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| martes septiembre 27, 2022

Los Leones de Meguido


Mario Satz

Porisrael.org
meguido

A unos treinta y cinco kilómetros al oeste del río Jordán, en la llanura de Yizrael, donde antaño se cruzaban las grandes vías hacia Egipto y la Mesopotamia, están todavía las ruinas e Meguido, de pie entre arbustos y amapolas color sangre seca. El lugar no sería más que uno entre los cientos de mojones arqueológicos del Cercano Oriente si no fuese porque de él surgió el mito de Harmaguedón, según menciona el Apocalipsis 16:16. Tres espíritus diabólicos se reúnen o reunirán allí para planear la última de las batallas, la del mal absoluto contra el bien absoluto. Desde esa mención y durante un lapso de casi dos mil años, cada vez que hay guerra en la zona sale a relucir el nombre de Harmaguedón, que literalmente quiere decir ´´colina o montaña de Meguido.´´ Su sola mención hace pensar en catástrofes inminentes.

            La verdad es que durante el período de los grandes reyes hebreos, Salomón tuvo allí una fortificación y también caballerizas. En un estilo que podemos llamar bastante realista, mandó el rey sabio a construir un pórtico vigilado por leones de piedra, como era usual en el área y como prueban ciertos templos egipcios y los restos de Persépolis. Los leones-cuenta Portal en su bello libro sobre los jeroglíficos egipcios-, se emplazaban en las altas columnas porque existe la leyenda de que duermen con los ojos abiertos y son, por lo tanto,  excelentes vigilantes. Ahuyentadores de ladrones y merodeadores  nocturnos. Cuando murió allí el rey Yosías, aproximadamente en el seiscientos ocho antes de Jesús, los leones todavía estaban en el pórtico con sus párpados comidos por la lluvia y el viento, pero aún así tensos sobre sus ojos duros. La cruel pátina de la historia, la demencia de los siglos, los polvos del olvido, los hierbajos del abandono y la sequedad de los pozos acabaron por relegar a Meguido al mero signo de las crónicas marginales. Eso sí: quedó Harmaguedón como un latido de muerte al acecho, escondido, pulsión y hálito de guerra final.

            De pronto, en la década del sesenta del siglo XX, hete aquí que el brillante arqueólogo israelí Ygal Yadin, el explorador de Masada, militar y erudito, se pone a revolver piedras y, munido de anales, documentos y mapas de excavaciones anteriores, advierte a sus obreros árabes de la existencia de los leones de piedra del pórtico. Su deseo es que no los estropeen con los picos ni las palas. El de los obreros, acabar el trabajo lo antes posible porque el sol de justicia del verano arrecia y los espejismos son muchos. Arqueólogo y trabajadores se despiden hasta dos días después. Yadin es requerido en carácter urgente por algún ministerio y abandona Meguido.

            Los obreros, entretanto, y  después de una pausa para comer sus olivas y su yogurt, vuelven a la excavación tratando de olvidar  la amarga verdad: Israel ha regresado a su antiguo solar y los árabes no saben cómo tragarse ese sapo. Deben esmerarse para ganar su escaso dinero y todavía quieren hacerles creer que hay leones enterrados. Han discutido, entre ellos, sobre la Palestina de antes de la guerra-una de las tantas-, y la Palestina de después; han hablado acerca del inútil pasado y  el sombrío presente. La arqueología no es un metier  musulmán, del mismo modo que el perro no es su animal favorito. Entonces, entre palada y palada, aparecen los leones anunciados por Yadin. Pavor, pavor y miedo. Los obreros arrojan las herramientas y huyen a toda velocidad con un grito a flor de labios: ¡Yadin es un brujo, un mago! Puso, con su palabra de profesor, los leones bajo tierra. Los judíos son peligrosos e imprevisibles. ¿Cómo dudar de sus sueños,  de sus ideas, de sus intenciones, si incluso son capaces de  detectar lo que la buena tierra oculta?  Enterado de lo ocurrido a su regreso, Yadin intenta convencer a los trabajadores de que los leones ya estaban allí, que no fue él quien los enterró; que los libros conservan la memoria del pórtico y que él no hizo sino seguir sus indicaciones. Pero, poderoso aún, el rugido de Harmaguedón resuena en los oídos de los ayudantes de campo del arqueólogo, que de ningún modo se toman en broma el hallazgo, especialmente desde que saben que la expresión ´´el león de Judá ´´ se refiere a Israel, al pueblo judío, y que cientos de miles de esquilmados y fugitivos hebreos están llegando a esa tierra para roturarla y poblarla con esa tan peculiar e insomne manera de trabajar y pensar que ni siquiera en sábado descansa. Son tan listos, piensan los trabajadores árabes, que incluso saben lo que hay debajo de las cosas.

            La anécdota es verdadera y también trágica. Yadin representa, como Dayán en su momento, al israelí que busca sus raíces en la tierra de sus antepasados. Su mañana está en el ayer, su hoy cumple viejas profecías. Para los obreros árabes, en cambio, el ayer no es mañana. Palestina no será más uno de los arrabales egipcios, una provincia de Jordania o de Siria. Su genealogía es equívoca: ¿a quién pertenecer, con quién aliarse, ser árabe-árabe o árabe-israelí? Antaño como hoy dos pueblos luchan por la misma tierra. Ayer los cananeos y los filisteos, hoy los judíos y los palestinos. Entonces los milagros rodeaban al tabernáculo santo, empujado de aquí para allá  por el cuerno de carnero, animal emblemático de Israel. Ahora es esa ristra de topónimos bíblicos que devuelve, en la exploración, barcos, toros y alfarería judía del período clásico. El dolor del exilio conduce a la redención del tiempo, y ante un tiempo que vuelve, que vuelve una y otra vez ¿qué puede hacer el espacio sino sentir la restricción de ese retorno? ¿Qué pueden hacer los que temen al león subterráneo y sueñan con misiles para despertar por fin a un mundo que gire a su favor?

            Pueden leer a Yadin, pueden leer historia o e intentar deslindar  el temor de la fraternidad, el rechazo de la aceptación, mientras los futuros arqueólogos israelíes aprenden de la frugalidad árabe que, para ser, basta muchas veces con dejarse estar. Incluso en Meguido, junto a ese Harmaguedón que puede estallar en cualquier momento, convirtiendo en ruinas lo que las mismas ruinas han convertido en mito.

 

 
Comentarios
jacobo mandelblum

Bello, muy sentido y emotivo articulo…
Felicito de corazon a su autor

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