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| viernes noviembre 6, 2026

Es La Supervivencia, Estúpido …Rubén Kaplan. Porisrael.org

Rubén Kaplan para Porisrael.org


Las recientes elecciones de medio término en Estados Unidos dejaron en segundo plano una cuestión de importancia trascendental: la amenaza nuclear iraní, el futuro de Israel y una civilización occidental que parece haber olvidado las lecciones de su historia.

 

La célebre frase «It’s the economy, stupid», atribuida a James Carville, estratega de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, sintetizaba una consigna electoral: por encima de cualquier otra consideración, la economía era lo que preocupaba al ciudadano estadounidense. Hoy, aquella expresión admite una reformulación ante una amenaza de naturaleza mucho más trascendente: «Es la supervivencia, estúpido».

 

La guerra contra Irán, sus consecuencias económicas y el revés electoral republicano del 3 de noviembre de 2026 reabrieron una discusión que excede las disputas partidarias. La cuestión central no es cuánto cuesta una guerra, el aumento del precio de los combustibles o qué consecuencias electorales puede tener una intervención militar. Lo que está en juego es impedir que un régimen que ha proclamado reiteradamente su hostilidad hacia Israel alcance la capacidad de fabricar armas nucleares.

 

Donald Trump, con una visión encomiable que pocos poseen, reconoció el costo político de la guerra, pero sostuvo que volvería a actuar de la misma manera. Su argumento es que Estados Unidos no puede permitir que Irán consiga un arma nuclear. La inflación, el encarecimiento de los combustibles y el costo de vida contribuyeron al malestar electoral, pero el presidente considera que impedir la nuclearización iraní constituye una prioridad estratégica que está por encima de esas consecuencias.

 

La derrota republicana no puede atribuirse exclusivamente a la guerra. Sin embargo, el vicepresidente J. D. Vance aprovechó el resultado para señalar el descontento de los votantes con el conflicto y plantear la necesidad de revisar la relación con Israel. Considerado un posible aspirante presidencial para 2028, su posición merece atención. No ha defendido que Irán obtenga armas nucleares; también ha exigido restricciones sustanciales a su capacidad de enriquecimiento. La diferencia con Trump reside en la estrategia y en la disposición a asumir los costos de impedir que Teherán alcance su objetivo.

 

Su planteo puede interpretarse como un intento de capitalizar el descontento de sectores del electorado republicano que cuestionan la guerra y el compromiso estadounidense con Israel. Si esa orientación se profundizara, una alianza estratégica de décadas podría quedar subordinada a las conveniencias de una futura candidatura presidencial.

 

Marco Rubio representa un perfil diferente. El secretario de Estado respaldó la estrategia militar de Trump frente a Irán y ha manifestado escepticismo ante la posibilidad de un acuerdo que no garantice resultados concretos. Su posición contrasta con la mayor inclinación negociadora de Vance, aunque no implica un rechazo absoluto a la diplomacia. Hijo de inmigrantes cubanos, nacido en Miami, Rubio también podría tener un atractivo electoral entre determinados sectores hispanos, aunque su origen no garantiza automáticamente el respaldo de esa comunidad. Su nombre aparece, asimismo, entre las figuras republicanas con proyección hacia 2028.

 

La diferencia entre Vance y Rubio refleja una discusión más profunda sobre el papel de Estados Unidos en el mundo, el compromiso con sus aliados y los límites de la negociación con regímenes que mantienen objetivos estratégicos incompatibles con la seguridad occidental.

 

A este panorama se suma el crecimiento de la representación musulmana en la política estadounidense. Abdul El-Sayed hizo historia al convertirse en el primer musulmán elegido para el Senado, en representación de Michigan. A él se suman figuras como Ilhan Omar y Rashida Tlaib, que mantienen su presencia en la Cámara de Representantes. En las elecciones de noviembre, el número de musulmanes elegidos para el Congreso llegó a siete: uno en el Senado y seis en la Cámara baja. Este avance constituye un dato político que merece atención, especialmente por la diversidad de posiciones que conviven dentro de esa representación y por la influencia que sus integrantes puedan ejercer en el debate sobre Medio Oriente y la política exterior estadounidense.

 

LA LECCIÓN DE COREA DEL NORTE

 

Quienes confían en que las negociaciones resolverán el problema nuclear iraní deberían estudiar la experiencia de Corea del Norte. Durante años, Pyongyang participó en conversaciones y firmó acuerdos destinados a limitar su programa nuclear. El Acuerdo Marco de 1994 terminó derrumbándose en 2002. En febrero de 2005, Corea del Norte anunció que había producido armas nucleares. Las posteriores negociaciones multilaterales tampoco consiguieron su desnuclearización.

 

La transformación de Corea del Norte en una potencia nuclear debe atribuirse exclusivamente a las dilatadas negociaciones. Hubo incumplimientos, crisis y problemas de verificación. Pero el resultado es indiscutible: los acuerdos y las conversaciones no impidieron que Pyongyang consiguiera el arma que buscaba. Mientras las grandes potencias confiaban en que la diplomacia permitiría contener sus ambiciones, el régimen norcoreano ganó tiempo para avanzar en su programa atómico.

 

Irán no es Corea del Norte y las circunstancias no son idénticas. Sin embargo, la advertencia histórica es válida: un acuerdo que permita a Teherán conservar capacidades que puedan conducirlo a la fabricación de un arma nuclear no resolvería necesariamente el problema. Podría limitarse a postergarlo y concederle tiempo.

 

El régimen iraní ha mantenido durante décadas una retórica hostil hacia Israel. Uno de los antecedentes más estremecedores se remonta al 14 de diciembre de 2001, cuando el entonces expresidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, durante un sermón de las oraciones del viernes en Teherán, afirmó que una sola bomba atómica lanzada sobre Israel podría borrarlo de la faz de la Tierra, mientras que los daños para el mundo islámico serían mucho menores.

 

No se trataba de un predicador marginal, sino de una de las figuras más influyentes de la República Islámica. Aquellas palabras no constituyeron una orden de ataque, pero revelaron hasta qué punto la posibilidad de emplear un arma nuclear contra Israel había sido planteada públicamente por un dirigente de primer nivel.

 

No se puede afirmar que Irán posea actualmente una bomba atómica. Pero lo que sí constituye una certeza es que, si llegara a tenerla, no vacilaría en utilizarla contra Israel. No se trata de una conjetura ni de una interpretación exagerada, sino de la conclusión que se desprende de décadas de amenazas de exterminio formuladas por sus propios dirigentes y referentes religiosos. Ignorar el riesgo sería una irresponsabilidad. Para Israel, la cuestión no es una discusión académica sobre el equilibrio regional: es una amenaza existencial. Ningún gobierno israelí podría considerar la supervivencia de su población y la continuidad del Estado como variables negociables.

 

Las manifestaciones más recientes confirman que el reclamo de dotar a Irán de armamento nuclear ha dejado de ser una posición marginal dentro del debate público del régimen. El 30 de octubre de 2026, Mohammad Javad Haj Ali Akbari, dirigente interino de las oraciones del viernes en Teherán, reclamó revisar la doctrina nuclear de la República Islámica y avanzar hacia la adquisición de armas atómicas, calificando esa exigencia como una demanda nacional. Dos días después, el parlamentario Ali Asghar Bagherzadeh sostuvo que había llegado el momento de modificar la doctrina nuclear y reclamó que Irán se retirara del Tratado de No Proliferación Nuclear. También el dirigente religioso Ali Sepahvand, desde la ciudad de Kuhdasht, reclamó abiertamente que el país se dotara de armas nucleares para enfrentar a Estados Unidos.

 

Estas declaraciones adquieren particular gravedad porque proceden de ámbitos políticos y religiosos vinculados al propio sistema de poder iraní. Aunque todavía no existe una decisión oficial de abandonar la doctrina nuclear anterior, el debate revela un desplazamiento preocupante: cada vez más voces influyentes consideran que la posesión de armas atómicas es necesaria para garantizar la supervivencia del régimen y enfrentar a sus adversarios.

 

Una confrontación de esa naturaleza difícilmente quedaría circunscrita a Medio Oriente. Estados Unidos, los países del Golfo y otras potencias podrían verse involucrados en una escalada de consecuencias imprevisibles. El estrecho de Ormuz, vital para el comercio energético internacional, demuestra cómo un conflicto regional puede afectar a economías de todo el planeta. Una guerra de grandes proporciones podría convertirse en una crisis internacional devastadora.

 

ISRAEL Y UNA ALIANZA OCCIDENTAL EN TRANSFORMACIÓN

 

La preocupación israelí no se limita a Irán. También alcanza al futuro respaldo de su principal aliado histórico. El avance de sectores demócratas críticos de Israel y la posibilidad de una modificación profunda de la política estadounidense introducen otro factor de incertidumbre.

 

El historiador y comentarista Victor Davis Hanson advirtió que, bajo un futuro gobierno demócrata, Israel podría llegar a ser considerado un enemigo de Estados Unidos. Se trata de una advertencia personal, no de una política oficial del Partido Demócrata. Pero resulta significativa por la magnitud del cambio que plantea: una relación que durante décadas constituyó uno de los pilares de la estrategia estadounidense podría transformarse radicalmente.

 

La discusión tampoco se limita a Washington. En Europa aparecen tensiones dentro de sectores de la izquierda que han establecido vínculos políticos con movimientos propalestinos radicalizados.

 

En Francia, las controversias alrededor de La France Insoumise, el movimiento de Jean-Luc Mélenchon, y las investigaciones parlamentarias sobre las relaciones entre dirigentes políticos y organizaciones vinculadas al islamismo pusieron de manifiesto una fractura dentro de la izquierda. No se ha demostrado una connivencia sistemática entre ese partido y organizaciones islamistas, pero las críticas de antiguos militantes y de otros dirigentes progresistas muestran que el problema ya no es una preocupación exclusiva de la derecha.

 

En Alemania, Elif Eralp, dirigente de Die Linke y elegida como candidata a gobernar Berlín, manifestó en comentarios internos publicados por Der Spiegel su temor por la seguridad propia y la de su familia ante determinados sectores radicales islamistas vinculados a su entorno político. El episodio puso de relieve las tensiones que genera la presencia de activistas radicalizados y sus posibles vínculos con organizaciones extremistas.

 

No corresponde identificar a todos los simpatizantes de la causa palestina con el terrorismo ni confundir el islam como religión con el islamismo como proyecto político. Pero tampoco es razonable ignorar los riesgos que entrañan las alianzas con grupos que justifican la violencia o mantienen vínculos con organizaciones terroristas.

 

La amenaza iraní no debería considerarse exclusivamente un problema de Israel. También interpela a Occidente, que parece no advertir suficientemente que el avance del islamismo político y sus eventuales convergencias con sectores radicalizados pueden afectar sus propias instituciones, libertades y seguridad.

 

EL «NUNCA MÁS» NO PUEDE LLEGAR TARDE

 

Hay una cuestión que trasciende las diferencias partidarias, las estrategias militares y los cálculos electorales: la memoria de la Shoá y el compromiso que la humanidad proclamó después de aquel exterminio.

 

«Nunca más» fueron las palabras que debían expresar una obligación moral universal. Sin embargo, el resurgimiento del antisemitismo, la demonización de Israel y las amenazas de destrucción contra el Estado judío revelan hasta qué punto aquel compromiso se debilitó.

 

No hay que esperar la compasión del mundo después de una nueva tragedia judía. Ni volver a escuchar las condenas tardías, las expresiones de pesar ni las promesas de que semejante horror jamás volverá a repetirse. La Shoá despertó una conmoción internacional que, con el paso del tiempo, demostró ser mucho menos duradera que lo que la humanidad había prometido.

 

Hoy, las amenazas contra Israel se pronuncian abiertamente, el antisemitismo vuelve a manifestarse en numerosos países y algunos gobiernos adoptan políticas que contribuyen a aislar o debilitar al Estado judío. No se puede afirmar que todos persigan deliberadamente su destrucción, pero sus decisiones deben ser examinadas también por sus consecuencias.

 

Si Israel sufriera una agresión que pusiera fin a su existencia, el mundo podría asistir nuevamente a una sucesión de condenas, declaraciones de solidaridad y expresiones de dolor. Pero esas lágrimas tardías no devolverían la vida a las víctimas ni reconstruirían un Estado destruido. Sería una catástrofe de dimensiones históricas, con consecuencias irreversibles para el pueblo judío y para el mundo entero.

 

El «Nunca más» no debería ser una consigna reservada a los actos conmemorativos ni una expresión de arrepentimiento pronunciada después de una tragedia. Debe ser un principio activo, aplicado cuando todavía es posible impedir lo irreparable.

 

Israel no puede esperar que el mundo comprenda la magnitud del peligro cuando ya sea demasiado tarde. El pueblo judío conoce demasiado bien el precio de la indiferencia internacional. Y Occidente debería comprender que una amenaza que hoy se concentra sobre Israel no necesariamente terminará en sus fronteras.

 

La economía importa, al igual que el precio de la nafta. Las consecuencias electorales de una guerra también son gravitantes. Pero ninguna de esas variables puede convertirse en una excusa para ignorar una amenaza existencial. La seguridad de Israel no debería depender de las conveniencias de una campaña presidencial estadounidense ni de la buena voluntad de gobiernos extranjeros.

 

Porque, cuando lo que está en juego es la existencia de un Estado y la vida de millones de personas, la discusión deja de ser exclusivamente económica, diplomática o electoral.

 

Es la supervivencia, estúpido.

 

Rubén Kaplan

Periodista y escritor, colaborador de Porisrael.org desde 2005

Porisrael.org

 
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