Por Israel
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| lunes septiembre 16, 2019
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Habla, arqueología


Foto: Excavaciones en Jerusalén

Día tras día la tierra muestra, en Israel, sus tesoros ocultos, sus monedas y pesas antiguas, sus mosaicos y sus joyas solitarias. Varios equipos de arqueólogos trabajan de norte a sur sufragados por distintas universidades, leyendo en los estratos de arcilla y piedra los anales del pasado, impulsados por una pasión que no es ajena a la Biblia. Así, tras los viejos topónimos, aparecen los vestigios materiales que los corroboran. Son tantas las evidencias de las raíces judías de todas las épocas, que el mundo académico no puede esclarecerlas con la velocidad suficiente como para hacer con ellas un dique de contención frente a los libelos y las injurias de todos aquellos que niegan la conexión del Israel actual con  sus  «gloriosos hermanos»  del pasado, que diría Howard Fast.

La arqueología es una ciencia inexacta- ya que sus dataciones temporales pueden variar  siglos o incluso más-, pero aún y así teñida de romanticismo, emparentada con los nacionalismos que nacieron también ellos poco después de la Ilustración. Según parece, el poeta Petrarca, sensible a los sellos y las máscaras, las monedas y los vasos de terracota,  fue uno de los primeros interesados en el tema. Un arqueólogo amateur y desde luego un gran escritor. Generaciones de sabios alemanes e ingleses enloquecieron por Babilonia, Sumer o Egipto; quemaron fortunas hasta corroborar lo que se conservaba en los antiguos papiros o las tablillas cocidas. Petrie descubrió el protosinaítico, una escritura  algunos de cuyos signos se parecen a los del hebreo antiguo. Schliemann exploró  Troya, Bingham Machu Pichu. En unas cuantas décadas se expandió tanto nuestro conocimiento acerca de la antigüedad de los dos mundos, el nuevo y el viejo, que hoy nadie pone en duda que las ruinas, tanto las visibles como las invisibles, hablan. Dicen, en algunos casos, los que los negadores profesionales no quieren oír. Por ejemplo, que la Biblia es algo más que un contrato social, un relato épico, un documento religioso. La Biblia es la prueba más que obvia de que el pueblo judío está indisolublemente ligado a la tierra a la que por fin, tras dos mil años de exilio, ha vuelto en masa. Y con los hombres la fertilidad a los suelos yermos, los pájaros y ciertas especies botánicas que alguna vez crecieron en sus pequeños valles.

De una inmersión de los recientes descubrimientos arqueológicos en Israel se  retorna asombrado por la fidelidad a las escenas bíblicas del Viejo Testamento o de los Evangelios,  pues tan pronto salen a la luz mosaicos con Jonás, la ballena o algunos signos del zodíaco, como las figuras de Sansón o Elías. Pero también platos con inscripciones griegas o árabes, dibujos de cruces y estrellas. Un asombro que en parte alegra y en parte obnubila la mente. Tremenda densidad histórica no hace más que crecer. En ese espacio nada fue nunca del todo anicónico,  la influencia helenística está por todas partes .Tras ella la romana, la bizantina, la islámica, etc. Israel no niega el pasado de otros, pero encuentra injusto, y con razón, que muchos nieguen el suyo o lo pongan en tela de duda. Muy en especial los palestinos, a quienes cada hallazgo arqueológico revelador los pone en evidencia, muestra su tramposa irritación porque cada pequeña o gran prueba del nexo  entre lo judío  de hoy y  lo judío de ayer irrita sobremanera su orgullo.  ¿Qué más se puede decir? Ah, sí, que  Am Israel jai. En una tierra que, como efectivamente la vio Herzl, es vieja y nueva al mismo tiempo.

 

 

 
Comentarios

lastima q dice palestinos. ya q sino hubiese compartido esta nota. ese término es mentiroso y q lo usen los judios es darle oportunidades a los antisemitas. cuando roma puso ese nombreen 135 los unicos q vivian alli eran judios

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