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| domingo octubre 18, 2026

Ana Jerozolimski. Israel va a elecciones claves para su presente y futuro


Nota de opinión

En un país como Israel, que siempre tiene que lidiar con amenazas y serios desafíos que se suman a los normales de todos los países del mundo, siempre que se va a las urnas la sensación es de días claves y decisivos. Pero probablemente nunca en los 77 años de historia del joven Estado judío se haya vivido un momento así, una sensación de urgencia para determinar cómo se sigue adelante. Y para comprenderlo, estimamos que basta con recordar que las que se llevarán a cabo el 27 de octubre son las primeras elecciones desde la masacre del 7 de octubre.

No solo por el terrible y cruento saldo de aquel día —el más oscuro no solo de Israel desde su fundación, sino del pueblo judío desde la Shoá: 1200 muertos, miles de heridos, 251 secuestrados de los que solo 166 volvieron con vida y un trauma indeleble—, a lo cual se agregó casi otro millar de caídos en los distintos frentes de guerra desatados por la masacre.

El recuerdo de todos ellos no se borrará. Pero lo urgente es entender qué pasó y garantizar que el destino de Israel sea regido por quien sea digno de liderar a un pueblo que tanto ha sufrido y que tanto quiere apostar por seguir adelante.

Casi está de más decir que quienes apoyan al actual primer ministro Netanyahu —entre los que hay también quienes critican algunas de sus decisiones previas al 7 de octubre— consideran que nadie tiene más experiencia que él y nadie es mejor que él para luchar por Israel.

Frente a este campo está el bloque del cambio, que considera urgente terminar con los años de Netanyahu en el poder. Y no solo por el 7 de octubre.

El 7 de octubre tiene que marcar un antes y un después en la vida política de Israel. Es inconcebible que aún no se haya formado una comisión de investigación, lo cual es responsabilidad del gobierno. Y lo más preocupante que se desprende de la discusión al respecto es ver que el propio primer ministro no solo no se ha hecho responsable —la responsabilidad es inherente al cargo; la culpa es otra cosa—, sino que se ha encargado de ensuciar a todos los jefes de seguridad a su alrededor, alegando que sabían lo que iba a pasar y no lo despertaron.

Especialmente significativo es escuchar a gente que trabajó con él y dice: «Netanyahu cambió, el bienestar del Estado no es hoy su prioridad y lo que más le importa es su futuro político». Gente de derecha, varios de ellos judíos religiosos, con kipá en la cabeza, que dicen directamente: «Netanyahu miente». El caso más reciente es el ex jefe del Shin Bet, el Servicio de Seguridad, Yoram Cohen, en una entrevista con esas mismas palabras hace pocos días.

Sabrán los lectores que me siguen que no nos identificamos políticamente con Netanyahu, lo cual tampoco significa comulgar con lecturas que lo demonizan. Pero criticar la línea que ha seguido en los últimos años en diversos aspectos no es cuestión de campos políticos. Exigir que se investigue la verdad, que se asuma la responsabilidad por lo que sucede y que no se ensucie a quienes lo critican como si fueran enemigos del Estado, cruza líneas partidarias. Querer un gobierno que termine con la situación en la que un sector de la población no se enrola pero recibe beneficios aunque no aporta a la defensa nacional —lo cual equivale a seguir una línea no sionista— no es cuestión de derecha, centro o izquierda, sino de amor a Israel.

Eso es lo único que debe guiar a la ciudadanía al ir este 27 de octubre a votar.

 
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