Por Israel
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| lunes agosto 15, 2022

Lapid: desafío de estadista y de político en campaña electoral


En su primer discurso ante la nación desde que asumió como Primer Ministro, Yair Lapid puso énfasis en la necesidad de unidad, evidentemente esforzándose por dejar de lado las discrepancias –aunque sin ocultar que existen- y destacando que lo que une a los israelíes es mucho más que lo que los separa. La mejor forma de describir el tono que adoptó es con una palabra en hebreo que no se puede traducir literalmente al español sino que tiene que ser explicada: “mamlajtí”. Es un término que se refiere a una actitud que va más allá de las discusiones pequeñas de todos los días, que no defiende una postura estrecha de un lado como contraposición a la que se le opone, que no piensa en lo partidario y parcial, sino que ve el bien de todos, del país, de la sociedad, de la ciudadanía en general.

 

Lapid habló como un estadista.

 

Pero sólo el tiempo dirá si lo es-y no está claro aún que tenga suficiente tiempo para demostrarlo- y lo único claro por el momento es que es un político  ambicioso que no sólo acaba de iniciar su gestión como Primer Ministro del gobierno de transición, sino también su campaña electoral.

 

Pero su mensaje oficial pretende dar a entender que lo que le interesa es el éxito de la gestión de gobierno, por el país, no por su interés político. Sin embargo, claro está que ambas cosas son inseparables.

 

“En los próximos meses nuestra meta, de toda esta mesa, es dirigir el  gobierno como si no hubiera campaña electoral”, declaró este domingo de mañana al encabezar por primera vez la sesión de gobierno en calidad de Primer Ministro “Los ciudadanos de Israel tienen derecho a un gobierno que funcione en todo momento”, dijo con razón. Tras no haber incluido temas socio-económicos en su discurso del sábado por la noche, en la apertura de la reunión del gobierno sí recordó que “la crisis de la educación no puede esperar” y que tampoco pueden los presupuestos para hospitales. A Irán, Hamas y Hizbala ya les había advertido y no hay razón ninguna para pensar que no tendrá la firmeza necesaria para enfrentarlos.

 

Para que gane las elecciones del 1° de noviembre, logre formar coalición y ser Primer Ministro no sólo del gobierno de transición, no basta con que haga una buena gestión. Supuestamente, eso es lo central. Debería serlo. Pero la actitud de la oposición influirá dramáticamente ya que si logra transmitir a la ciudadanía el mensaje que el gobierno es ilegítimo, eso tendrá gran influencia.

Sin olvidar ni por un momento que el papel de la oposición es criticar al gobierno e intentar sustituirlo, hay algo problemático en lo que está ocurriendo en Israel desde hace un año y poco más. La oposición encabezada por el ex Premier Biniamin Netanyahu no consideró legítima la coalición que encabezó hasta ahora Naftali Bennett, especialmente porque Bennett había prometido ante cámaras que no irá a una coalición con Yair Lapid, y finalmente sí lo hizo, lo cual Netanyahu y su gente vio como alevoso engaño y casi robo de los votos. Lo que no reconocieron es lo que Bennett explicó: haber comprendido que si no daba ese paso, nuevamente se iba a elecciones sin formar gobierno, quintas elecciones en menos de tres años.

 

No nos consta que desde que Lapid asumió alguien de la oposición haya dicho explícitamente que es un Primer Ministro ilegítimo, aunque su postura deriva de su acuerdo de rotación con Bennett. Pero está claro que Netanyahu hará todo lo que esté a su alcance para minimizar el significado del hecho que Lapid está ahora al frente. El viernes, Netanyahu llamó a Lapid para felicitarlo por su asunción-una llamada sorprendente y sin duda positiva- y ya ahí, cuando Lapid le recordó que hay que volver a la práctica, determinada por ley, de encuentros periódicos entre Primer Ministro y jefe de la oposición sobre los temas claves para el país, Netanyahu se negó. Su respuesta fue que “para evitar que esas conversaciones se conviertan en un tema político en época de elecciones”, prefiere recibir los informes de boca del edecán militar, no del propio Lapid.

Nos atrevemos a afirmar que lo que preocupa a Netanyahu no es que se use esos informes políticamente sino que él aparezca en una posición inferior a la de Lapid. No quiere estar en una situación en la que Lapid como Primer Ministro lo pone al tanto a él.

Pero Lapid no es  tonto y aunque ya sabía de esta decisión de Netanyahu, este domingo le extendió una invitación formal a un encuentro para ponerlo al tanto de los temas de Estado, de Primer Ministro a jefe de la oposición. Si Netanyahu se mantiene en su negativa, le será difícil explicarlo sin que parezca que entra en pequeñeces por cuestión de ego y política pequeña.

 

El problema en la campaña electoral que de hecho ya ha comenzado es que no parecería que la temática central en discusión vaya a ser la política ante Irán, la lucha contra el terrorismo o cómo solucionar desafíos como la crisis en el ámbito de la educación . Nuevamente, los israelíes tendrán que lidiar con campañas personales. La oposición hará todo para demostrar que Lapid no es apto para el cargo, que carece de toda experiencia (aunque fue Canciller, Ministro de Finanzas y encabeza desde hace una década el segundo partido más grande de Israel) y que no le llega a los talones a Netanyahu que fue 12 años Primer Ministro.  Lapid por su parte, tendrá el gran desafío de recordar a la ciudadanía por qué –desde su punto de vista- Netanyahu no debe ser Primer Ministro nuevamente , sin dejar de lado el tono “mamlajtí” con el que empezó sus funciones.

La gran pregunta aún abierta es cuánta disposición habrá a ensuciarse mutuamente, lo cual dejaría una víctima muy clara en el campo de batalla político: la sociedad israelí.

 
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