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| jueves julio 30, 2026

Esta vez, hay que terminar el trabajo. Ilan Eichner. Porisrael.org

Mtro. Ilan Eichner W. para Porisrael.org


Mochtaba Jamenai. Foto oficial

El conflicto con Irán expone una debilidad persistente de la política occidental. Cuando disminuyen los ataques, se estabilizan los mercados y las cancillerías recuperan el lenguaje de la negociación, muchos gobiernos anuncian que la prudencia ha prevalecido. Teherán interpreta la misma escena como una oportunidad operativa. Cada pausa entrega a la dictadura teocrática el recurso que mejor sabe utilizar: tiempo para reparar instalaciones, ocultar arsenales, reorganizar mandos y preparar el siguiente ciclo de agresión.

Occidente mide el éxito en días sin misiles, rutas marítimas abiertas y precios energéticos contenidos. La República Islámica mide su supervivencia en décadas. Esa diferencia temporal permite que una tregua se convierta en victoria iraní después de graves pérdidas militares. El régimen del ayatola absorbe sanciones, reemplaza comandantes, sacrifica a sus subordinados y espera que la impaciencia democrática de Washington termine imponiéndose, du paciencia estratégica se alimenta del alivio occidental. Los terroristas son astutos, juegan bajo las reglas propias de la democracia.

Los reportes conocidos el 29 de julio de 2026 muestran la velocidad de esa adaptación. Reuters informó que Irán esperaba recibir un primer envío de hasta cuatrocientos sistemas portátiles chinos de defensa antiaérea. Tres fuentes anónimas describieron un acuerdo valorado entre sesenta y setenta millones de dólares. China negó la información y Pakistán rechazó cualquier participación en el traslado. La entrega seguía pendiente y sus detalles podían cambiar. La operación encaja con las necesidades del aparato militar iraní. Estos sistemas pueden dispersarse, ocultarse y proteger instalaciones sensibles frente a aeronaves, helicópteros y drones. Una pausa sin vigilancia estricta sobre proveedores, intermediarios y corredores terrestres permite que la ventaja obtenida en combate se desgaste durante la negociación.

La metáfora de la cabeza del pulpo conserva plena vigencia. Teherán dirige una red de milicias radicales, organizaciones terroristas y fuerzas subsidiarias que extienden su violencia por toda la región.

El grupo radical islámico Hezbolá, los terroristas hutíes y distintas milicias iraquíes cumplen funciones locales dentro de una arquitectura regional financiada, armada y orientada por el régimen iraní. Los defensores del mundo libre olvidan que cada depósito destruido puede reconstruirse y que cada comandante eliminado puede sustituirse. Empero, la estructura estatal que produce extremismo conserva capacidad de regeneración mientras permanezcan intactos sus ingresos, sus rutas clandestinas y su élite revolucionaria. Es momento de terminar el trabajo de una vez por todas.

Al inicio de la campaña, exactamente en el mes de marzo, Netanyahu declaró que su gobierno estaba debilitando al régimen con la esperanza de conceder al pueblo iraní la oportunidad de derrocarlo. El primer ministro también sostuvo que Israel buscaba crear condiciones favorables para una caída impulsada desde dentro. Esa postura reconocía el papel indispensable de la subyugada sociedad iraní y asignaba a la presión exterior una función catalizadora. Las operaciones israelíes buscaban golpear capacidades militares y debilitar órganos represivos vinculados con la supervivencia de la teocracia.

En la conversación pública, Washington adoptó objetivos más estrechos, sorprendentemente más moderados. La Casa Blanca definió la Operación “Epic Fury” alrededor de la destrucción de misiles, capacidad industrial militar, fuerzas navales, apoyo a grupos terroristas y vías hacia un arma nuclear. El vicepresidente Vance describió cualquier transformación del régimen como un resultado incidental. Estados Unidos utilizó la vulnerabilidad política de Teherán como instrumento de presión y preservó espacio para un acuerdo con la misma dirigencia. Esa decisión, más económica que bélica, atacó el inventario de amenazas y dejó con vida a la institución que las reproduce. Exactamente en lo descrito reside el gran error occidental, orgullosamente encabezado por el tío Sam.

Póngase de manifiesto que misiles, radares y fábricas pueden destruirse. Un régimen islamista radical, sostenido por petróleo, contrabando, aliados extremistas y cuerpos de seguridad, conserva capacidad para reemplazarlos. La confrontación con Israel, la única democracia en la región, Estados Unidos y el orden liberal pertenece a su identidad fundacional. Es hora de enfrentar que la diplomacia funciona sólo si modifica conductas verificables y altera incentivos materiales. Una negociación que preserva la maquinaria de reconstrucción aplaza el conflicto y fortalece al agresor paciente.

Dígase de paso que el cambio de régimen debe permanecer como horizonte político, estratégico y moral impulsado por los propios iraníes. Israel puede actuar como catalizador mediante inteligencia, presión militar selectiva, capacidades cibernéticas y apoyo a comunicaciones seguras. Estados Unidos posee los recursos para encabezar el esfuerzo económico, diplomático y militar. La oposición iraní necesita organización, protección y una arquitectura de transición capaz de preservar servicios públicos, custodiar instalaciones sensibles y reducir el riesgo de fragmentación violenta.

Ante todo ello, la dimensión moral resulta imposible de ignorar. Los mecanismos de Naciones Unidas recibieron en mayo de 2026 denuncias sobre arrestos arbitrarios generalizados, desapariciones forzadas, tortura, tratos crueles y condenas basadas en confesiones obtenidas bajo coacción. No es de sorprenderse el silencio selectivo del Organismo internacional.

La estabilidad que protege al aparato estatal iraní descarga su costo sobre millones de iraníes sometidos a una teocracia brutal y el riesgo de caos merece atención seria. Irán reúne centros de poder armados, minorías, provincias e intereses económicos diversos. Una caída desordenada podría generar disputas internas y pérdida de control sobre arsenales.

La continuidad del régimen ya produce caos y lo exporta deliberadamente mediante terroristas y milicias en Líbano, Siria, Irak, Yemen, Gaza y las rutas marítimas. Una transición responsable requiere preparación institucional, protección de minorías, continuidad administrativa, custodia de materiales sensibles y mecanismos de justicia para los responsables de atrocidades.

La tregua aceptable debe bloquear el rearme, objetivo que exige inspecciones intrusivas, vigilancia de suministros, restricciones sobre componentes de doble uso y consecuencias automáticas ante cada incumplimiento. La suspensión de ataques debe depender de avances comprobables. El silencio merece celebrarse cuando refleje una transformación duradera. Una pausa concedida a un régimen fanático y experto en el engaño estratégico prepara la siguiente confrontación.

Las conversaciones entre Trump y Netanyahu del 28 de julio mantuvieron abiertas las vías diplomática, económica y militar. Esa amplitud de opciones confirma que la disputa estratégica continúa. Occidente todavía puede corregir su rumbo y asumir que la caída de la teocracia iraní representa una oportunidad para la seguridad regional y para la libertad de su población. Teherán aprende de cada ataque, corrige sus vulnerabilidades y explota cada titubeo, se requiere mano dura, se requiere terminar el trabajo de una vez por todas. Mientras la cabeza del pulpo conserve recursos, fanatismo y tiempo, cada celebración occidental seguirá financiando la próxima guerra.

 

 
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