Bryan Acuña
En el Sistema Internacional, pero principalmente en la diplomacia, la credibilidad es un activo que se construye durante décadas y se puede evaporar en una sola declaración. Las Naciones Unidas, concebidas como el árbitro último de la moralidad y la legalidad global, dependen de una premisa fundamental: la objetividad de sus observadores.
Sin embargo, cuando figuras como Francesca Albanese, Relatora Especial sobre los territorios palestinos, permiten que el activismo personal opaque la rigurosidad técnica, surge un fenómeno psicológico peligroso: el sesgo de confirmación. Este mecanismo mental, lejos de fortalecer la denuncia, se convierte en el enemigo más insidioso de la justicia que pretende defender.
Para la razón por la cual la gestión de Albanese es tan divisiva, debemos primero entender el concepto de sesgo de confirmación, la tendencia humana de buscar, interpretar y recordar información que confirme nuestras creencias preexistentes, ignorando activamente cualquier dato que las contradiga.
En un contexto académico o periodístico, esto es un error común. En un alto cargo de la ONU, es una negligencia sistémica. Cuando un analista entra en el terreno con una conclusión ya redactada en su mente, su labor deja de ser una investigación para convertirse en una búsqueda de pruebas. El problema es que, en conflictos tan profundos como el palestino – israelí, siempre hay pruebas suficientes para alimentar cualquier narrativa si uno decide mirar solo hacia un lado de la calle.
El mandato de un Relator Especial no es el de ser un «abogado de una parte», sino un «notario de la realidad». Su función es aplicar el Derecho Internacional Humanitario de manera universal. Albanese ha sido señalada en reiteradas ocasiones por exceder estas funciones, adoptando un lenguaje que resuena más en las plazas de protesta que en los despachos de La Haya.
El error de Albanese radica en confundir la empatía humanitaria con la pérdida de distancia crítica. Al utilizar tropos que han sido calificados de antisemitas (como referencias al «lobby judío» o comparaciones históricas inflamatorias), ella no solo insulta a una comunidad, sino que le otorga un «regalo» retórico a quienes desean desestimar sus hallazgos. El sesgo de confirmación la lleva a creer que su causa es tan noble que los medios justifican las formas, sin darse cuenta de que, en el ámbito internacional, la forma es el fondo.
Sin embargo, el mayor daño que el sesgo de Albanese causa a la población que busca proteger es la deslegitimación de la prueba. Imaginemos un informe técnico sobre violaciones de derechos humanos que contiene datos veraces sobre abusos en el terreno. Si ese informe viene firmado por alguien que ha demostrado una animadversión ideológica previa y ha cruzado la línea del discurso de odio, el informe nace muerto.
Los críticos no necesitan refutar los datos; les basta con señalar al autor. Al permitir que su sesgo guíe su comunicación pública, Albanese está creando una especie escudo de impunidad para presuntos perpetradores. Cada vez que ella emite una declaración que sobrepasa su mandato técnico, los sectores acusados pueden recurrir a la narrativa de la «persecución ideológica» o el «sesgo institucional», evitando así rendir cuentas por sus acciones reales. El activismo de Albanese, por tanto, actúa como un anestésico para la conciencia internacional en lugar de ser un despertador.
Uno de los puntos más oscuros en el análisis de su gestión es la incapacidad de separar la crítica a las políticas del Estado de Israel del uso de prejuicios milenarios contra el pueblo judío. El sesgo de confirmación hace que la persona deje de ver los matices. Para Albanese, en diversas ocasiones, la complejidad del conflicto se ha reducido a una narrativa maniquea donde la precisión histórica es sacrificada en el altar de la eficacia discursiva.
El señalamiento de antisemitismo no es una simple herramienta de censura, como sugieren sus defensores. Es una alarma sobre la calidad de su análisis. Si una analista de la ONU no puede identificar cuándo su lenguaje valida estereotipos peligrosos, ¿cómo se puede confiar en su capacidad para analizar dinámicas de poder complejas sin prejuicios? El sesgo aquí es doble: ella confirma su visión del mundo eliminando la humanidad de una de las partes, lo que invalida su posición como mediadora o informante neutral.
La ONU atraviesa una crisis de relevancia. En un mundo cada vez más multipolar y polarizado, las instituciones internacionales son vistas con sospecha. La actitud de Albanese alimenta la narrativa de que la ONU es un foro donde la ideología pesa más que el derecho.
Cuando un relator se convierte en una figura mediática por sus polémicas y no por la profundidad de su rigor legal, el sistema entero sufre. El sesgo de confirmación de un individuo termina permeando la percepción de la institución. Esto genera un círculo vicioso: la institución pierde autoridad, los Estados ignoran sus recomendaciones y, al final del día, las víctimas en el terreno quedan más desprotegidas que antes.
Ser crítico con las acciones de Albanese no significa ser indiferente al sufrimiento en la situación de Medio Oriente. Al contrario, es precisamente por la gravedad de la situación que se requiere una voz intachable.
El sesgo de confirmación es el enemigo de la causa porque:
- Divide los apoyos: Aleja a los moderados y a aquellos que creen en el derecho internacional, pero rechazan el odio.
- Simplifica lo complejo: Reduce un conflicto con raíces históricas y psicológicas profundas a un panfleto de buenos y malos.
- Falla en la autocrítica: Una característica del sesgo es que la persona se siente «moralmente superior», lo que impide corregir el rumbo cuando se cometen errores de juicio.
Albanese, al verse a sí misma como una heroína en una lucha épica, ha olvidado que su poder reside en su invisibilidad como individuo y en su visibilidad como técnica. Su presencia constante en el ojo del huracán por cuestiones de forma sugiere que prefiere el protagonismo del activista al impacto silencioso pero contundente del diplomático.
La justicia no puede ser hija del prejuicio. El caso de Francesca Albanese debe servir como una advertencia para todos los organismos internacionales. El activismo político tiene canales legítimos: las ONG, los partidos políticos y la movilización ciudadana. Pero la ONU es (o debería ser otra cosa).
Si queremos defender realmente los derechos humanos, debemos exigir que quienes portan esa bandera sean los primeros en someterse al escrutinio de la imparcialidad. El sesgo de confirmación es una droga reconfortante; nos hace sentir que tenemos razón y que nuestros enemigos son la encarnación del mal. Pero la realidad siempre es más gris, más rota y difícil de sanar.
El activismo de Albanese ha sido el mayor obstáculo para que sus propios informes sean tomados en cuenta por quienes tienen el poder de cambiar las cosas. Mientras ella siga prefiriendo la confirmación de su propia ideología sobre la construcción de un consenso basado en la neutralidad, su labor seguirá siendo un ejercicio de narcisismo intelectual que deja a las víctimas en el mismo lugar donde las encontró: en el olvido de una retórica que hace mucho ruido, pero no construye ninguna paz.




















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