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Las mayores calamidades que sufre la humanidad no son producto de la maldad sino de la estupidez de los hombres. Este aserto, que hoy parece un lugar común, suele atribuirse al pastor protestante Dietrich Bonhoeffer, aunque probablemente haya sido advertido por otros pensadores más conocidos, como Martin Heidegger, que solía repetir, como un estribillo, que lo que más merece pensarse en nuestro tiempo problemático es el hecho de que no pensamos.
Involuntariamente los dos coincidieron en este punto, uno, tratando de comprender cómo pudo ocurrir que la sociedad más culta de su tiempo sucumbiera al hechizo del nacional socialismo; el otro, un nazi originario, al echarse discretamente a un lado para dedicarse precisamente a eso, a pensar.
Bonhoeffer trataba de explicarse cómo es posible que sus pacíficos vecinos, personas buenas e inteligentes, incluso algunas religiosas, lo que se llama una sociedad civilizada, siguiera fanáticamente las tropelías de un régimen pagano, anticristiano y antisemita, para concluir que “consignas, lemas y cosas semejantes, se han apoderado de ella”.
Aquí hallamos la piedra angular para comprender cómo opera la propaganda política, la manipulación y movilización de masas. Nada se dirige al intelecto, reflexión, esfuerzo interpretativo, responsabilidad individual; sino todo lo contrario, se apunta a la emoción, a lo reactivo, irracional, que fermenta en la multitud indiferenciada. Es una invitación a no pensar, muy atractiva, por cierto, considerando que el cerebro humano tiende a seguir la línea de menor trabajo, por una cuestión de simple economía.
Un dato clave que salta a la vista en el juicio de Eichmann en Jerusalén es que “era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera un cliché”. “Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar”.
La estupidez consiste en una deficiencia intelectual, una incapacidad de comprender, que puede ser hereditaria o adquirida, momentánea o permanente, la asinesis que diagnostican los médicos; en su raíz se emparenta con el estupor, que es una alteración de la conciencia sobrevenida por un evento súbito o incomprensible (de estupere: estar aturdido).
Hannah Arendt coincide con Bonhoeffer al afirmar que “esa sociedad alemana de ochenta millones de personas había sido resguardada de la realidad y de las pruebas de los hechos exactamente por los mismos medios, el mismo autoengaño, mentiras y estupidez que impregnaba ahora la mentalidad de Eichmann”. “¿Es éste un caso antológico de mala fe, de mentiroso autoengaño combinado con estupidez ultrajante?”
Pero concluye con su singular razonamiento paradójico: “No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez- fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.” “Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que se hacía” (cursiva de la autora). Bonhoeffer por su parte apostilla que el estúpido es “capaz del mal pero incapaz de ver que es malo”.
Esto nos da las piezas para armar el rompecabezas en que se ha convertido el ambiente espiritual de Europa, quizás de todo Occidente, similar al que existía en el período previo a la II GM, justo en vísperas de la III GM, que quizás sea también la última.
Para ir directamente al grano y a falta de un término mejor voy a denominar este fenómeno “antinomismo”, esto es, una tendencia irresistible a actuar contra sí mismo, contra toda lógica y sentido común. Para conjurarlo bastaría seguir el sencillo consejo de Hannah Arendt de parar un momento a preguntarse: ¿Qué estoy haciendo?
Se puede ilustrar con innumerables ejemplos y tomar cualquiera que esté más a mano, como la elección de Zohran Mamdani a la Alcaldía de Nueva York. Un personaje que se presenta como “socialista y musulmán”, una contradictio in terminis, si se considera al socialismo en su acepción habitual como básicamente marxista, materialista, etcétera; y al islam como una religión monoteísta y anticomunista. Un sujeto así se ofrece para limpiar las calles de Wall Street y proteger a la mayor comunidad judía del mundo, fuera de Israel. Si se quiere rizar el rizo, digamos que muchos judíos lo apoyan, todo esto mientras no se termina de identificar a las víctimas del derribo de las Torres Gemelas.
Otro caso, también en Nueva York, la llamada SJP, algo así como Estudiantes por la Justicia en Palestina (no les interesa la justicia en ninguna otra parte sólo en “Palestina”). Dejando de lado que realmente sean “estudiantes”, que hay muchos profesores, personal administrativo y otros elementos no identificados allí, detengámonos en la “Justicia”. Un término incontrovertible puesto al lado de otro controversial, como si fueran lo mismo, como si fuera igual. Porque, ¿quién puede estar por la Injusticia? Pero, ¿En Palestina? Es dar por sentado algo que no existe. Una típica falacia de petición de principio.
Llamar “Palestina” a la región donde se encuentra Israel es negar la existencia misma del Estado Judío, sin decirlo, omitiéndolo o disimulándolo. Vale destacar que nunca nadie asocia “Palestina” con Jordania, como sería justo hacerlo, sino sólo con Israel. Eso no es muy justo, que se diga. Adherir causas sin pensar, analizar, discernir; sustituir el pensamiento crítico con slogans, consignas, es muy impropio de verdaderos estudiantes.
Asimismo otros sonsonetes como “From the river to the sea, Palestine will be free”, sin que los coristas sepan de qué río y de qué mar se trata, o su forma corta: “Free Palestine”. Vale preguntarles: ¿Libre de qué? Porque el imperio británico se retiró de allí en 1948 y ya concluyó el proceso de descolonización e independencia. La respuesta no puede ser otra que “libre de judíos” (Judenfrei), como se encuentra el resto del Medio Oriente y Norte de África, todo el mundo árabe y musulmán.
Pongamos un último ejemplo para no agotar: Las “ayudas humanitarias” de la ONU para la Franja de Gaza (pero sólo para la FG, para más nadie), que ni son ayudas ni son humanitarias. Ciertamente la ayuda es una cooperación que se presta a alguien para algo, en este caso, ¿a quién se está ayudando? ¿Para qué? Porque si la ayuda es a ciertas organizaciones terroristas que pretenden destruir a Israel, pues, eso no está bien, ni acorde con la misión de la ONU. Decir que esas organizaciones “roban” la ayuda, sería la primera vez, pero después que tienen 20 años en eso no le pueden seguir llamando “robo”, es otra cosa, es el avituallamiento ordinario de la ONU a sus organizaciones subterráneas.
Y ¿Por qué es “humanitaria”? La concepción de humanitas tiene una cierta pretensión de universalidad, esto es, debe estar por encima de las banderías y abarcar a todos por igual, más allá de bandos o partidos; pero hasta ahora no tenemos noticia de que ninguna ayuda se destine a los judíos, ¿o es que ellos no sufren o no tienen necesidades? ¿Por qué la ONU no ayuda a refugiados judíos expulsados por cientos de miles de los países árabes?
Esto es más visible en los casos de las sedicentes “flotillas humanitarias”, que incluso tienen el descaro de ondear banderas de uno de los lados en conflicto. ¿Cómo pueden ser humanitarias y al mismo tiempo partisanas? En verdad son expediciones hostiles que ni siquiera se disfrazan para parecer imparciales, como la Cruz Roja Internacional, la entidad humanitaria por excelencia y ejemplo perfecto de la hipocresía de la neutralidad.
En verdad el problema no son estas organizaciones mendaces y viles, lo grave está en el ambiente falaz que generan en el ámbito público que “todo lo oscurece” como parece que es característico de los “tiempos de oscuridad” que tantas veces se han cernido sobre la humanidad y que ahora nos atenazan de un modo tan apremiante.
El socialismo y comunismo, en sus variantes nacional e internacional, casi destruyen a la Humanidad en el siglo XX y hoy se han aliado al Islam, otra fuerza destructiva más radical y totalitaria que aquella.
Ambas han cooptado al Partido Demócrata de Estados Unidos. Quizás ahora sí lo logren.
Luis Marín




















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