Desde el siglo VIII en que los hijos de Witiza traicionaron a Don Rodrigo en la batalla de Guadalete, no hubo traición más negra en España que la de Salomón Levi, en Burgos en el siglo XIV. Salomón, nacido como judío, ya con tan solo treinta años, fue nombrado por el rey de Castilla Juan I rabino mayor de todas las juderías del obispado de Burgos. Diez años más tarde, ya en la cuarentena, en 1390 o 1391 tomo la increíble decisión de emular al fariseo Pablo de Tarso, otro judío de la diáspora como él, y hacerse cristiano con el nombre de Pablo de Santa Maria.
Poco después, de la conversión pública en la Catedral de Burgos, fue ordenado sacerdote, porque se acogió al “privilegio paulino”, gracias a que su mujer, la barcelonesa Joana, se reafirmó en su judaísmo, negándose a aceptar el bautismo. San Pablo mismo fue el que estableció el denominado privilegio paulino, que consiste en el derecho que tiene, la parte cristiana del matrimonio, de romper el vínculo matrimonial cuando la otra parte no quiere bautizarse. De hecho, ante la postura mayoritaria de los historiadores, tan incómoda para la Iglesia, de que Pablo de Tarso permaneció célibe, y no conoció mujer, algunos investigadores como Romano Penna y Rinaldo Fabris, especulan que el apóstol se separó de una mujer, estableciendo precisamente para ello el citado privilegio.
En su magnífico libro Conversos, David Jiménez Blanco define a Salomón Leví como un hombre afortunado en su vida profesional. En efecto, su carrera fue fulgurante y, sorprendentemente, tardía: comenzó a los 40 años, tras bautizarse, una edad que en el siglo XIV equivalía casi a la vejez. Nuestro felón marchó a París para cursar un posgrado en teología cristiana. Allí tuvo la fortuna de conocer a otro español, Pedro de Luna, futuro papa Benedicto XIII. Solo dos años después de terminar esos estudios, Pablo de Santa María trabajaba ya en la corte del Papa Luna y disfrutaba, a cambio, de rentas españolas —como arcediano de Treviño y canónigo de la catedral de Sevilla— sin necesidad de trabajar (sinecturas), ni de moverse de Aviñón.
Su mayor éxito político, como embajador papal, lo alcanzó el 29 de abril de 1403, cuando consiguió que Benedicto XIII, fuera reconocido como papa legítimo por el poder civil y todo el clero de Castilla, abandonando Castilla la neutralidad mantenida hasta el momento, entre Roma y Aviñón, en el contexto del Cisma de Occidente.
A diferencia de la inmensa mayoría de los conversos, Pablo de Santa María desarrolló una implacable agenda política antijudía para medrar entre los cristianos. Se le atribuye participación en la elaboración de las muy hostiles leyes antijudías promulgadas por Catalina de Lancaster en 1412, las Leyes de Ayllón, así como en el impulso de la infame Disputa de Tortosa, utilizada como instrumento político para reforzar las opciones de su protector, Benedicto XIII, de seguir siendo reconocido como papa legítimo frente a la amenaza del Concilio de Constanza.
Pablo de Santamaria utilizo, sin compasión, su antijudaísmo como un activo estratégico para sostener su carrera política y profesional, como también hicieron, en el escenario del Cisma de Occidente, Benedicto XIII. y su coetáneo y hermano espiritual, el siniestro Vicente Ferrer.
Vicente Ferrer probablemente sirvió de modelo a Pablo y a Benedicto. Durante el Cisma de Occidente y el Compromiso de Caspe, actuó como lobista apoyado en una fuerza política propia: sus ejércitos de flagelantes. Estos grupos aterrorizaron Italia, Francia y España en los años posteriores a la Peste Negra, con predicaciones milenaristas sobre la inminencia del fin del mundo. En sus procesiones itinerantes, la exhibición de sangre, como espectáculo, solía desembocar en ataques violentos y matanzas de herejes y judíos; para el dominico, sin embargo, esa violencia le otorgaba un poder autónomo frente a reyes y obispos.
La conversión al catolicismo del rabino principal de Burgos, en la capilla de Santa Práxedes de la catedral burgalesa es uno de los acontecimientos mas impactantes ocurridos en la España del siglo XIV. La interpretación clásica de los historiadores es que la conversión al catolicismo fue sincera, y nada tiene que ver los fulgurantes éxitos posteriores como católico de Pablo de Santa Maria, que se deben a sus méritos personales. Esta opinión clásica esta basada en testimonios de coetáneos, todos ellos próximos al converso, y por lo tanto testigos viciados, sin valor probatorio.
Otra opinión es, que, el bautismo de Pablo podría ser forzado e insincero, como uno más de los miles de bautismos forzados que tuvieron lugar durante los desórdenes, masacres y pogromos que tuvieron lugar a partir de 1390 por toda España y que se iniciaron en Sevilla azuzados por las predicaciones del arcediano de Écija y Vicente Ferrer. Los que sustentan esta opinión no explican como Pablo de Santa Maria, además de converso insincero se dedicó a perseguir a los asediados judíos españoles, junto al antisemita Vicente Ferrer.
Ninguna de ambas posturas resulta creíble hoy en día, ni siquiera para aquellos ingenuos economistas que todavía sostienen la existencia de hombres que se comportan racionalmente, que conocen sus gustos presentes y futuros, y que toman buenas decisiones que maximizan sus intereses.
La sociología, la psicología y la etología suelen coincidir con la idea del físico Leonard Mlodinow: la evolución nos dotó de una mente inconsciente porque de ella depende, en gran medida, nuestra supervivencia. Solo somos conscientes de alrededor del 5 % de nuestra actividad cognitiva; el 95 % restante queda fuera de la conciencia, aunque influye decisivamente en nuestra vida y, antes que nada, la hace posible. Si nuestra existencia depende de esa cognición inconsciente, resulta muy improbable que un individuo de 40 años —casi un anciano en el siglo XIV— cambie públicamente su identidad por la de sus enemigos, ya fuera por libre albedrío o empujado por el miedo.
Un ser humano de 40 años, en el siglo XIV y en el siglo XXI, es un ser completamente socializado. Hoy día sabemos que empezamos a socializarnos, de forma no consciente, en el vientre de nuestra madre, ya que la voz materna pasa de manera muy clara, por encima del ruido de la placenta, y todos los bebes en el útero establecen con la voz de su madre una relación privilegiada. La socialización, ahora y siempre, y en todas las sociedades humanas, consiste en que los niños encajen en la sociedad en la que nacen, y el proceso de socialización de los seres humanos se produce esencialmente en la infancia y adolescencia, aunque se extiende por toda la vida.
En las primeras etapas de la vida, se forma nuestra identidad de género y raza, y posteriormente vamos añadiendo nuestra identidad profesional, nuestros roles sociales, y nuestro estatus. La socialización trabaja, mayoritariamente de forma implícita, sin que nuestra mente consciente se dé por enterada. Así aprendemos a hablar, sin esfuerzo, porque nuestros genes nos han dotado de un “aprendizaje preparado” que incorpora la motivación para hacerlo. Y por eso solo aprendemos a leer y a escribir con mucho esfuerzo, ya que nuestros genes no incorporan (hasta ahora) esta motivación, a nuestro acervo genético.
Somos animales sociales, y nos vemos estratégicamente empujados a mostrar una versión idealizada de nosotros mismos ante los demás, como forma de hacer más eficiente y segura nuestra vida en sociedad. Esta conducta abre las puertas a que nos convirtamos en mentirosos estructurales. Nos mentimos a nosotros mismos, para mentir mejor a los demás, y sobrevivir a los nuestros, protegiendo nuestro YO más profundo sin socializar.
La psicóloga Judit Rich Harris afirma que sin experiencias no hay identidades, por eso, las personas tienen personalidades diferentes, no solo porque tienen genes diferentes, sino porque también tienen experiencias diferentes. Los etólogos Konrad Lorenz y Boris Cyrulnic, van más allá, cuando analizan la vida de los científicos, pues llegan a afirmar que, con frecuencia, el esfuerzo de toda una vida está determinado por una experiencia vivida en la infancia. El objeto científico no es neutro pues se halla en la infancia del investigador. Y yendo un paso más allá, y usando las palabras de Judith Rich Harris; “Hay muchas oportunidades de que se produzcan acontecimientos al azar en la vida de las personas, y los acontecimientos al azar, a veces tienen consecuencias drásticas a largo plazo”, ¿Qué paso en la vida como judío de Salomón Levi, qué mentiras contó a su padre Isaac y a su esposa Joana, que mentiras sé estuvo contando a sí mismo, que tuvieron consecuencias tan drásticas, nada menos que a los 40 años?
Nada dicen al respecto biógrafos e historiadores, probablemente porque no hay datos, o porque los datos son tan embarazosos como la soltería de Pablo de Tarso. Pero podemos buscar en tiempos más recientes, ejemplos como los de Pablo de Santa Maria, de individuos que, en la cima de su prestigio social, cambian de identidad, para asombro de su entorno mas cercano y del mundo en general.
Salomón Levi no es distinto a algunos espías muy famosos de los siglos XX y XXI que se pasaron al enemigo. Como, por ejemplo, el americano Robert Hansenn (el mayor desastre de la inteligencia de EEUU), o el ruso Dmitri Poliakov, definido por James Woolsey, jefe de la como “la joya de la corona” del espionaje americano. Y qué decir de Ashraf Marwan, el yerno del presidente Gamal Abdel Nasser, icono del nacionalismo árabe, que espió para Israel durante dos décadas de forma voluntaria, o del El Príncipe Verde, el hijo primogénito de Seikh Hassan Youseff, miembro fundador y líder de Hamas en Judea y Samaria, amantísimo de su padre, y protector de su madre y hermanos, traiciono a su padre, a su madre, a sus hermanos y a su pueblo para pasar información a Israel durante 10 años, de la organización terrorista Hamas.
Una hipótesis es que Pablo de Santamaria, y todos los anteriores sujetos, sufrieron de una DISONANCIA estructural entre el YO sin socializar y la cultura en que, a cada uno de ellos le tocó vivir. Todos padecieron la disonancia más poderosa, la que se produce en aquellas situaciones donde se ve amenazado el concepto de uno mismo; QUIEN SOY, QUE ME PASÓ, PORQUE SOY ASÍ, Y QUE LUGAR OCUPO EN EL MUNDO. Un paradigma de estas disonancias identitarias lo sufren los ALBINOS en el África Sub-Sahariana.
Padecer una disonancia significa sostener dos cogniciones incompatibles; para el cerebro, cuya función genética es mantener el control, esa contradicción resulta intolerable y tiende a corregirla. Ante las disonancias identitarias, ocultas en lo más profundo del YO no socializado, unos pocos cerebros encuentran, con ayuda del azar, una salida inesperada: un atajo, un sendero de Anopea, por el que el individuo se impone a la sociedad que lo vio nacer, a sus padres, hermanos, amigos, pareja y a todos los suyos. En último término, con la TRAICIÓN, se cumple el mandato de nuestros amos, los genes: sobrevivir a cualquier precio y de la mejor manera posible.
En la biografía, más accesible, de estos sujetos, del siglo XX y XXI, podemos rastrear las verdaderas razones del bautizo de Pablo de Santa Maria. Porque todos estos adultos, en la cima de su vida social y todos con una alta autoestima, revelaron una incompatibilidad entre su YO mas profundo, sin socializar y el personaje que su familia, sus jefes y su entorno creían conocer. Y los soviéticos, los americanos, o los israelíes, fueron el instrumento que el azar puso en sus manos una vez en la vida, ya que las ocasiones extraordinarias, no aparecen cuando uno quiere, sino en ocasiones especiales.
Tras la peste Negra de 1348 y las matanzas y pogromos de judíos habidos en España a partir de 1390 se produjo una ola de conversiones, de judíos plenamente socializados como judíos. Y luego sucedió que había muchos cripto judíos, que las conversiones forzosas no habían sido sinceras, dicen los historiadores. La perspectiva sociológica es que la socialización implícita no puede ser eliminada por un ritual público, por un acto teatral, como el bautismo. Ese 95% de cerebro inconsciente (el que nos permite vivir) no es manipulable y manejable desde la consciencia, así lo han dispuesto los genes.
Efialtes estuvo esperando media vida a los persas, igual que Pablo estuvo esperando hasta ser casi viejo para saldar sus cuentas con los suyos. Hay que disculpar a historiadores y biógrafos, que, a menudo, caen “falacia teleológica” a la ilusión de que sabemos exactamente a donde vamos, de que en el pasado sabíamos exactamente a donde íbamos y de que otros han triunfado porque sabían a donde se dirigían.



















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