Por Israel
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| miércoles julio 6, 2022

¡Sorpresas!


El Imperio romano realizó por primera vez, entre los años 383 y 410 d. C, una maniobra geopolítica sin precedentes: el abandono voluntario – sin confrontación bélica alguna – de un territorio previamente conquistado. Esto ocurrió en la provincia insular de Britania, que para los romanos era la antesala del fin del mundo; un lugar frío y pantanoso, del que solo sacaban ostras para su consumo en Roma.

Los historiadores dan por finalizado aquel proceso en el año 410, cuando el emperador Honorio respondió a un pedido de simpatizantes locales. Descartó cualquier intervención, afirmando que son los habitantes de la isla quienes deben solucionar sus asuntos.

Curiosamente, aquellas afirmaciones de Honorio se parecen mucho a las que hiciera en su momento Ehud Barak, antes de la retirada del Líbano, y las que hizo hace poco Joe Biden, después de que nos llegaran las horrendas imágenes de gente aferrándose al fuselaje de los aviones, en su intento trágico y fútil por salir de Kabul. “Los asuntos de Afganistán deben resolverlos los afganos, y nosotros no podemos seguir siendo la policía del mundo”, dijo.

La salida de los estadounidenses de Afganistán se viene cocinando desde hace años. Mike Pompeo, secretario de Estado del gobierno de Trump, inició las negociaciones para una salida pacífica. Curiosamente, dichas tratativas no se realizaron con el ejecutivo afgano, sino con los altos mandos del Talibán. Eso demuestra contundentemente que ni EE.UU creía en la solidez del orden democrático que instauraron y mantuvieron por veinte años en aquel país.
Muchos asesores le pidieron a Biden que no siguiera con la retirada de tropas, pero no se dio marcha atrás. Para muchos era inevitable que la salida del regimiento norteamericano signifique el colapso del gobierno afgano. Y EE.UU se retiró porque tiene más pérdidas que beneficios al seguir ahí.

El irrespeto de los talibanes a las mujeres y a las minorías de género y de culto nunca fue una prioridad para los norteamericanos. Tampoco lo fue establecer un orden democrático en Afganistán. Su objetivo fue eliminar a Al Qaeda y evitar que los talibanes apoyen actos terroristas en territorio norteamericano. Ellos creen – con mucha ingenuidad quizá – que se han garantizado dichas metas, negociando con los fundamentalistas.

Afganistán tampoco significa una garantía de recursos energéticos. No solamente que su producción petrolera es casi nula, sino que EE.UU depende cada vez menos de Oriente Medio, gracias a las reservas de petróleo y gas natural que ha encontrado en sus propias tierras.
Que no nos sorprenda que Afganistán sea la primera de varias retiradas en el futuro; y que países como Irak y Siria vengan después; para quedar bajo la influencia de Irán y Turquía.

EE.UU contrae sus áreas de influencia. Ya no puede sostener más la cultura global que pesa sobre sus hombros; y de la cual es el país emblemático, con todas sus virtudes y defectos.

Ahora tiene incluso que atender frentes de inestabilidad internos, que podrían degenerar en un evento peor al levantamiento popular del 6 de enero.

Situaciones similares llevaron a los romanos a dejar que Britania decida su destino por su cuenta.

Pero no todo en la vida es rosa. Así como los norteamericanos sorprenden, también Israel podría sorprender a la Casa Blanca ante cualquier intento fundamentalista islámico de calentar la región.
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