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| domingo mayo 26, 2024

Desenmascarados


Con mayor frecuencia, los hechos parecen importar menos y menos; en su lugar, es la “narrativa” la se impone. Es decir, qué contar (qué fabricar, llegado el caso), qué silenciar y cómo contarlo – el marco, las metáforas y las emociones estimuladas que fungirán de código para interpretar lo que se expone, para vincular fácilmente los datos, las insinuaciones, las comparaciones; en definitiva, para unir los puntos que perfilan el dibujo que se pretende difundir.

De tal manera que las pruebas pasan a ser igualmente reemplazadas por la mera repetición, por la fe en tal o cual ideología y en sus portavoces. Creer es suficiente; es la motivación y el motor. Acaso esto se puede observar claramente en la cobertura – y su continuación, el bombardeo de claves interpretativas o de inferencia en las redes sociales – que buena parte de los medios en español hacen del conflicto árabe-israelí y de Israel individualmente. Es este un periodismo que parece consistir en matar al periodismo en beneficio de la propaganda – en este caso, “pro-palestina”.

Igualmente, no son pocas las ONG y agencias internacionales que, diciendo defender los derechos humanos, los socavan de manera bochornosa, ofreciéndose a cualquier financiación – ergo, a cualquier interés, por ominoso que sea -, rebajado el “humanitarismo” a convincente y conveniente eslogan, coartada.

En esa suerte de cruzada de pretendida “moral”, esa forma de hacer “periodismo”, o de ejercer la defensa de los “derechos humanos”, termina por llevarse por delate el padecimiento muy real – aunque escasamente mediático – de una parte importante de la población mundial: los crímenes perpetrados contra ella, disminuidos por la banal y fraudulenta utilización de los términos que los designa de manera precisa, particular, para demonizar a Israel. Erigidos los periodistas – y las ONG, agencias internacionales – en jueces que deciden su aplicación. Todo lo que digan será prueba de que la acusación es justa. Todo lo que otros digan en contra, también.

Esta corrupción lingüística (y de fines) ha reconvertido inevitablemente el significado de ciertos términos, que mal aplicados – degradados, utilizados como mero envase propagandístico, como una herramienta de oprobio -, han dejado aún más desprotegidos a aquellos que sufren los crímenes especificados por vocablos como “genocidio” o “apartheid”.

Poco a poco, como decía un personaje probablemente en la reciente película Marlowe, para encontrar la verdad en la cobertura en español de este conflicto, el lector tendrá que seguir las mentiras, los silencio, los datos – o porciones de estos – elegidos sólo para confirmar cierta posición; para darse una idea, un poco como los habitantes de la caverna platónica, de la forma aproximada que tiene la realidad.

La “narrativa” del conflicto árabe-israelí que se ofrece poco tiene que ver con la realidad. Lo que le llega a la audiencia es, parafraseando a Roland Barthes, la sustitución del sentido por la copia de los eventos que se relatan – una copia que, se afirma, hace hablar a los hechos por sí mismos.

Y muchas veces, ni siquiera se le presenta una imitación a la audiencia, sino un simulacro, porque, siguiendo a Jean Baudrillard (Simulacra and Simulations), amenaza la diferencia entre verdadero y falso, entre real e imaginario. Así, la cobertura (y la hiperactividad en redes sociales) como simulación de periodismo, de la información, y los comunicados de prensa e informes como simulación de la ayuda humanitaria y de la defensa de los derechos humanos, producen un producto de apariencia honesta, que el público consume sin cuestionar.

La “narrativa”, pues, resulta un vehículo óptimo para trasportar tales adulteraciones – y con estas, contrabandear ideologías muy peligrosas.

Cuenta cuentos

Jerome Bruner señalaba (The Narrative Construction of Reality) que organizamos nuestra experiencia y nuestra memoria de los acontecimientos humanos principalmente en forma de narraciones: historias, excusas, mitos, razones para hacer y para no hacer, etcétera. Y añadía que éstas “no son, por utilizar la feliz expresión de Roy Harris, ‘textos no patrocinados’”. Vamos, que detrás de los mismos hay alguien, y ese alguien es movido por intereses particulares (legítimos o espurios; y los matices que hay en medio) a redactar el texto en cuestión.

En un artículo anterior de CAMERA Español se mencionaba que James Ettema y Theodore Glasser (Narrative Form and Moral Force: The Realization of Innocence and Guilt Through Investigative Journalism) apuntaban que para el historiador Hayden White la narrativa es un instrumento para afirmar la autoridad moral. Y explicaban que el historiador (perfectamente podría decirse también que el periodista) que es requerido a dar un relato autorizado de lo ocurrido, al intentar proporcionarlo, invocará la autoridad de la propia realidad; pero, según White “la realidad no proporciona un relato de tipo narrativo. Lo que sí proporciona tal relato es una visión esencialmente moral de los acontecimientos. De hecho, es la fuerza moral de una historia la que proporciona la apariencia de realidad”.

De esta forma, aseguraban los autores, es el “impulso moralizador” el que dota a los hechos de relevancia y a las historias, de cierre y coherencia – las mismas características que utilizamos para juzgar el valor y la verdad de las historias que escuchamos y contamos.

Podría decirse, entonces, que la narración funciona sobre todo como un símbolo, como una clave para buscar en la experiencia cultural compartida las interpretaciones (o emociones) “apropiadas”. En este sentido, Jerome Bruner sostenía que son relevantes, en el hecho narrativo, y como ámbito contextual, los conocimientos previos, tanto del narrador como del oyente, y el modo en que cada uno interpreta los conocimientos previos del otro. De forma tal que, en palabras del propio Bruner, “no es simplemente que el ‘texto’ se convierta en dominante, sino que el mundo al que supuestamente se refiere es, por así decirlo, la criatura del texto”.

Entonces, puede seguirse, con White, que la narración es fundamentalmente metafórica; es decir, indica qué imágenes debemos buscar en nuestra experiencia cultural para determinar cómo debemos sentirnos sobre aquello que se representa, narra.

Metáfora

El encuadre que del conflicto ha hecho la Organización de las Naciones Unidas es bochornoso. A la vez que se desentendía e invisibilizaba a de las víctimas israelíes, se ha dedicado a oficiar de portavoz, cobertura y recaudador de ayudas para el grupo terrorista Hamás. El mismo marco repetido de ciertos medios de comunicación y ONG; que, todos a una, volvieron a sus medias verdades, sus clamorosos silencios y sus fabricaciones cómplices.

En una publicación en X la ONU resumía su posición y la manera en que debe ser leído el conflicto:

“Conmoción”. “Terror”. “Destrozado enclave”. “Guerra contra los niños”. “¿La humanidad se está dando por vencida?”

De estos, vale la pena detenerse en dos puntos o, más bien, metáforas promovidas por la ONU:

    1. “Guerra contra los niños”: una mentira por donde se la mire. La guerra de Israel tiene un enemigo muy claro: el terrorismo palestino (Hamás, Yihad Islámica).

A ver si hay, por otra parte algo de esto. Para comenzar, hay que decir que la UNRWA no parece estar a favor de la infancia – no del todo, al menos. Tolerar en sus aulas el adoctrinamiento y la incitación al odio y la violencia que alimentan las filas de Hamás, no es una forma de protección infantil. Pero volvamos al término: ¿quién está en guerra contra los niños? O, puesto de otra manera, en tanto esta es una “guerra contra los niños”, ¿quién comenzó dicho conflicto? Fue Hamás el 7 de octubre. En ese momento fueron los niños israelíes sus primeras víctimas. Como era de esperar, el ataque suscitó una respuesta defensiva, y los combates se mudaron a Gaza – lugar del que salieron los terroristas y al que volvieron con rehenes israelíes (niños entre ellos). Es decir, Hamás llevó la contienda a Gaza. Pero no sólo eso, Hamás se ocultó en los túneles que construyó bajo infraestructura civil con dinero y materiales desviados de la ayuda internacional. El alto el fuego llegó, pero Hamás lo violó – en varias oportunidades: una de ellas, un atentado contra civiles en Jerusalén. Ergo, el terrorismo palestino volvió a llevar la contienda a Gaza. Entonces, es Hamás quien está en guerra no sólo contra los niños gazatíes, sino contra todos los civiles no involucrados en las actividades terroristas.

Y, al parecer lo de Siria fue una “guerra contra la primavera” (ni que hablar si nos remontamos a la guerra entre Irán e Irak).

Mientras tanto, un túnel de lujo en el norte de Gaza para altos cargos de Hamás:

    1. “¿La humanidad se está dando por vencida?”: Esta imagen es de una bajeza absoluta, porque ubica a Israel contra la “humanidad”. No, no es una interpretación peregrina de quien esto escribe. Es lo que conscientemente pretendía en ese tuit, que no muy sutilmente remite a estereotipos y lugares comunes del antisemitismo más rancio.

Y es que, como se apuntaba en la cuenta de X de CAMERA Español, en esta guerra, todo lo que implique a Israel es, según muchas agencias, organizaciones y medios de comunicación, algo “nunca visto”, “sin precedentes”. Es decir, fuera no ya de toda norma, sino de todo intento de la imaginación, de compresión: una “guerra contra los niños” – nadie, salvo a Israel, salvo a los judíos, qué tanto, se le ocurriría semejante abyección.

Y es que, para identificar a Israel como paradigma del mal (como metáfora del mal), todas sus acciones, amén de negativas, deben ser tenidas por extraordinarias; y en tal sentido los palestinos deben ser retratados como agentes sin agencia moral, una población inocente que sencillamente reaccionan a las circunstancias impuestas. El antisemitismo siempre necesitó de fabricaciones, estereotipos, silencios e hipérboles. El odio desmesurado precisa del extravío de la razón: de la negación patológica de la realidad.

Y quien no acepte dichas metáforas y analogías, quien las ponga en duda, será señalado como “cómplice” de una aberración, como “inhumano”: material de descarte.

Estas metáforas buscan guiar la forma en que las diversas audiencias conceptualizan el conflicto y a Israel – es decir, como problematizan su existencia. Porque, como descubrieron Paul Thibodeau y Lera Boroditsky (Metaphors We Think With: The Role of Metaphor in Reasoning), “las metáforas influyen en el razonamiento de las personas al instanciar estructuras de conocimiento coherentes con el marco e invitar a inferencias estructuralmente coherentes. Además, cuando se les pedía [a los sujetos del experimiento] que buscaran más información para fundamentar sus decisiones, elegían la información que probablemente confirmaba y ampliaba el sesgo sugerido por la metáfora”. De manera que los resultados obtenidos por los académicos sugerían que “incluso las metáforas fugaces y aparentemente desapercibidas del lenguaje natural [y este no es el caso que se da en este conflicto, puesto que son reiteradas abundamente] pueden instanciar estructuras de conocimiento complejas e influir en el razonamiento de las personas de un modo similar a la función que los esquemas, guiones y marcos desempeñan en el razonamiento y la memoria. Es decir, las metáforas proporcionaron a nuestros participantes un marco estructurado para entender…, influyeron en las inferencias que hicieron sobre el problema… y sugirieron diferentes intervenciones causales para resolver el problema”.

Con lo que sería dable esperar que, si la metáfora, o el conjunto de metáforas, dibujan una circunstancia fuera de lo normal, donde uno de los actores es presentado como un inhumano arquetipo del mal – tal como el Nacionalsocialismo alemán retrató a los judíos en la primera mitad del siglo pasado -, las intervenciones causales para resolver el problema tendrán que ser igualmente extraordinarias.

No hace falta mucho para crear esa ominosa correspondencia. Decían Thibodeau y Boroditsky que incluso las metáforas mínimas (de una sola palabra) pueden cambiar significativamente las representaciones y el razonamiento de las personas sobre importantes dominios del mundo real. Las metáforas utilizadas para constreñir a Israel en el uniforme de mal sin parangón son muchas, repetidas e inflamadas.

Siguiendo a estos investigadores junto a Rose Hendricks (How Linguistic Metaphor Scaffolds Reasoning), puede decirse, entonces, que enmarcar metafóricamente a Israel como “apartheid” (o “colonialista”, “genocida”, “inhumano”, etc.) crea una estructura de correspondencia entre esos dominios que resalta la estructura relacional que se pretende similar, a la vez que esconden las disimilitudes. O, dicho de otra manera, se quiere imponer un determinado vocablo (con connotaciones negativas, o que define un crimen atroz) como sinónimo de Israel.

Turbio panorama

“El uso manipulador del lenguaje… condiciona la vida de las personas, hasta el punto de transformar la conciencia de toda una sociedad. Esto es posible porque los significados de las palabras, incluso y especialmente de las palabras más comunes, se transforman radicalmente y, junto con ellos, también cambian las calificaciones normativas de las acciones y las manifestaciones”, apuntaba Lorena Forni (The language of power and the power of language. Analysis of propaganda’s narrative in Fahrenheit 451).

Forni hablaba de la propaganda, para cuyo fin se utilizan las metáforas mencionadas en el marco del conflicto árabe-israelí o, antes bien, particularmente sobre Israel. Una propaganda que, según Forni, entendida como una forma específica de utilizar lenguaje prescriptivo, tiene la función particular de influir no sólo en el comportamiento de las personas, sino en cambiar la relación entre ciudadanos e instituciones y, es esperable, entre unos y otros ciudadanos.

En este caso, el objetivo es cambiar relación con Israel, con los judíos. Como se indicaba en un texto anterior, “cualquiera que diga que ‘los judíos (o, por utilizar la máscara moderna, los ‘sionistas’ o, incluso, Israel – como una uniformidad) son X o Y – siendo x o y cualquier afirmación despectiva sobre los judíos -, no está evidentemente describiendo un hecho o un rasgo de la realidad. Antes bien, el antisemita está haciendo dos cosas con esta oración: por un lado, repitiendo, como si fuese un encanto, una palabra o declaración que reduce a los judíos a un estereotipo; y por el otro, está interpretando la solución que ‘exige’ la afirmación antisemita, es decir, aislar a los judíos, intimidarlos o, simplemente, hacer que se sientan incómodos en el seno de la sociedad”. Es decir, este discurso es una acción que cambia la realidad de los judíos.

No es casual que las metáforas peregrinas que se le cuelgan a Israel terminen en ataques a una sinagogas o instituciones de la comunidad judía en América o Europa. Cuando mintieron – porque no se molestaron en esperar a verificar – que Israel había atacado el hospital al-Ahli, las turbas salieron casi como respondiendo a una orden, prácticamente en todo el mundo a señalar a los judíos.

Después de todo, a eso se ha reducido buena parte de la cobertura mediática de este conflicto, así como también el papel vergonzoso de ONG y agencias internacionales (con la UNRWA a la cabeza); a, como decía Forni de la propaganda: “el deliberado y sistemático intento de moldear las percepciones, de manipular el conocimiento y de dirigir el comportamiento con el fin de obtener una respuesta que favorezca las intenciones de aquellos que la implementan”. “Desde el río [Jordán] hasta el mar [Mediterráneo], Palestina será libre” … O, sin tanta poesía de dos centavos, “Israel desaparecerá”

 
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