Ahora aparece otra pieza del rompecabezas del 7 de octubre: según una investigación de Haaretz, el presidente de Emiratos, Mohamed bin Zayed, habría llamado a Netanyahu unos diez días antes y le habría dicho, en términos bastante poco poéticos, que Sinwar estaba preparando una operación de dimensiones importantes.
Netanyahu, según el relato, habría respondido con tranquilidad: “No se preocupe, estamos preparados; si pasa algo, probablemente será desde Judea y Samaria.”
¡Ah, bueno!
O sea que mientras Sinwar estaba preparando el Apocalipsis desde Gaza, nosotros estábamos mirando por la ventana equivocada.
Es como si el capitán del Titanic hubiera recibido una llamada diciendo:
—“Capitán, hay un iceberg enorme delante.”
Y hubiera contestado:
—“Tranquilo, los icebergs importantes últimamente están en el Mediterráneo.”
El problema es que acá no estamos hablando de una anécdota de café ni de una discusión sobre quién llamó a quién. Estamos hablando de si el primer ministro recibió o no una advertencia concreta, de quién la recibió y qué hizo con ella.
Porque si la llamada existió y la información era tan específica como se afirma, la pregunta deja de ser “¿quién sabía?” para convertirse en la pregunta más incómoda de todas:
¿Qué hicieron con lo que sabían?
Y si la llamada jamás existió, entonces tampoco alcanza con decir “mentira de Haaretz”. Habrá que demostrarlo documentalmente, porque en este país hasta los teléfonos tienen memoria.
Mientras tanto, la política israelí vuelve a ofrecer su espectáculo favorito: todos sabían algo, nadie sabía nada, algunos sabían que otros sabían y, aparentemente, el único que no sabía era el que tenía que saber.
¡Señoras y señores, bienvenidos al maravilloso mundo de la inteligencia israelí!
Un mundo donde una advertencia puede recorrer medio planeta en diez minutos… y tardar tres años en llegar a la Comisión de Investigación.



















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