Una aproximación a la política israelí con humor, ironía y alguna que otra sospecha metafísica.
¡Señoras y señores! ¡Ciudadanos de Israel! ¡Compatriotas de la coalición, de la oposición y de esa enorme categoría política que es la gente que todavía no sabe con quién está!
Hoy vamos a hablar de Benjamin Netanyahu. Bibi para los amigos, para los adversarios y para los que todavía están esperando que termine una conferencia de prensa.
Porque uno observa la política israelí y empieza a sospechar que, en algún momento de la historia, Perón se perdió en el aeropuerto Ben Gurion, tomó un taxi equivocado y terminó fundando una sucursal del peronismo en Jerusalén.
¡Y no es una comparación ideológica! ¡Por favor! No confundamos el kibutz con la unidad básica, ni el Likud con la CGT. Aunque, pensándolo bien, en ambos lugares hay discusiones internas, dirigentes que quieren conservar sus cargos y una cantidad extraordinaria de gente que sabe perfectamente cómo debe gobernarse el país… siempre que gobierne otro.
Bibi tiene algunas características que recuerdan al viejo general argentino.
Primero, el liderazgo personalista. En el universo político de Netanyahu hay ministros, diputados, dirigentes, asesores y hasta partidos aliados. Pero todos saben que existe una figura central. El resto participa, opina, protesta y, ocasionalmente, amenaza con irse.
¡Pero irse de verdad, jamás! Porque una cosa es romper con Bibi y otra muy distinta es descubrir que, sin Bibi, uno tiene que buscar trabajo.
Segundo, la capacidad de transformar cada crisis en una nueva temporada de una serie política interminable.
Hay elecciones, hay coaliciones, hay rupturas, hay reconciliaciones, hay declaraciones solemnes y hay diputados que anuncian que esta vez sí, definitivamente, ahora sí, se terminó la relación.
A las cuarenta y ocho horas vuelven a reunirse.
¡Eso no es política! ¡Eso es un matrimonio con representación parlamentaria!
Y después está el famoso movimiento de supervivencia.
En Argentina se decía que el peronismo podía ser oficialismo, oposición, revolución, resistencia o simplemente una forma de explicar cualquier resultado electoral.
En Israel, el Likud tiene una historia ideológica propia, pero bajo Netanyahu la política partidaria ha adquirido una dimensión muy personal. Su figura ocupa un lugar central en la identidad de una parte importante de sus votantes.
Y aquí aparece otra semejanza interesante: la relación entre el dirigente y su base electoral.
Porque mientras algunos medios anuncian el final político de Netanyahu, sus seguidores parecen responder: «¿El final? ¿De qué final me hablan? ¡Si todavía no empezó el próximo capítulo!».
Los adversarios lo cuestionan, los comentaristas lo analizan, los encuestadores lo entierran y los analistas políticos preparan el obituario.
Pero Bibi sigue ahí.
¡Hay encuestadores que ya deben estar preguntándose si no será más fácil encuestar a Netanyahu que a los ciudadanos!
Naturalmente, existen diferencias importantes. Perón construyó un movimiento de masas con una doctrina política, una estructura sindical y una relación histórica con los trabajadores. Netanyahu representa una tradición política distinta, vinculada al nacionalismo liberal y al revisionismo sionista del Likud.
No son lo mismo. Pero algunos mecanismos de construcción y conservación del poder permiten establecer comparaciones interesantes.
Y hay una cuestión que merece atención: ¿hasta dónde llega el Likud como partido y dónde comienza Netanyahu como fenómeno político?
Porque cuando un partido depende demasiado de una figura, el día que esa figura desaparece del escenario, aparece una pregunta incómoda: ¿Qué queda de la organización?
¡Y ahí empiezan los problemas!
Los herederos políticos descubren que no necesariamente heredaron los votos. Los ministros descubren que tienen opiniones propias. Los diputados descubren que pueden pensar sin consultar. Y los dirigentes que durante años acompañaron al conductor empiezan a descubrir que también tienen ambiciones.
¡Milagro democrático! ¡De pronto todos quieren conducir!
Mientras tanto, Israel sigue teniendo problemas reales: seguridad, economía, costo de vida, relaciones internacionales, cohesión social y las consecuencias de una guerra que ha dejado profundas heridas.
Pero la política tiene esa extraordinaria capacidad de convertir los problemas nacionales en una discusión sobre quién se sienta en la cabecera de la mesa.
Y así llegamos al punto central de esta comparación.
¿Es Netanyahu un peronista perdido en Israel?
No necesariamente por lo que piensa, sino por algunos rasgos de su forma de ejercer el liderazgo: personalismo, fidelidad política, construcción de un relato propio, supervivencia y una relación directa con una base electoral que no siempre coincide con lo que dicen los estudios de opinión.
En definitiva, quizás Bibi no sea peronista. Pero si alguna vez se encuentra con un dirigente argentino de esa tradición, probablemente tengan mucho de qué conversar.
Eso sí: que no les den una mesa demasiado grande, porque entre los dos pueden terminar formando una coalición, repartiendo ministerios y convocando elecciones antes del postre.
*Y EL REMATE FINAL:*
¡Señores, esto es Israel! ¡La tierra de los milagros, de los profetas, de los acuerdos imposibles y de las coaliciones que duran menos que una promesa electoral!
Aquí Moisés tardó cuarenta años en encontrar la Tierra Prometida, pero algunos dirigentes llevan décadas buscando la manera de abandonar el gobierno.
¡Y Bibi, mientras tanto, sigue esperando que alguien le explique dónde está escrito que el poder tiene fecha de vencimiento!
Porque si Perón hubiera nacido en Israel, probablemente habría terminado en el Likud.
Y si Netanyahu hubiera nacido en Argentina, a esta altura ya tendría una unidad básica, tres corrientes internas, dos vicepresidentes enfrentados y un acto multitudinario para anunciar que nunca se irá.
¡Porque, al fin y al cabo, hay dirigentes que quieren gobernar un país y otros que terminan convencidos de que el país es una parte de su biografía!
¡Buenas noches, Israel! ¡Y que Dios reparta suerte, porque los políticos ya se repartieron los ministerios!
Pedro Kofmansky
Porisrael.org




















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