada para trabajar más para la comunidad, salir a buscar un empleo que me planteara más desafíos. Pero no estaba buscando a D-os.

No necesito que D-os sea parte de mi vida. Vivo en este mundo, no en un nirvana. No necesito rituales, ni tampoco el comportamiento repetitivo del culto para darle color a mi vida. Y, ciertamente, no me hacía falta una sencilla vela blanca para reemplazar mi vela con aroma a lavanda.

Necesitaba encontrar el sentido de la vida.

No acepté encender la vela. Para D-os. Para alcanzar la paz en el mundo. Para lograr la unidad.

Unas semanas más tarde volvieron a salirme al encuentro.

En esta oportunidad llevaban unas ramas y frutos. Me pidieron que agitara las ramas en el aire, que las sacudiera en todas las direcciones.

¡Qué manera ridícula de no querer ver la realidad!

Me negué.

Pero, al día siguiente, dije que sí.

Y pensé ¿en qué me puede perjudicar algo que viene de una pequeña cultura extranjera? De modo que sacudí los frutos. Y no hubo fuegos artificiales, ni apariciones de D-os, ni el fulgor de la realización. Tal como lo esperaba.

Pero esa misma noche, poco más tarde, sentí que había sucedido algo diferente. Nada importante, nada que pudiera identificar con exactitud. Solamente un ligero sentimiento de bienestar.

De modo que, al día siguiente, volví a sacudir la rama. Repetí las extrañas sílabas y agité los frutos. Pero no por la paz del mundo. Solo para volver a captar ese fugaz sentimiento.

Ahora, enciendo velas todos los viernes de noche. Ya no le agrego leche a mi ‘Pollo a la King’. Leo diariamente las palabras de alabanza contenidas en un pequeño libro. A D-os.

¿Qué fue lo que cambió?

Curiosamente, las cosas que hago no han cambiado. Sigo teniendo mi profesión. Sigo teniendo amigos. Sigo trabajando como voluntaria en el refugio para mujeres. Pero hay algo más.

Nada ha cambiado. Nada ha cambiado en mi mundo de cinco dimensiones.

Pero descubrí una sexta dimensión que, hasta ahora, nunca había conocido.

Si me lo hubieran contado no lo habría creído. De haberlo leído, tampoco nada habría cambiado.

El sonido solamente puede ser comprendido en el contexto de otros sonidos.

Fue recién en el momento en que pude agitar la rama, que logré llegar a tener una referencia con respecto a esa dimensión. Y fue solo cuando empecé a hacer más, que realmente pude sentir su presencia.

Esos muchachos hubieran podido hablar y seguir hablando hasta hartarme pero, para mí, no habría tenido ningún significado. Tenía que hacerlo por mí misma.

Ahora sé por qué me salieron al paso.

 

¡¡¡JAG SAMEAJ!!!

 
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