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| miércoles noviembre 4, 2026

Rubén Kaplan-Elecciones en Estados Unidos: el avance de los adversarios de Israel

Rubén Kaplan para Porisrael.org


Las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre confirmaron los pronósticos y dejaron una victoria contundente del Partido Demócrata, que recuperó el control de ambas cámaras del Congreso: el Senado y la Cámara de Representantes. La derrota republicana representa un serio revés para Donald Trump y condicionará los dos últimos años de su mandato. Pero, más allá de la disputa partidaria, hay un fenómeno que merece especial atención: el avance de candidatos que hicieron de su oposición a Israel una bandera electoral.

Uno de los casos más significativos es el de Abdul El-Sayed, vencedor en Michigan y primer musulmán elegido para integrar el Senado estadounidense. Durante su campaña prometió terminar con la asistencia militar a Israel, calificó de genocidio las operaciones israelíes en Gaza y cuestionó la naturaleza judía del Estado israelí. Su triunfo contó con el respaldo público de Barack Obama, quien participó junto a él en un acto electoral en Detroit.

La intervención de Obama no es un dato menor. Como señalé en un artículo anterior, su relación con Israel fue adquiriendo un carácter cada vez más conflictivo. La abstención estadounidense que permitió aprobar la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU, en diciembre de 2016, y sus posteriores declaraciones sobre el conflicto israelí-palestino, incluida su reciente aparición en Belfast, forman parte de una trayectoria que merece ser considerada. Barack Obama proviene de una familia con profundas raíces musulmanas por línea paterna, aunque él declaró haber abrazado el cristianismo en su adultez. Su respaldo a El-Sayed representa ahora una señal de continuidad política.

El triunfo de Michigan tampoco constituye un hecho aislado. Zohran Mamdani, primer alcalde musulmán de Nueva York, y otros dirigentes de la izquierda progresista han contribuido a dar visibilidad a un sector político que cuestiona abiertamente la alianza tradicional entre Washington y Jerusalén. Varios candidatos vinculados a Democratic Socialists of America consiguieron también bancas legislativas con plataformas que incluían el rechazo a la ayuda militar estadounidense a Israel y la calificación de genocidio para las operaciones en Gaza.

Las elecciones de Mamdani y El-Sayed para ocupar cargos de enorme relevancia reflejan, además, una creciente presencia de dirigentes musulmanes en la vida política estadounidense. Su identidad religiosa no determina por sí misma sus posiciones políticas, pero en estos casos resulta pertinente examinar sus declaraciones, sus alianzas y sus propuestas respecto de Israel y de la política exterior de Estados Unidos.

El discurso propalestino fue, además, un componente destacado de varias de esas campañas.

Un aspecto particularmente llamativo es el respaldo que El-Sayed recibió de sectores judíos, pese a sus declaraciones sobre Israel. Una encuesta de votantes judíos que sufragaron anticipadamente en Michigan le atribuyó el 60 % de ese electorado consultado. El sondeo, realizado sobre 482 personas, no representa necesariamente a toda la comunidad judía, pero revela una división significativa. Las motivaciones pueden incluir la identificación partidaria, las propuestas económicas, el rechazo a Trump o las diferencias con la política del gobierno israelí. Lo cierto es que ese apoyo existió y merece ser examinado.

La campaña de El-Sayed también tuvo una dimensión religiosa. Según registros audiovisuales recopilados por MEMRI, realizó actividades proselitistas en mezquitas de Dearborn donde anteriormente se habían celebrado homenajes al líder iraní Alí Jamenei, al general Qasem Soleimani y al dirigente de Hezbolá Hasán Nasrala. En esos ámbitos se registraron discursos de referentes religiosos con acusaciones conspirativas contra Israel, Estados Unidos y el lobby judío, además de prédicas que exaltaban la yihad y el martirio. El imán Mohammad Mardini, por ejemplo, pronunció un sermón con referencias a la yihad y al martirio por Alá. Un predicador llegó a presentar el voto por El-Sayed como una obligación religiosa para los musulmanes. Estas expresiones no deben atribuirse al candidato, pero sí permiten observar el papel que determinados referentes religiosos desempeñaron en la movilización electoral en su favor.

La convergencia entre sectores progresistas radicalizados, activistas propalestinos y determinadas expresiones del islamismo político constituye otra cuestión que merece atención. No corresponde confundir a los musulmanes estadounidenses con el islamismo radical ni presentar como una alianza organizada lo que debe demostrarse mediante vínculos y acciones concretas. Sin embargo, las coincidencias discursivas y políticas en determinados ámbitos son suficientemente relevantes como para no desatenderlas.

La repercusión de la victoria demócrata también se hizo sentir en Europa. Dirigentes como el presidente español Pedro Sánchez y referentes socialistas del Parlamento Europeo celebraron abiertamente el resultado, interpretándolo como un revés para Trump y sus políticas. Las expresiones de satisfacción reflejan la profunda confrontación ideológica que existe entre el progresismo europeo y el mandatario estadounidense. No toda Europa reaccionó del mismo modo, pero la algarabía de determinados sectores políticos fue significativa.

Trump, por su parte, suele ser juzgado por su estilo personal, sus declaraciones extravagantes y sus contradicciones. Durante la campaña de Michigan también dirigió duras críticas contra los votantes judíos que respaldaran a El-Sayed. En un acto electoral en Port Huron, afirmó: «Cualquier judío que apoye a este hombre debería avergonzarse de sí mismo», y agregó: «No deberían volver a hablarles». Lo más relevante de la postura del presidente estadounidense es su identificación del régimen iraní como una amenaza para Israel y para Occidente, lo que constituye un elemento central de su visión estratégica. Esa dimensión no debería quedar oculta detrás de las controversias que genera su personalidad. La relación con Israel, no obstante, atraviesa una etapa de reconfiguración. Trump anunció que, de acuerdo con un entendimiento alcanzado meses atrás con Netanyahu, Estados Unidos pondría fin a la asistencia militar anual, una posibilidad que el propio gobierno israelí venía planteando como parte de una transición hacia una relación de mayor autonomía financiera y cooperación estratégica.

El resultado electoral plantea una preocupación que excede el presente. La recuperación demócrata de ambas cámaras, sumada al crecimiento de dirigentes que cuestionan la alianza estratégica con Israel, constituye una señal que Jerusalén no puede desatender. Si esta tendencia se consolida y se proyecta hacia las elecciones presidenciales de 2028, un eventual triunfo demócrata podría desembocar en una administración mucho menos dispuesta a respaldar los intereses estratégicos y de seguridad del Estado judío.

 
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