La preocupación de Bibi Netanyahu por la fragmentación del bloque de derecha resulta perfectamente comprensible. Y dentro de esa preocupación hay un nombre que puede convertirse en una pequeña pesadilla de cuatro mandatos: Winter.
Porque cuatro mandatos, vistos desde la tranquilidad de una encuesta, parecen poca cosa. Son apenas cuatro escaños en una Knéset de 120. Nada que haga temblar los cimientos del Estado.
Pero hay un pequeño detalle: las elecciones no terminan cuando se cuentan los votos. Ahí empieza la verdadera película.
Y en la negociación para formar gobierno, esos cuatro mandatos pueden dejar de valer cuatro y empezar a cotizar como si fueran lingotes de oro.
Si los sondeos internos del Likud muestran una situación menos cómoda que la que reflejan algunas encuestas del Canal 14, entonces la decisión de Winter de correr en solitario adquiere otra dimensión. Porque si consigue entrar con cuatro mandatos, esos cuatro diputados podrían convertirse en la diferencia entre un gobierno cómodo y un gobierno obligado a negociar hasta el último tornillo.
Y ahí comienza el maravilloso mundo de la política de coaliciones israelí.
Un partido pequeño entra a la negociación diciendo:
“Tenemos cuatro mandatos”.
El primer ministro mira la calculadora y piensa:
“Sí, cuatro”.
Cinco minutos después vuelve a mirar la calculadora y descubre que, en realidad, son cuatro mandatos, tres exigencias, dos amenazas de abstención y una crisis de gobierno cada seis meses.
Porque cuando una coalición depende de una mayoría ajustada, cada pequeño socio adquiere un poder desproporcionado. Lo que durante la campaña parecía insignificante puede transformarse, después de las elecciones, en una llave para abrir —o cerrar— la puerta de la oficina del primer ministro.
Y eso es precisamente lo que Netanyahu probablemente preferiría evitar.
No porque Winter vaya necesariamente a convertirse en un enemigo del Likud, sino porque depender de la buena voluntad de un socio que no controla es una situación que ningún primer ministro desea.
El problema no son los cuatro mandatos.
El problema es necesitarlos.
Porque cuando un gobierno tiene una mayoría holgada, puede negociar.
Cuando tiene una mayoría ajustada, tiene que conceder.
Y cuando tiene una mayoría que depende de un partido pequeño con pretensiones grandes, descubre una de las leyes fundamentales de la política israelí:
el tamaño del partido no siempre determina el tamaño de su factura.
Así que la preocupación de Bibi tiene lógica. Si Winter entra con cuatro, puede terminar sentado en la mesa de negociaciones con un menú mucho más grande que su restaurante.
Y ahí los cuatro mandatos pueden convertirse en algo bastante parecido a cuarenta.
Al menos a la hora de presentar la cuenta.





















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