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| viernes julio 12, 2024

Tres reyes y un comodín: El ‘retorno’ de la diplomacia árabe


La diplomacia es, por supuesto, una herramienta en el arte de gobernar. Es una forma importante en que los estados ejercen influencia y buscan proyectar su poder en el escenario internacional. Todas las naciones lo hacen, limitadas únicamente en su capacidad para llevar a cabo una diplomacia efectiva por factores tales como su fortaleza, ubicación, conexiones, ambiciones y liderazgo.

En un Medio Oriente mucho más amplio, durante mucho tiempo pareció – y en general fue cierto – que los estados árabes se encontraban en un estado de desorden. Desgarrado por la guerra, el extremismo, los principales problemas sociales, políticos y económicos, la corrupción y un liderazgo deficiente, el mundo árabe se veía en gran desventaja en comparación con las potencias no-árabes, más asertivas de la región: Israel, Turquía e Irán. Esa realidad no ha cambiado del todo, aunque tanto Turquía como Irán atraviesan actualmente importantes dificultades asociadas a la naturaleza de esos mismos dos regímenes.

Todos en la región realizan diplomacia pero eso no significa que puedan hacerlo igual de bien. La habilidad diplomática puede encontrarse allí, pero un país puede verse limitado por su dependencia en las potencias extranjeras (o en dinero extranjero), conflictos internos o consideraciones políticas. Algunos países de la región son casos perdidos, lo que los convierte en actores pasivos en lo que respecta al tema de la diplomacia. Otros estados juegan bien su papel, uno piensa en Omán – pero por lo demás estos son actores mucho más pequeños en el escenario. Países tales como Jordania y Egipto, aún hábiles actores diplomáticos, están limitados por su dependencia sobre otros debido a consideraciones económicas o de seguridad. Irak – un país sustancial como Egipto, pudiera desempeñar un papel más importante en la región, pero está algo limitado a las luchas internas por el poder que aún no han sido resueltas en su totalidad.

Pero en los últimos años hemos visto un resurgimiento de la diplomacia árabe por algunos países de la región que se han destacado en términos a su independencia, impacto y voluntad decidida de ejercer influencia y promover sus intereses. Los cuatro son importantes. En mi opinión, tres de estos estados generalmente ejercen esta diplomacia con miras a una región mucho más estable y en última instancia mejor, mientras que un cuarto juega el papel de aguafiestas que permite algunas de las tendencias más retrógradas y destructivas de la región. He denominado a estos cuatro estados, en honor a los naipes, tres «Reyes» (Marruecos, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita) y un «comodín» (Catar), el alborotador. Estos estados, todos ellos monarquías hereditarias autoritarias, han emprendido políticas e iniciativas por sus propias razones y agendas y aunque puedo estar en desacuerdo con algunas de estas políticas, a veces enérgicamente, puedo ver la lógica de lo que están tratando de hacer tal como se observa a través de sus propias formas de ver situaciones.

Los cuatro estados son en sentido general «independientes», en el sentido de que están motivados casi en su totalidad por un interés propio puramente interno y han podido maniobrar con éxito incluso cuando se enfrentan a la presión de las potencias externas, incluyendo a los Estados Unidos y la Unión Europea.

Marruecos bajo tutela del rey Muhammad VI ha sido capaz de hacer grandes avances en la consolidación de su control sobre la región del Sáhara occidental, obteniendo el reconocimiento occidental para ello y ha aprovechado una combinación de factores, incluyendo el ser «guardián» de la Unión Europea, con el fin de obtener ventajas sobre su vecina España y su acérrimo rival Argelia. El hecho de que Marruecos también se vio envuelto en el escándalo «Catargate» tratando de influir sobre los eurócratas solo subraya sus ambiciones. Este es un país que juega muy bien sus cartas diplomáticas a pesar de carecer de las riquezas petroleras de los otros tres estados.

Los Emiratos Árabes Unidos han sido quizás el actor más capaz desde hace algunos años en la región al combinar su poder blando y duro con el propósito de promover sus intereses. Este es un actor en toda la región, desde Libia y Sudán pasando por Yemen y Siria. Yo no soy partidario del odioso régimen de Assad, pero uno puede entender la lógica de los Emiratos Árabes Unidos que buscan traer de vuelta al régimen de Damasco hacia el manto árabe para mitigar así las ambiciones de Irán. Si esto realmente puede funcionar es harina de otro costal, pero uno solo puede respetar la amplitud de su ambición. Los Emiratos Árabes Unidos han trabajado muy duro y con éxito para posicionarse incluso más allá del Medio Oriente como una voz sobre la tolerancia religiosa (véase el complejo del Hogar de la familia abrahámica que surgió del Documento sobre fraternidad humana del año 2019 firmado en Abu Dabi) y sobre el cambio climático con la celebración de las conversaciones sobre el cambio climático de la COP28 a finales de este mismo año.

Quizás el cambio más significativo en la diplomacia efectiva ha llegado de Arabia Saudita, un país de muy poco rendimiento que gastó mucho en el pasado y que mostró muy poco por ello históricamente. Bajo el liderazgo del príncipe heredero a la corona Muhammad bin Salman (MBS), muy ridiculizado en Occidente pero también subestimado, los saudíes parecen haberse asentado en un ritmo efectivo que combina pasos hacia las reformas internas, re-visualización y marketing junto a una verdadera diplomacia, tal como el reciente acuerdo de seguridad integral entre Arabia Saudita e Irak.[1] Una vez más, el esfuerzo por alejar al estratégicamente importante Irak de la tutela iraní puede no funcionar en última instancia, pero es de hecho política inteligente el intentar hacerlo. La promesa de Arabia Saudita en el reciente Foro Económico Mundial de Davos de poner fin a la ayuda exterior «incondicional» que a menudo se desperdiciaba o era contraproducente también tenía su retraso. Ciertamente era un mensaje que necesitaba ser escuchado en lugares tales como Ramala y Beirut, agujeros negros tradicionales del dinero saudita.[2]

Los saudíes en el año 2022 también demostraron sus habilidades diplomáticas y mediáticas durante la visita realizada por el presidente Joe Biden y al hacer que Erdogan de Turquía también viniese a Riad pidiendo humildemente algún favor luego de años de provocaciones turcas en contra del reino (y contra los Emiratos Árabes Unidos y Egipto).[3] Son los estadounidenses los que han tenido que bajar el tono y adaptar sus políticas en relación a Arabia Saudita y no al revés.[4] Tanto los saudíes como los emiratos han manejado bastante bien la tensión que involucra la guerra Rusia-Ucrania y las obsesiones de Estados Unidos en dicho conflicto, sin quemar sus puentes con nadie. Y, por supuesto, en estos tres países, un nuevo enfoque hacia Israel ha sido parte de una política exterior independiente y muy asertiva. Los Emiratos Árabes Unidos, con mucho entusiasmo y de manera muy abierta y Marruecos, de forma más gradual, se han movido en esa dirección. Y si bien Arabia Saudita ha sido más cautelosa y probablemente seguirá siéndolo, la tendencia hacia mejores relaciones – por el momento discretas e indirectas – con Israel también es obvia.

En lo referente a Catar, el comodín del grupo, también ha tenido mucho éxito en su diplomacia, en detrimento a la paz y estabilidad en la región. Sus prioridades han consistido en capacitar a los grupos políticos y terroristas talibanes e islamistas, al frente de Erdogan y de Irán mientras que al mismo tiempo encuentran formas que parecen ser útiles a Occidente, sirviendo de manera simultánea como pirómanos y bomberos. Aquí, Catar está motivado no tanto por un interés nacional sino por un interés ideológico primordial – el islamismo – que lo diferencia de los otros tres estados tanto en su visión del mundo, agenda y en la naturaleza destructiva y desestabilizadora de sus políticas.

Catar es, en cierto sentido, el más antiguo en lo que respecta a sus políticas. Su predecible apoyo al islamismo se remonta a décadas atrás (de hecho, hace décadas, los saudíes y los emiratos, antes de cambiar radicalmente sus propios caminos, solían apoyar a algunos de los mismos extremistas que los cataríes todavía acogen) y simplemente continúan haciendo lo que han hecho antes.

La nueva energía y la visión residen en los otros tres estados donde esta nueva asertividad y claridad apunta a extender y profundizar su influencia, cambiar las condiciones en beneficio de los intereses nacionales y traer, si no una reforma (aunque la reforma es esencial) algún tipo de movimiento hacia la estabilidad y progreso en una región que no ha visto nada y aún se tambalea al borde del abismo. Todos tres están tratando de hacer cosas que valga la pena ver.

*Alberto M. Fernández es vicepresidente de MEMRI.


[1] Shafaq.com/ar, consultado el 21 de febrero, 2023.

[2] Véase la serie de MEMRI Despacho Especial No. 10473 – Columnista libanés: Los estados árabes se han dado por vencidos en lo que respecta al Líbano; ven que era una base iraní hostil para todos los países en la región, 8 de febrero, 2023.

[3] Véase la serie de MEMRI Informe Diario No. 396 – Primer plano de Biden en Arabia Saudita, 11 de julio, 2022.

[4] Aawsat.com/home/article/4165276, 18 de febrero, 2023.

 
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