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| viernes febrero 13, 2026

La aritmética del conflicto: cifras, causalidad y guerra cognitiva en Gaza

Bryan Acuña para Porisrael.org


En los conflictos armados del siglo XXI, la información no circula como subproducto de la guerra; es parte constitutiva de ella. En el caso de Gaza, la disputa no se libra únicamente en el campo de batalla, sino que en simultáneo ocurre en el terreno semántico y estadístico. Los números (70.000 muertos, 2.842 “evaporados”, 50.000 viudas) han adquirido un protagonismo que excede su función descriptiva. Se han convertido en instrumentos de legitimación, deslegitimación y movilización política.

El problema no radica en que existan cifras elevadas. Las guerras urbanas densamente pobladas producen niveles de mortalidad devastadoras. El problema emerge cuando el número sustituye al análisis y la cuantificación reemplaza la desagregación metodológica. En ese punto, la cifra deja de ser un insumo para el estudio del conflicto y se transforma en un dispositivo de poder.

La controversia en torno a la cifra de 70.000 muertos ilustra con claridad el fenómeno. Lo que circuló globalmente fue una frase contundente: “Israel reconoció haber matado a 70.000 personas en Gaza”. Sin embargo, el registro empírico muestra una secuencia distinta donde medios israelíes citaron a un funcionario militar que, en un briefing, habló de una estimación del total de muertes durante la guerra; posteriormente, la propia institución aclaró que aquello no constituía un dato oficial.

La transformación discursiva fue rápida. Una estimación interna, no formalizada, se convirtió en una supuesta admisión de responsabilidad total. Aquí opera un mecanismo clásico de amplificación de la narrativa, el contexto institucional desaparece, el matiz metodológico se elimina y la categoría temporal (“durante la guerra”) se convierte en causal (“causado por…”).

Desde la óptica del derecho internacional humanitario, esta mutación no es menor. La atribución de responsabilidad exige prueba de causalidad específica, no la mera coincidencia temporal. En análisis de conflictos armados se distingue con precisión entre:

  • muertes totales registradas en el periodo del conflicto;
  • muertes directamente atribuibles a operaciones militares de una parte;
  • muertes de combatientes;
  • muertes de civiles;
  • muertes indirectas derivadas del colapso sistémico.

Colapsar estas categorías produce claridad moral inmediata, pero a costa de la precisión analítica.

Por esto, la expresión “muertes durante la guerra” es un delimitador temporal, no un dictamen jurídico. En entornos urbanos como Gaza, donde infraestructura civil y militar se superponen, las categorías operativas son intrínsecamente complejas. Combatientes sin uniforme, fuego cruzado, fallos de cohetes, violencia interna y muertes indirectas por deterioro sanitario forman parte del cuadro general.

Cuando un total agregado se presenta sin desagregación pública entre civiles y combatientes, el número bruto carece de capacidad explicativa. Puede indicar magnitud, pero no composición. Aun si el orden de magnitud fuera plausible, ello no implica validación metodológica ni atribución exclusiva a uno de los actores del conflicto.

Este punto es crucial porque en conflictos asimétricos la disputa por la legitimidad se construye sobre proporciones. El equilibrio entre bajas civiles y bajas combatientes no es solo un dato técnico; es un argumento político.

Así también, el informe presentado por Al Jazeera (cadena qatarí), que documenta 2.842 casos de personas clasificadas como “evaporadas” introduce otro nivel de complejidad. La categoría surge cuando, tras un bombardeo, no se recuperan cuerpos completos sino restos biológicos mínimos o cenizas. Desde la literatura forense militar, la vaporización parcial es físicamente posible bajo determinadas condiciones termo báricas. No se trata de un fenómeno imaginario.

Sin embargo, la precisión del número (2.842) contrasta con la imposibilidad práctica de verificación independiente inmediata. En un enclave bajo control de facto de una organización armada, con acceso restringido a observadores internacionales y con colapso institucional severo, la triangulación externa resulta extremadamente limitada.

El dilema no es un concepto binario. No se puede descartar automáticamente el dato por provenir de una institución local vinculada a la autoridad de facto; tampoco puede aceptarse sin reservas en ausencia de auditoría forense independiente. El entorno de información controlada crea un vacío que favorece la cristalización temprana de narrativas.

En estudios de guerra cognitiva, este fenómeno es conocido: la primera cifra que logra circular globalmente adquiere ventaja estructural. Las correcciones posteriores raramente alcanzan la misma penetración o ser tan mediáticas.

En conflictos reales, los registros son inestables. Los conteos se actualizan, los nombres se corrigen, las clasificaciones se revisan. Cuando una cifra aparece cerrada, redonda o extraordinariamente precisa en un entorno de caos institucional, el analista profesional formula preguntas metodológicas básicas:

  • ¿Cuál es la fuente primaria?
  • ¿Cuál es el procedimiento de registro?
  • ¿Existen mecanismos de verificación cruzada?
  • ¿Qué categorías se incluyen y cuáles se excluyen?

Del mismo modo, en el caso de las 50 mil supuestas viudas con pensión vitalicia (mencionadas como ejemplo de cifra funcional a una narrativa previa) el problema no es solo cuantitativo, sino estructural, hay ausencia de documento presupuestarios verificables, ausencia de comunicados oficiales, ausencia de metodología pública, por lo tanto, cuando el número precede al método, la sospecha es legítima.

El conflicto palestino – israelí, presenta una característica distintiva, la imposibilidad casi permanente de acceso neutral simultáneo. Ambos lados controlan el flujo informativo en sus respectivas áreas de influencia. Organismos multilaterales operan bajo restricciones logísticas y políticas severas. La auditoría plena, cuando ocurre, suele materializarse años después, como sucedió en casos de conflictos en territorios tales como Bosnia o Ruanda.

Este desfase temporal entre hecho y verificación genera un espacio intermedio donde las cifras adquieren función performativa. No solo describen; moldean percepciones, activan campañas diplomáticas, influyen en debates parlamentarios y afectan decisiones de política exterior.

En ese sentido, la cifra deja de ser un dato estadístico y se convierte en herramienta de posicionamiento geopolítico.

Y es que, en Oriente Medio, la dimensión informativa no es periférica. La competencia por la legitimidad ante audiencias occidentales, árabes y del denominado Sur Global se juega en el terreno narrativo. Las cifras de muertos se utilizan para:

  • fundamentar acusaciones de crímenes de guerra;
  • impulsar procesos ante la Corte Penal Internacional;
  • justificar sanciones o embargos;
  • movilizar opinión pública transnacional.

Cuando una cifra es presentada como incuestionable, cualquier duda metodológica se interpreta como negación moral. Ese es uno de los efectos más corrosivos del debate actual, la descalificación del escrutinio técnico como si fuera relativización ética. Sin embargo, la distinción entre total, causalidad y composición no minimiza la tragedia; la hace inteligible.

En entornos polarizados, la cifra elevada tiende a operar como “hecho total”. Un número grande adquiere fuerza simbólica que desplaza la necesidad de análisis detallado. La complejidad se percibe como evasión. La pregunta metodológica es interpretada como posicionamiento político.

Este fenómeno no es exclusivo de Gaza. En Siria, Yemen, Irán, Irak o Ucrania se han observado patrones similares. La aritmética de la guerra se convierte en arma retórica.

El desafío para el analista moderno no consiste en elegir entre aceptación acrítica o negación automática. Consiste en sostener simultáneamente dos afirmaciones:

  1. El nivel de devastación humana es indiscutible.
  2. La precisión metodológica es indispensable.

Ambas pueden coexistir sin contradicción, por tanto, los números no son neutrales en contextos de guerra prolongada, sino que cumplen funciones específicas:

  • consolidan relatos identitarios;
  • estructuran marcos de victimización;
  • delimitan márgenes de negociación;
  • condicionan decisiones diplomáticas.

Ante una cifra elevada, se puede endurecer posiciones y reducir espacio para acuerdos. Si el número se convierte en fundamento moral absoluto, cualquier intento de negociación puede percibirse como traición a la magnitud del daño.

En ese punto, la estadística deja de describir el pasado y comienza a configurar el futuro.

Ante afirmaciones categóricas como “Israel reconoció haber matado a 70.000 personas” o “miles fueron evaporados sistemáticamente”, la respuesta analítica rigurosa no es negación ni aceptación inmediata. Es interrogación estructurada:

  • ¿Qué tipo de declaración fue realizada?
  • ¿Fue oficial o informal?
  • ¿Incluye desagregación entre civiles y combatientes?
  • ¿Se trata de un total temporal o de una atribución causal?
  • ¿Existe verificación independiente?

Sin estas preguntas, el debate degenera en intercambio de consignas.

Desde una perspectiva estratégica, el manejo de cifras en Gaza revela tres dinámicas estructurales:

  1. Desplazamiento del análisis por el impacto emocional: el titular precede al examen metodológico.
  2. Fusión de categorías: temporalidad, causalidad y composición se colapsan en una narrativa simplificada.
  3. Instrumentalización diplomática: el número alimenta agendas internacionales.

En contextos de conflictos donde la información circula en tiempo real, la verificación completa es improbable en el corto plazo. Ello no exime al analista de la obligación de distinguir entre plausibilidad, prueba y propaganda.

La guerra en Gaza no puede reducirse a una disputa aritmética. Pero tampoco puede comprenderse sin examinar críticamente el uso de cifras. Los números pueden reflejar tragedias reales y, al mismo tiempo, ser utilizados de manera imprecisa o instrumental.

El desafío intelectual consiste en resistir la tentación de la simplificación. Reconocer la magnitud del sufrimiento no obliga a renunciar al método. Por el contrario, cuanto mayor es la tragedia, mayor es la responsabilidad de analizar con precisión.

En un entorno saturado de información (o desinformación), la prudencia metodológica no es neutralidad moral; es una forma de rigor. La diferencia entre total y causalidad, entre estimación y admisión, entre dato provisional y cifra oficial, no es un detalle técnico. Es la línea que separa el análisis de la propaganda.

Y en conflictos prolongados como el caso de Medio Oriente, esa línea rara vez es inocua.

 
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