Debo de haberla visto unas diez veces en mi vida de niño, pero aún y así su imagen aparece en mis sueños de tanto en tanto. Era la hermana mayor de mi abuelo paterno y tenía un rostro entre tártaro y piel roja. Rodete, manos cálidas y un vestido que recuerdo de color verde oscuro en su casa de cristaleras polícromas, muy a la usanza de comienzos del siglo XX en Buenos Aires. La tía tenía tres hijos, dos ...